Perú, cuestión de altura. No más

 

A Eva T, seguimos subiendo.

 

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“Si no hay miedo, el valor no vale nada.

Lo difícil no es no tener miedo, es seguir adelante a pesar de él”

Alejandro Palomas.

 

En el vuelo de vuelta a casa, divertida ella se atrevió a decirme que tenía expresión de enamorada. Mi sonrisa, por lo visto, me delataba. Cuando debía estar agotada por doce largas horas de vuelo, parecía sentirme pletórica. Puede que fuera por el subidón de glóbulos rojos. O puede que de verdad me estuviera enamorando.

Perú huele a maíz. A choclo. Huele a muchas cosas, pero en el aire se queda en suspensión el polvo de las más de 50 variedades de maíz. El ombligo del mundo, la cuna de la octava maravilla, tiene mucho más que Machu Picchu. Aunque su vieja montaña impresiona y te deja huella.

Chichen Itzá, el Cristo Redentor, Machu Picchu, Coliseo, Taj Mahal, la Gran Muralla China o la Ciudad de Petra… De todas las maravillas, pensaba y deseaba estar en La Ciudad de Petra, en Jordania; y en Machu Picchu, Perú. Y ha sido la segunda la que se chocó conmigo casi por la misma casualidad con la que ocurren las mejores cosas de la vida. Así que nueve años y un largo recorrido después, de vuelta a una maravilla del mundo. Así debía ser.

El valle sagrado, las lagunas, los pueblos coloniales, los mercados indígenas, las ruinas incas, los rincones escondidos y las montañas imponentes daban paso a lo inesperado, por muy esperado que estuviera. Amaneceres caprichosos que se colaban por una ventana sin persiana, y atardeceres que me pillaban por sorpresa, para parar por un momento el reloj que decidí dejar en casa. Una paleta de infinitos colores, para deleitarse.

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Ese momento en el que no estás pensando en nada, miras por la ventana y la realidad te ubica en medio de los Andes peruanos, en un valle a 3.400 metros de altitud, en la antigua capital del imperio inca. Con la sorpresa y la emoción casi se olvida el pequeño detalle del mal del altura. Aquí todo respira un ritmo muy lento. Ya lo decía Miguel, nuestro guía en Puno, que la altitud hay que afrontarla como el amor: cuidándose de los dolores de cabeza y tratando de acostumbrase despacio, con paciencia, a sus efectos.

La “montaña mayor o vieja” se posiciona a una altura de 3,061.28 m.s.n.m. Solo se me ocurre un calificativo: es majestuosa. Si consigues llegar a su cima, te premia con un paisaje imposible de explicar; y allí, al fondo, algo parecido a un gran conjunto de palacios y templos que existieron en otra época. Pero no es eso lo que impresiona.

Desde esa altura, a lo lejos, da igual lo que parezca, porque se hacen hueco la admiración, la exaltación y el sosiego, el descoloque y la recolocación, el vértigo y el equilibrio, el cansancio y la euforia. Cuando dejas de subir escalones y consigues recuperar el aliento, no sabes si lo que sientes es miedo, impresión, confianza, gratitud, certidumbre, júbilo, o plenitud. Sea lo que sea, estar allí te hace sentir algo parecido a ser feliz. La mezcla de tantas emociones te hace sentir exultante.

Allí, muchos caminantes desbordados de emoción, lloran al ver por primera vez la ciudad oculta entre las montañas. Otros lloran por el camino, por la sensación de incertidumbre y vértigo…Otras lloran cuando se dan cuenta de que hay que irse, que no se puede permanecer allí eternamente.

Una vez alcanzas el punto más alto, después de contemplar esa maqueta de piedra silenciosa, con los pies colgando del borde de la montaña, es difícil convencerse de que debemos volver a bajar y regresar a la realidad. Por suerte, también se disfruta del camino de bajada, peleando con cada escalón en donde no cabe el pie. Entretenido. Divertido. Momento para desatar la euforia, que se junta con los calambres, y el brindis para la celebración. Cuestión de actitud, ganas de vivirlo todo con intensidad. Parece mentira que un sendero por el que podrías caer al vacío, resulte apasionante.

