Ruidos

Cada día te repito que la vida no es fácil. Tú ya sabes de sobra que para ti no lo es. Las cosas no son lo que parecen. Ni son como deberían parecer.

Te lo repito yo. Pero también tú vida, que insiste para no variar.

Por algún motivo sigues creyendo mis palabras y entendiendo mis silencios. Y sigues ahí, aún cuando se bloquean cada uno de tus lamentos, cuando no puedo dejarte que elijas el camino del centro.

Entender que no tienes opción a la debilidad. Aunque la entiendas, no es un lujo que tú te puedas permitir. Aunque procuro que no me arrastre a mi la prisa para que aprendas lo antes posible. Camino en zig zag tratando de equilibrar.

Antes toca cometer todos los errores del mundo. No me gustan, me dan miedo, tengo la sensación de que te dejo sola en un abismo, pero seré paciente con cada uno de ellos. Y siempre estaré ahí cuando tú decidas empezar. Hasta equivocarte de nuevo.

Me quedo despierta pensando en tus sueños. Me quedo pensando en cómo pedirte que seas fuerte, como darte motivos para que aprendas a quererte a ti misma, si nadie te ha enseñado a querer. Cómo criticarte tus mentiras, cómo juzgarte, si tu mundo es distinto. Como hablarte de confianza, si ahora mismo no hay ni hacia dónde mirar. Como pedirte un compromiso, si la vida no cumplió casi nada contigo.

No puedo juzgarte. Ni quiero. ¿Quién no ha cometido nunca un error?

Nada de esto es culpa tuya. Ni mia. Ni de ella. De nadie. Simplemente es. Como ocurre la vida. Porque si.

Oigo quien te dice, a gritos o en voz baja, que tienes que curtirte de esfuerzo, de esperanza y de actitud. A ti que te sobra actitud, a ti que caminas con la esperanza machacada.

Reprocho tus lamentos para sacar tu carácter y puedas batallar. Y en la guerra, asientes. Que te faltan motivos para querer pelear. Y aún así todavía lo intentas. Y peleas para que alguien te vea. Que alguien sepa que estás aquí. Que existes.

Quiero que sepas que siempre valoro ese mérito de seguir. De pelear. Aunque tú no lo veas.

Solo se me ocurre pensar que la vida continúa para todos los que estamos aquí. También para ti.

Y si confío para mí en la esperanza, también lo haré para ti. Porque llegará ese día donde la luz aparezca, donde casi todo dependerá de ti. Crecerás, aprenderás y algún día, si tú quieres, podrás volar lejos. Si tú quieres.

Sanará. Cicatrizarán las heridas, el dolor se volverá tu poder y harás de ti la mejor versión que seas capaz. Lo sé. Lo veo en tus ojos. Ojalá encontrara la forma de que me creyeras.

Si confío para mí en la esperanza de que llegue un futuro mejor, también quiero para ti que lleguen los momentos de tregua, esos que para llegar ahí tocaba avanzar bajo un cielo gris. Para caminar, para huir, para aprender en buenas manos como debe ser el amor. El amor propio. El tuyo. Para tener una oportunidad. Para compensar lo mal que algunos comienzan la vida en un desliz.

No es por conciencia intranquila, ni siquiera por pena. No es porque piense que se pueda hacer más. Afecta a tu vida como una verdad y afecta a mi vida como golpes de realidad…

Golpes de realidad para las dos. Fuerzas para afrontar cambios jodidos, caminos hacia precipicios que al final se consiguen escalar, noches oscuras y soledades forzadas. Huidas de estruendos que estallan en tu cabeza, con palabras que no deberían ser para ti, de golpes y portazos, de gritos, de tortazos, de una crisis de histeria que parece perseguirte a ti. Solo a ti.

Y mañana vuelve para perdonar a quien no pide perdón. Y se perdona. Incluso se vuelve a empezar. Experta en pasar páginas. Experta en buscar silencios. Y aún no lo sabes, pero esa misma será tu penitencia en el futuro.

Hoy tocaba aprender una lección. Las dos.

Pero eso pasado mañana. Hoy tocaba reflexionar sobre la verdad. Habrá muchas versiones, muchos juicios y percepciones. Tres o cuatro caras de la misma moneda. Una sola cruz. Millones de opiniones a ojos de los demás. Todo palabras e historias que escuchar.

Pero solo hay una verdad: LA VERDAD.

No hay historias a medias, ni versiones a mitad. No has dolores que se entiendan ni miedos que se comprendan. No hay palabras que consúelen. Solo puedo darte mi mano y hacer que al menos, durante unos minutos no te sientas sola.

Mierda de empatía. Más miseria. Pero también existe y la encontraremos, una oportunidad.

Porque si te empeñas en amarte a ti misma, en amar a los demás, en perdonar(te), dejar pasar y olvidar. Si pasamos página y te dejas cuidar, algún día ese ruido pasará.

Te lo prometo.

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