Experiencia cumbre. Sentimiento oceánico.

“No es normal saber lo que queremos. Es un extraño y difícil logro psicológico”. Abraham Maslow 

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Trata de explicarme algo que cree que no seré capaz de entender. Consigue que me pueda la curiosidad. Normalmente sus temas de conversación me resultan conmovedoramente realistas para su edad. Me solicita que no me ría de sus palabras, como suelen hacer los demás cada vez que se pronuncia. Inspira profundamente en un intento de llenarse de paciencia para tratar de describirme con palabras algo que, según parece, no puede ser explicado.

Valoro su confianza e intento agradecer su esfuerzo por describirme cómo se siente intentando buscar un nombre para su relato: se trata del sentimiento oceánico.

Lleva un tiempo luchando contra sombras del pasado. Una especie de agonía a la que pareciese haberse acostumbrado. Como si la mala fortuna en la vida le hubiese acompañado desde entonces y le resultara familiar moverse entre tinieblas. Le invade la soledad y el futuro le trasmite una sensación que, en sus propias palabras, se le antoja algo parecido al desamparo. No está sola, pero su entorno ni imagina  como se siente.

Curiosamente, y como por casualidad, hoy le invade una “sensación diferente”. Su vida sigue exactamente igual que ayer, pero se siente como si hubiera cambiado su suerte. No sabe el motivo, pero está feliz.

Una experiencia cumbre o peak es una experiencia natural acompañada de un estado mental eufórico alcanzado tras el recorrido de una experiencia vital singular, que como veremos, acabará por ser una experiencia de . Un momento de aprendizaje en el que el tiempo tiende a desvanecerse y el sentimiento que sobrecoge es similar a tener colmadas las necesidades más profundas.

Este concepto fue desarrollado originalmente por Abraham Maslow en 1964, que describe las experiencias cumbre como “emocionantes experiencias raras, sentimientos oceánicos, conmovedores, emocionantes, que generan una forma avanzada de percibir la realidad, llegando a confundirse con la mística, o incluso la magia, en su efecto”.

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Quien intenta hacer un esfuerzo por describirlo, suele hacerlo como una vivencia de trascendencia del yo, donde los propios límites se diluyen. No importa nuestra historia pasada, nuestros miedos o anhelos futuros. Como si todo estuviera en orden, en su sitio, en equilibrio. Y lo que se ha sufrido hasta llegar a ese punto mereciera la pena.

Desde siempre, la psiquiatría y las personas, en general, suelen ver cualquier desviación de la percepción y comprensión común de la realidad como un estado patológico o como indicadores de enfermedad mental. Sin embargo, Maslow se opuso demostrando que estas experiencias, muy al contrario de lo que se podría pensar, tienen que ver con nuestra autorrealización. Y, aunque sea difícil de creer, nos sucede a todos… aunque no siempre seamos conscientes.

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Se trata de momentos transitorios, también llamados de actualización. Que como no estamos acostumbrados a examinar nuestros sentimientos y nuestras emociones, pasan inadvertidos. Pero si lo pensamos detenidamente, a veces ocurren experiencias que a priori pueden saturarnos, pero que nos permiten aprender, evolucionar, mejorar; y una vez aceptadas, nos dejan un estado de paz mental y de equilibrio emocional.

Del mismo modo, la expresión “sentimiento oceánico” ya la utilizaba Freud, prestada de su amigo Romain Rolland, para describir este tipo de experiencias místicas, que hoy en día los psicólogos definen como estados modificados de la conciencia.

Romain Rolland, cuyo lema era “la paz por encima de todo”, recibió en 1915 el premio Nobel de literatura mientras luchaba por difundir el pacifismo y detener la sangría en la Primera Guerra Mundial. Su amigo y admirador, Stefan Zweig le consideraba como «la conciencia moral de Europa», porque siempre se atrevió a decir lo que pensaba, a pesar de enemistades o críticas.

Este sentimiento oceánico se caracteriza por una sensación de misterio y de naturalidad imposible de disociar. Los problemas personales se vuelven nimios y acompaña una experiencia de plenitud, unidad, simplicidad y serenidad.

Surjan de manera espontánea o sean buscados, nos permiten intuir la imbricación profunda y el sentido de pluralidad absoluta de lo que percibimos. Esto no tiene lugar en el encuentro con un ente superior, no se trata de trascendencia; muy al contrario, se trata precisamente de inmanencia, algo intrínseco del propio ser humano; que ocurre en el interior y tiene su fin dentro del mismo ser.

Lo numinoso viene de una sensación de conexión casi mística, pero con cierto grado de objetividad y de realidad profunda, diferente de nuestra percepción común del mundo cotidiano. La numinosidad es un término que Carl Gustav Jung utilizaba para describir un profundo sentido de lo sagrado que está asociado a ciertos procesos profundos de la psiquis.

El cerebro no es sólo materia, ya que es capaz de generar espiritualidad, un concepto más amplio que el de religión. La espiritualidad es la conciencia de la segunda realidad o consciencia límbica. Es una facultad mental más, como el lenguaje.

Este fenómeno es lo que hoy llamado flujo, o flow;  propuesto por Mihaly Csikszentmihalyi. Donde nos movemos en nuestro máximo potencial. Se trata de sentirse responsables de la propia percepción y del propio comportamiento. El uso consciente de la libre determinación. Un sentimiento verdaderamente ajustado a lo volitivo, que es capaz de sobreponerse y superar el estado subjetivo de miedo, de duda y de autocrítica, para dar paso a la espontaneidad y la expresividad.

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Csikszentmihalyi propone nueve estados para la consecución de flujo que incluye “el equilibrio de desafío-habilidad, la fusión de acción y conciencia, claridad de metas, retroalimentación inmediata y sin ambigüedades, la concentración en la tarea en cuestión, la paradoja del control, transformación del tiempo, pérdida de la conciencia de sí mismo y autotélico experiencia”.

*imagen obtenida de https://es.qwertyu.wiki/wiki/Mihaly_Csikszentmihalyi

 

Csikszentmihalyi nos explica en «Fluir» que autotélico «viene de dos palabras griegas, «auto», que significa en sí mismo, y «telos», que significa finalidad, es decir, «se refiere a una actividad que se contiene en sí misma, que se realiza no por la esperanza de algún beneficio futuro, sino simplemente porque hacerlo es en sí la recompensa».

Un flujo natural del comportamiento que no queda limitado por la conformidad, que se evidencia en un estado mental flexible y abierto a pensamientos creativos, capaz de revertir las dificultades en oportunidades; debido fundamentalmente a una atención completa en el momento presente y sin influencia de experiencias pasadas o futuras.

Las personas en estado de flujo pueden llegar a describir una experiencia cumbre por su capacidad de percibir, aceptar, comprender y disfrutar del transcurso de la vida, tal  como viene.

Es una emoción indecible, inefable. Es la sensación de armonía, libre de conflicto interno, como estar “en pleno rendimiento”, ajenos a cualquier estado mental de lucha. Un estado de coherencia, acompañado de un cambio positivo de nuestra conducta, como consecuencia de un mundo interno más rico y una mejora de la calidad en nuestro mundo emocional, asociado a una fuerte sensación de serenidad y calma.

Experiencia cumbre, sentimiento oceánico, flujo, flow… De la supervivencia al crecimiento personal. Autorrealización.

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