Pero de todos los miedos posibles, como el de ser capaz o no de alcanzarlo, llegó primero el de la altura, acechando durante un buen tramo. El mal de la altura de Eva. De la otra Eva. Y no el soroche (como lo llaman los andinos), si no la acrofobia.

Eva  T  y Eva I

La acrofobia es una de las fobias más comunes: el miedo extremo a las alturas. Al igual que otras fobias, la acrofobia genera fuertes niveles de ansiedad, induciendo continuamente una conducta de contrariedad y evitación. Puede generar sentimientos de pánico, palpitaciones fuertes e irregulares, llanto o gritos, llegando incluso a sentir desorientación, dificultad para pensar o generarse parálisis momentánea por el pánico. Todo eso sientes mientras te enfrentas al altiplano peruano, o te adentras en Llaqtapata para perderte en sus montañas: Machu Picchu y Huayna Picchu

Con frecuencia sucede que ese miedo, al principio controlable, se convierte en incontrolable después de un incidente traumático en la infancia. Aunque no siempre ocurre por este motivo. También se cree que pueda tener algo que ver con nuestro sentido interno de las ondas de equilibrio. Pero lo cierto es que la acrofobia guarda cierta relación con el vértigo de la altura, el cual provoca una marcada sensación de inseguridad y miedo ante la posibilidad de una caída. Acompañado de angustia, torpeza e incluso incapacidad.

Las últimas investigaciones muestran que la acrofobia está presente en todas las personas y animales con sentido de la vista, aunque por lo general muy débilmente. Se trata de algo así como un mecanismo de defensa heredado.

Es bastante común y presenta rasgos innatos, por lo que algunas personas son propensas a sentir más miedo. En ocasiones se relaciona con la inseguridad, baja autoestima, depresión o sentimiento de incapacidad personal… Como si la persona no fuese capaz de confiar en su sentido natural del equilibrio en lugares de gran altitud.

Pero si queremos adentrarnos en Pisac, visitar  el Cañón del Colca, descubrir las ruinas de Ollaytaytambo o subir al mismísimo Machu Picchu, lo mejor será una terapia exprés e in situ de “habituación” al miedo. Viene bien que un acompañante comparta y recuerde las técnicas de relajación conocidas por todos, para enfrentar las situaciones estresantes, mientras uno se somete gradualmente a las situaciones donde el miedo se hace presente, para que no se pierda el control de la situación y la inseguridad vaya disminuyendo.

Si hay algo que nos paraliza en la vida, son los miedos; por eso nada mejor que deshacerse de ellos. Y no se me ocurre mejor ocasión que estar aquí, a ratos a más de 4.500 metros de altura.

Superar el miedo a las alturas

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Fracasar con excelencia

Reza en la cabecera de esta página que todo pasa por alguna razón. No lo entiendes hasta que no has fracasado de forma rotunda, contundente y estrepitosa; pero, pasado un tiempo prudente, ese error se convierte en uno de tus mejores aciertos.

También en una entrada anterior hablamos de indefensión aprendida y desaprendida, como consecuencia de un aprendizaje poco constructivo, al tratar de bloquear las situaciones de error tanto en el ámbito educativo más formal como en la crianza de nuestros hijos. Y esto me preocupa.

Fracasar: verbo intransitivo que significa no producir [cierta cosa] el resultado deseado o previsto. No conseguir en cierta actividad lo que se pretende.

1. intr. Dicho de una pretensión o de un proyecto: frustrarse (‖ malograrse).

2. intr. Dicho de una persona: Tener resultado adverso en un negocio.

3. intr. Dicho especialmente de una embarcación cuando ha tropezado con un escollo: Romperse, hacerse pedazos y desmenuzarse.

4. tr. desus. destrozar (‖ hacer trozos algo).

Atenderemos al número 4. De hecho, el término parece emanar del vocablo italiano fracassare, que puede traducirse como “estrellarse” o “romperse”. 

Es un tópico que fracasa quien no lo intenta. Pero más allá de todo eso, esta verdad importa porque en cualquier fracaso queda marcado un itinerario natural hacia el propio emprendimiento y la superación personal. Y para eso, a veces necesitamos rompernos, incluso estrellarnos. Puede que sea por eso que en los dibujos animados se vean estrellas tras estamparse. Quien sabe.

