¿Por qué resulta tan difícil normalizar emociones?

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“El equilibrio no significa evitar conflictos. Implica la fuerza de tolerar emociones dolorosas y poder manejarlas…” -Melanie Klein-

Que la sociedad haya instalado como verdad absoluta la exigencia de estar siempre bien, no significa que sea algo posible. Los estados emocionales van y vienen dependiendo del contexto, de nuestras expectativas, de cómo procesamos la información, de las sorpresas que te da la vida. Habrá que tener cuidado con los estados de “armadura” donde evitamos cualquier implicación emocional para no sufrir.  Acabará por dañarnos aun más.

Vivimos acampados en la cultura del bienestar a cualquier precio. Un estado de confort vinculado al consumismo y el poder. Tanto tenemos, tanto valemos. Tanto valemos, tan felices somos. Continuamente bombardeados con mensajes poco realistas que incrementan la presión, sobreestimando el control que tenemos sobre nuestras vidas, de forma que llegamos a creer que la culpa de la tristeza la tenemos nosotros. Como si uno tuviera en la palma de la mano la felicidad, y no quisiera verla.

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Lamentablemente la educación recibida en la infancia nos adoctrina en esta forma tan pobre de gestionar las emociones. Poco y mal enseñamos sobre esto.

Tener que dar la imagen de un estado de felicidad perpetuo es una exigencia tan enorme que a menudo se convierte en el principal obstáculo para no alcanzar precisamente el estado de paz mental que cualquiera ansía, obligándonos a enmascarar nuestros auténticos sentimientos, engañándonos a nosotros mismos. Agotador y un auténtico desperdicio de energía. Sería más equilibrado normalizar emociones. 

¿Pero porqué resulta tan difícil normalizar emociones?

Cuando estamos en medio de un momento emocional incómodo, nuestro estado de ánimo se debilita. Estamos más cansados, porque nuestro hábito de sueño se ve alterado, descansando poco y mal.

Sin ganas de hacer nada, sin ilusiones y sin intereses, se ven afectados muchos de los patrones básicos de nuestro comportamiento. Nuestro cuerpo y nuestra mente se destartala por un momento.

Disminuye nuestra atención y concentración, aumentando nuestro estado de alarma. En ese estado físico y mental, damos más importancia a los pensamientos negativos y nos sentimos aun peor. Y eso quiebra la sensatez de cualquiera a la hora de actuar.

Cansados y desequilibrados emocionalmente tendemos irremediablemente a tomar una mala decisión tras otra.

Por otro lado, aunque en algún momento de la vida hayamos aprendido que somos capaces de controlarlo todo, no podemos ni debemos estar continuamente intentando gobernar cómo deben ser las cosas o cómo nos sentimos. Sin embargo lo intentamos y ese esfuerzo por el control sostenido en el tiempo nos desgasta todavía más.

Debemos aprender que solo podremos modificar los pensamientos responsables de nuestro malestar si antes aceptamos cómo nos sentimos, siendo honestos con nosotros mismos.

Si todo esto fuera poco, además deberíamos reconocer que nos da pánico ser fiscalizados o rechazados de un entorno social que solo aplaude a la gente feliz… y para evitarlo, nos callamos. Silenciamos nuestra boca, creyendo acallar también el alma. Hemos aprendido a silenciar para soportar. Pero a la larga pasa factura tanto esfuerzo inútil.

Pretendemos sentirnos bien todo el tiempo reprimiendo cualquier sentimiento. Dejamos de hacernos caso, desatendemos nuestras necesidades. Y no hay precio más caro que engañarnos a nosotros mismos.

Otra cuestión que dificulta la normalización de emociones, es no sentirse lo suficientemente valioso, debido a una autoestima dañada, poniendo siempre las necesidades de los demás en prioridad. Nos quitamos valor, nos quitamos atención y nos desprestigiamos cuando un estado emocional negativo nos visita. Si pensamos que no somos importantes, nuestras emociones tampoco lo serán.

Asimismo tenemos miedo a ser enjuiciados por nuestras propias emociones y reacciones. A parecer débiles. Nos avergüenza llorar, nos ridiculiza reconocer que tenemos miedo.

Cuando aterra la opinión y el juicio de los demás, la ansiedad y la vergüenza lo acapara todo. Y volvemos a tomar otra vez muy malas decisiones.

Es importante tener claro que la opinión de los demás no determina quienes somos.

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A esto podemos sumarle nuestras malas experiencias en el pasado, porque quizá no fuimos tomados en cuenta, se burlaron de nuestros sentimientos, se aprovecharon de esa “debilidad” o lastimaron nuestra dignidad. Pero lo cierto es que no hay mayor dignidad o valentía que asumir y atender nuestras propias emociones con seguridad.

Y la causa más simple de todas, la falta de costumbre. Probablemente hemos estado casi toda la vida guardando y ocultando todo lo que sentimos y ahora desconozcamos la manera de expresarlos, lo que nos genera inseguridad.

Afortunadamente, aprendemos y desaprendemos constantemente. Y podemos entrenarnos en esta tarea, aunque nunca antes lo hayamos hecho. De eso se trata precisamente, de cambiar hábitos.

Por cualquiera de estos motivos, en ocasiones decidimos ocultar emociones, tratamos de obviar sentimientos, disimular o simplemente evitar cada cosa que nos afecta. Ignorar los indicadores del dolor no solo consigue hacernos más daño, si no que impide poner solución y encontrarnos mejor.

Debemos aceptar cómo nos sentimos. Aprender a tolerarlo contribuye a reunir la calma necesaria para disolver nuestros dilemas de la forma más sana posible; y tener la energía suficiente para recomponernos.

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“En todo ser humano hay deseos que no quiere comunicar a otros, y deseos que no quiere confesarse a sí mismo” – Sigmund Freud-

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