Sin embargo, hemos aprendido que cuando las cosas no salen como es esperado o proyectado debemos vivirlo como un período de angustia y pena; nos sobreviene el silencio, incluso cierto sentimiento de vergüenza. Sigue leyendo

Mea culpa

“Entre los sentimientos de culpabilidad y la aparente normalidad existe un camino que casi nunca se recorre acompañado. Casi nunca.”

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“Aquella persona que se siente culpable, se convierte en su propio verdugo” Séneca.

No tengo muy claro a dónde quiero llegar. Llevo tiempo centrada en observar cómo nos mueven los sentimientos de culpabilidad. Es bastante curioso ver la cantidad de decisiones que vamos adaptando en nuestro día a día, sin darnos cuenta, a partir de un sentimiento de culpa. A veces por tratar de evitarla, otras simplemente con la intención de afrontarla. 

Desde niños ya aprendemos a echar la culpa a los demás, al azar, a lo que sea. Se trata de escurrir el bulto para no sentirnos culpables. Y una vez escurrido el bulto, ¿no queda nada de conciencia?, ¿ni un poquito de culpabilidad?

También existen personas que parecen resistentes a la aparición de los síntomas de culpabilidad. Es bastante probable que esa resistencia no signifique que no sufran malestar o incluso dolor, ni que no tengan recuerdos desagradables; sino que, a pesar de ello, son capaces de hacer frente a la normalidad más allá del estado emocional que se produce.  Se mueven con soltura entre la culpabilidad y la normalidad. Ya que, entre los sentimientos de culpabilidad y la aparente normalidad, existe un camino que casi nunca se recorre acompañado. Casi nunca.”

La vida de cualquiera está salpicada de acontecimientos positivos y negativos, de alegrías y tristezas, de expectativas cumplidas y de esperanzas frustradas. En medio de alguno de estos acontecimientos, si rascamos un poco, encontraremos bastantes momentos donde nos invadió la culpa. Y en función de ella, actuamos. Casi siempre. O eso parece.

Justo por esto llama la atención la gran capacidad de adaptación y el espíritu de superación con que cuenta el ser humano. Sin embargo, el sentimiento de culpabilidad parece prácticamente inevitable. Supongo que porque la culpa nos hace conscientes de que algo hemos hecho mal, llevándonos a elegir entre dos alternativas: querer ocultarla o facilitar el intento de reparación del daño. Ojalá fuera tan fácil elegir.  Sigue leyendo

Una preguntita para Rigoberta

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“¿Por  qué los mayores no saltan en los charcos?”

Se llama Rigoberta. Así la llaman en su casa. Desde primera hora, cuando llega a la mía para ir juntos al colegio, se le escucha según entra por la puerta cómo empieza el día bien acompañada de ilusiones.

Nada más llegar te busca, te da los buenos días con una gran sonrisa. Te abraza. Te alegra ya la mañana. E inmediatamente después se prepara y te lanza su primera pregunta.  Nos reímos. Las dos sabemos bien que no será la última. Cuando le digo “¿ya empiezas con las preguntas de cada día?”, ella se ríe. No tarda ni medio minuto y comienza su maratón interrogatorio. A veces parece que las trae  hasta preparadas del día anterior.

Ahora se ríe cuando se lo digo. Pero al principio se sentía mal y pedía perdón por hacer tantas preguntas, porque pensaba que incomodaba a los mayores con todas sus cuestiones. Pero no lo puede evitar. Son sus ganas de vivir, de aprender, de averiguar. De descubrir la vida.

Se parece a su madre, que puede hacerte 6 preguntas al minuto, una seguidita de la otra hasta dejarte patidifuso. Se lo digo y se le escapa una carcajada de las suyas. Así que, ahora que ha entendido que no tiene nada de malo preguntar, sonríe segura y continúa con su interrogatorio en casa, en el trayecto del coche (25 minutos haciendo preguntas!!!!), cuando llegamos al cole. Me pregunto si en clase sigue preguntando tanto. Aunque no creo que lo haga. Probablemente las guarde para el trayecto de vuelta. Es su forma de aprender sobre el mundo que le rodea.

Mi saquito lleno de preguntas… Divertidas, entrometidas, poéticas o casi imposibles de contestar. Y es que los niños todavía no han aprendido a tener prejuicios, preguntan las cosas y no les da vergüenza.
En el caso de ella, hay tres lugares donde se pone especialmente preguntona:

El primero es la cama. Cuando no se puede dormir, te acribilla a preguntas.
El segundo, el coche. Saca la artillería pesada porque tú no tienes escapatoria. Y ella lo sabe  y le saca partido.
El tercero, comiendo. En la mesa todo va a otro ritmo, más distendido, más relajado. Se puede hablar de cualquier cosa. Desde niña, ha visto que estar alrededor de una mesa es momento para entablar conversación. Y aprovecha para seguir con su lista de preguntas. De esas que te hacen pensar.

Entre los 3 y los 6 años, los niños suelen pasar por la etapa de las preguntas. Esta fase es normal e indica que su lenguaje y pensamiento se desarrollan adecuadamente. Es una etapa en la que los padres pueden aprovechar para fomentar la comunicación con sus hijos. La edad de las preguntas constituye un momento muy propicio para favorecer el desarrollo de las habilidades comunicativas de los niños.

Todos los niños pasan por una etapa que se caracteriza por las constantes preguntas. Esta etapa se produce entre los 3 y los 6 años, pero ella ya tiene más de 6 años. Está a puntito de cumplir 7. En realidad, esta fase tiene una duración variable y cuanto más se  prolonga, más se favorece un buen desarrollo del lenguaje y del pensamiento.
Otra razón importante es que lo hacen para ordenar su mundo. En su mente todo tiene un origen y una finalidad y para ellos no existe la casualidad, todo tiene que tener un motivo. Y ellos quieren saberlo.

Para los psicólogos, estos continuos interrogatorios muestran un desarrollo adecuado. Manifiestan su curiosidad por el mundo que les rodea y que poco a poco están descubriendo. Todo les desconcierta, cualquier situación da pie a una buena pregunta.

Se dirigen a los adultos cercanos para ellos porque necesitan un intermediario que les explique la nueva realidad que van conociendo. Y necesitan tener la seguridad de que a quien le hacen la pregunta les va a dar una buena respuesta. De manera consciente no preguntan a cualquiera. Saben bien qué deben preguntar a mamá, qué preguntar a papá, a los profesores o a los abuelos. Y de la calidad y disponibilidad de esos guías dependerá en gran medida el modo en que el niño se relacione con el mundo durante toda su vida.

Sus preguntas a veces parecen ser repetitivas. Pero ella misma te explica que quiere confirmar que el día anterior le dijiste la verdad. Pueden ser disparatadas, divertidas o inverosímiles. Todo esto es de lo más normal. Pregunta porque tienen una curiosidad innata, quieren explorar todo lo que hay a su alrededor.

Experimenta sus nuevas capacidades lingüísticas. Ahora que puede pedir información y entender las respuestas, ejercita esta habilidad a base de hacer preguntas constantes. De esta manera, sin que ella y sin que los demás nos demos cuenta, irá adquiriendo mayores destrezas lingüísticas al mismo tiempo que ejercitará sus habilidades de comprensión del lenguaje, al procesar la información que los adultos (con más o menos paciencia) le damos en las respuestas. Además también le sirve para aprender palabras nuevas, esas que también pregunta qué significa cuando las escucha.

Es lógico también que sus preguntas cada vez sean más profundas. Su lenguaje experimenta un gran desarrollo a medida que crece, lo que le permite pensar y comunicar lo que piensa con mayor calidad. Esto que ella hace ahora, le permitirá pedir y dar información, expresar dudas y sentimientos y seguir conversaciones en un futuro. Sus preguntas la inician en el mágico mundo de investigar su entorno a través del lenguaje, indagando sobre  lo que quiere saber. Como aquel día que, para averiguar si la luz de la guantera del coche se apagaba al cerrarla, decidió dejar el móvil grabando dentro para ver qué ocurría exactamente. Así es ella. Sigue leyendo

Indefensión Desaprendida

“No te preocupes por los fracasos, preocúpate por las posibilidades que pierdes cuando ni siquiera lo intentas”

Jack Canfield

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La “indefensión aprendida” hace referencia a la condición en la que se ha aprendido a comportarse pasivamente, creyendo no poder hacer nada y sin poder responder a pesar de existir numerosas oportunidades para cambiar. Una vez que ya nos encontramos en situación de indefensión, ¿cómo desaprendo?

Esta situación tiene remedio. Podemos desaprender y abandonar el camino del aprendizaje de escape. Es decir, este patrón de comportamiento se puede dejar atrás si nos hacemos con las herramientas necesarias para hacerle frente.

Si has identificado algún rasgo de indefensión, es hora de hacer un análisis y descubrir algunas propuestas para entrar en este nuevo camino hacia el desaprendizaje.

¿Entras?

Lo primero que se debe hacer es identificar en qué áreas se manifiesta esta indefensión: en el trabajo, en el colegio, con tu familia, con tu pareja, con los amigos. Para poder tenerlo más claro, pregúntate si te gustaría cambiar la situación, actuar de otra manera u obtener resultados distintos.  Piensa si tienes control sobre esa situación y reestructura la lista de posibles causas por las que esta situación se está dando de esa manera y no de otra.

Cambia tu lenguaje y la forma en la que te hablas. Hazte consciente de la cantidad de mensajes negativos que te dedicas a diario: “se me da fatal”, “no soy capaz”, “no puedo” “no sé para qué lo hago”. A partir de ahora presta atención a los mensajes que interiormente te diriges e intenta cambiarlos.

Teniendo en cuenta que las personas con indefensión aprendida tienen un autoconcepto inadecuado, será bueno prestar atención a nuestra autoestima, cuidándote, reforzándote a ti mismo por tus acciones, premiándote tanto por tus logros como por tus esfuerzos.

Muchas personas indefensas suelen estar más pendientes de otras que de sí mismas. Esta conducta es un síntoma de desvalorización y, por este motivo, es muy importante dedicarse tiempo a uno mismo, realizando alguna afición, practicando deporte, aprendiendo cosas nuevas, involucrándose en nuevos proyectos o cuidando el aspecto físico. Se trata de realizar lo que uno desea. Porque además, realizar una actividad novedosa conlleva relacionarse con gente nueva, nuevos retos, desconexión, diversión, salir de la zona de confort, con el fin de disminuir los efectos nocivos de la indefensión aprendida.

En definitiva, se trata de generar alternativas en lugar de quedarse inmóvil o salir corriendo ante las dificultades.

Genera expectativas de tus acciones, pero se paciente ya que a veces puede costar más de lo previsto, ya que cuánto más tiempo se haya estado en situación de indefensión aprendida, más costoso será el proceso de cambio de estos comportamientos.

Y recuerda que es importante dejarse ayudar por aquellos que nos quieren. Ya adelantábamos  que pedir o  recibir apoyo no era un síntoma de debilidad, sino de fortaleza, al significar un primer paso para plantar cara, abandonando la pasividad propia de este síndrome.

¡A desaprender!

Hoy han llegado flores para ti!

 

Con frecuencia confundimos dos conceptos fundamentales: autoconcepto y autoestima. Pero, ¿qué se esconde realmente detrás de estas dos palabras? ¿ por qué es tan importante gestionarlos correctamente en el proceso de desarrollo emocional de un niño?

– El AUTOCONCEPTO se refiere a la percepción que una persona tiene de sí misma. Es la  propia versión de la descripción que hacemos de nosotros mismos.

– La AUTOESTIMA es el valor que damos a esa imagen. La estima que nos tenemos por ser como somos.

Así definido parece fácil, pero la autoestima es uno de los aspectos más importantes en el desarrollo del niño. Puede ejercer una importancia fundamental en su aprendizaje o en su comportamiento. Un niño que no se aprecia a sí mismo, que se percibe como alguien que no merece el afecto de los demás o no se siente útil, que se percibe inferior a los demás, difícilmente podrá lograr un desarrollo adecuado en cualquier faceta de su vida. Sin  esa confianza, sin ese afecto por sí mismo no desarrollará las habilidades sociales necesarias para relacionarse de forma saludable con los demás.

El papel de los padres y el de los profesores ejerce una influencia infinita, ya que los comentarios, actitudes y sentimientos que les generemos contribuirán a que se haga una idea ajustada o no sobre sí mismo.

Y aquí es donde está la cuestión. No hablamos de una buena o una mala autoestima, tal como se suele creer. Sino de una autoestima ajustada o desajustada. Tener demasiada autoestima puede ser tan perjudicial como tener una pobre autoestima.

¿Podemos hacer algo por contribuir en la estima saludable de nuestros pequeños?  Si confías en él, si le permites ver sus progresos, si le apoyas en las dificultades sin eliminárselas, si le ayudas a asumir sus propias debilidades y a reconocer sus talentos… entonces su autoestima será ajustada y se sentirá seguro, lo que le llevará a sentirse confiado cuando interactúe con los demás.

Nosotros deberíamos permitir que él compruebe por sí mismo qué es capaz de hacer, y para ello precisa acción: tener sus propios aciertos y sus propios errores. En este sentido, no cabe protegerle en exceso por miedo a que se haga daño. Aprenderá a realizar muchas actividades si se lo permites. Si no hace nada, nunca tendrá la oportunidad de comprobar por sí mismo que lo puede hacer o mejorar. Si lo haces tu por él, entenderá que tu lo haces porque no confías en que él lo pueda hacer bien.

Debemos observar cuidadosamente la forma en que interpreta sus éxitos y sus fracasos. Si le quitas importancia al esfuerzo que el niño está realizando para aprender a realizar cualquier tarea, le estás enseñando a hacer una interpretación inadecuada de lo que es capaz de hacer. Para un niño muchas de las actividades a las que se enfrenta por primera vez son difíciles, aunque a nosotros no nos lo parezca. La mejor opción es hacerle entender que hay cosas sencillas y complejas y que depende de cada persona, del esfuerzo que se invierte, de la motivación por lograrlo, de las ganas de mejorar. Pero también debe crecer aprendiendo que los fracasos o los errores son oportunidades para aprender. Cuanto antes empiece a entrenarse, antes manejará el noble arte de “fracasar con excelencia”. Pero esto lo dejaremos para otro momento, para una nueva entrada.

Todos sabemos que la primera imagen que tu hijo tiene de sí mismo es la que le has proporcionado en el ambiente familiar. Poco a poco, con la edad se va ampliando el radio de acción. Al llegar al colegio, será con el profesor con quien comienzas a compartir esa referencia para tu hijo y por tanto colaborará contigo en el desarrollo de la autoestima del niño. La visión que de él tiene el profesor puede ayudarle a reforzar la que ya había adquirido en casa , irla transformando y en el mejor de los casos, mejorándola.

Más tarde, los compañeros van a ocupar su hueco. Al principio su influencia es mínima pero, más o menos sobre los 7 u 8 años aproximadamente, tu hijo empezará a compararse con los demás, valorando si lo hace mejor o peor que sus iguales.

Llega el duro momento donde debe aprender que cada uno tiene sus “talentos” especiales.  Pero no siempre ocurre de manera natural. Aquí hay que estar pendientes y llevar un buen acompañamiento, para evitar posibles desajustes. Para trabajarlo desde la escuela, me gusta dedicar un ratito para que mis enanos siembren, recojan y regalen flores.

Se desesperan para que les llegue su turno. Y es que,  ¿quién no quiere oír las cosas buenas que piensan los demás sobre uno? Entre flores, halagos, y más lindezas pasamos una buena tarde.

La dinámica se puede improvisar, pero normalmente nos sentamos en la asamblea y colocamos al frente al “elegido”, como el gran protagonista del momento; pero al mismo tiempo acompañados físicamente (aunque sin demasiada intervención) por la figura de la profe, para que se sienta protegido, ya que a veces no resulta fácil exponerse ante los demás. De forma espontánea cada niño le irá regalando su “FLOR” en forma de piropo o halago.También se puede hacer por escrito para que cada niño pueda conservarlo y recordarlo de vez en cuando.

Las sonrisas van creciendo por segundos. No solo la del que recibe “flores”, también de los niños que intervienen porque sienten que están haciendo sentir bien a un compañero. Trabajamos así la empatía y el saber alegrarse por los demás.

Al terminar la ronda de florecillas, cada niño debe explicar cómo se siente, además de comentar cual de sus flores le ha sorprendido más  y porqué. Para terminar, la profe le regala su flor, siguiendo solo una norma: no debe hacer referencia a lo académico. Merece la pena ser original y profundo. Probablemente, sin darnos cuenta, estaremos dejando esa “SEMILLA” sembrada en su memoria durante mucho tiempo.

                                                           “El poder de saber que si puedes… Es lo que te hace capaz “

A propósito

“Si lo que estás haciendo no te acerca a tus metas,  significa que tus acciones te están alejando de ellas”.

Brian Tracy

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Seguro que, como cada año, en 2016 también tienes algún propósito que te gustaría lograr, pero ¿qué hará que este año sea diferente?

Si nos vamos a los datos, son varios los estudios que concluyen que el 20% de los propósitos de año nuevo se olvidan en la primera semana, y al menos el 80% se abandonan a lo largo del año. Los datos son realmente desmotivadores. Así que, cuando ya nos encontramos superando esa decisiva primera semana y aún nos mantenemos firmes en nuestros objetivos, nos vendrá bien reflexionar sobre qué es lo que lo hace tan difícil. Como tozudos que somos, cometemos año a año los mismos errores. Si queremos resultados diferentes, pongamos en práctica hábitos diferentes. Para comenzar, analicemos los errores  más comunes:

  • ¿Demasiados buenos propósitos?
    Ya sabemos que debemos seleccionar solo uno o dos propósitos, y a ser posible que estén relacionados entre ellos. Nada de listas inmensas.
  • ¿Eres realista? El objetivo lo tenemos claro, ahora analiza tus probabilidades de éxito y los esfuerzos necesarios para lograrlo. A priori parece fácil, pero junto con tu lista de propósitos deberías añadir la lista de posibles momentos que te pueden conducir al “abandono” y estudiar cómo piensas afrontarlos. Lo que queremos conseguir está claro, pero lo que debemos tener aún más claro es todo lo que debemos renunciar para conseguirlo. ¿Estás convencido?
  • ¿Concretas? Las metas tienen que ser específicas y medibles. Tus propósitos deben estar muy claros, a ser posible escritos con números en valores numéricos: 2 kilos, 30 minutos de ejercicio, 3 días por semana, 5 cigarros menos, salir 15 minutos antes del trabajo, una cantidad de dinero para ahorrar, etc.
  • ¿Tu éxito dura un día, una semana, un mes…? La mayoría de nuestros propósitos requieren de tiempo para lograrlos. Y ya hemos visto que aún mas tiempo para mantenerlos. Piensa en metas más pequeñas y trabaja en pequeñas porciones de tus propósitos cada vez, o te agotarás incluso antes de haber empezado. Planifica también cuando premiarte a lo largo del camino por los pequeños logros, especialmente cuando consigas afrontar uno de esos “momentos duros”. Premios a corto plazo para metas a corto plazo.
  • ¿Lo suficiente? Sabemos que debemos hacer. Conocemos los pasos. No es difícil comprenderlo, lo complicado es hacerlo y mantener estos cambios el tiempo suficiente para que el cerebro lo adopte como parte de un comportamiento habitual. Comenzamos bien, pero las acciones no son suficientes a lo largo del tiempo para consolidar nuevos hábitos.

La mayoría de nosotros conoce la teoría. Al igual que las diferentes estrategias para planificarlos. George T. Doran nos indica los cinco criterios que deben considerarse al establecer un objetivo. Recuerda que según la técnica SMART, un objetivo debe ser específico, medible, alcanzable, realista y acotado en el tiempo.

De la misma manera, para hacer una buena planificación en el tiempo puede ayudarnos esta sencilla fórmula de planificación de Chuck Blakeman, que recomienda establecer un objetivo para los próximos 12 meses y desarrollar, sin detallar, un plan general para llegar a él. Posteriormente, debes concentrarte en detallar qué pasos deberías dar en los próximos tres meses, en sincronización con el objetivo anual. Y por último, debes definir un plan de acciones detalladas, a las que debes establecer una fecha límite de un mes aproximadamente.

Si tienes claro lo anterior, pero sigues sin lograrlo, es el momento de seguir avanzando y profundizar en cómo nos puede ayudar (o perjudicar) nuestro pensamiento.  Sigue leyendo

Bienvenido a casa!! 


Llevo exactamente 127 días esperando para publicarte, cuando tu padre me confirmó que en unos días llegarías a casa. 127 días y nada es comparado con lo que han tenido que esperar para tenerte entre sus brazos.

He tenido la suerte de conocerte cuando aún solo existías en la cabeza de mamá. Estar cuando llegó la gran noticia. Tu primera foto. Tu nombre. Tu habitación. Los preparativos para que todo estuviese listo. Los visados y el pasaporte. Los nervios de mamá viendo pasar los días sin nuevas noticias. Tú equipaje para el gran viaje.

Tú no vienes vacío de equipaje. Tu nombre, tu pasado, tus expectativas, tus incertidumbres… Tu presente. Porque tu llegada no será  un nacimiento, sino una continuidad. Camino ya andado. Vida ya vivida. Con un nombre propio para resumirla. 

Y por fin, la cuenta atrás para llegar a casa, con tu maleta y un montón de preguntas que algún día recibirán la mejor de las respuestas. No hay porqué preocuparse.

Cuando te preguntes cómo fue, tus papás estarán preparados para ser interrogados. Cada pregunta sobre tu nacimiento será una oportunidad para que mamá y papá te cuenten los detalles del mejor viaje de su vida. Del mejor viaje de vuestra vida.

Cuando te preguntes porqué no creciste en la barriga de mamá, sabrás que en realidad fuiste creciendo de una manera muy especial en su cabeza, para terminar de crecer  y estar para siempre en su corazón. ¡Fuiste  tan deseado! Te fue imaginando cada día, cómo sería tu carita, tus manos, tus dedos de los pies. Cómo sería tu voz, tu sonrisa, tu llanto. Si serías alto. Si estarías bien.

De momento no te podrán contar más de lo que puedes entender. A medida que crezcas, tu historia crecerá contigo e irás formando tu propia identidad. Pero ten paciencia, pronto lo entenderás.

Cuando llegue tu momento de tener curiosidad, tus papás estarán preparados para entender tu deseo de querer saber, de buscar. Porque sabrán que una parte de saber quién eres es conocer de dónde vienes y saber en dónde estás.

Cuando, como cualquier otro niño, sientas la necesidad de retar, o echarle un pulso a tus padres, ellos estarán preparados para indicarte pacientemente dónde están los límites. Pero no te pases, porque ellos sabrán mantener el control para saber decirte que no y mantenerse firmes.

Cuando dudes y te preguntes ¿esta será mi casa para siempre? te explicarán con detalle qué significa la incondicionalidad. La han trabajado bien durante algunos años. Los he visto sonrojarse cuando alguien les dice lo afortunado que serás por tener unos padres como ellos. Los he visto sentir que los afortunados son ellos por tenerte.

Cuando sientas miedos, inseguridades y angustias que para tí son inexplicables, mira a papá. El siempre sabe lo que hay que hacer. Su tranquilidad te calmará.

Cuando consigas retos en la vida y te sientas feliz, mamá lo celebrará contigo, y reconocerás en su mirada lo orgullosa que se siente de ser tu madre. 

Tu familia te enseñará qué quiere decir ser feliz, y con ellos entenderás que se trata, más bien, de una forma de relacionarse con la vida, de una actitud a la hora de afrontar las cosas. Y para cuando lo hayas aprendido, podrás decir que has acabado por parecerte a tu padre, con esa forma tan natural de entender lo que es la felicidad. Descubrirás entonces lo afortunado que te sientes. No olvides decírselo. Ellos también necesitan escucharlo. 

De tus padres aprenderás lo que es la tenacidad. El coraje. La lucha. Porque tus padres son de ese tipo de personas que hacen que las cosas pasen. Quizá rezaron por ello. Quizá se lo gritaron al mundo. Desearon, esperaron, creyeron, amaron, arriesgaron, volaron, acogieron  y por fin han vuelto todos juntos a casa. 

Bienvenido a casa, pequeño!!