¡Enfócate!

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“Cambia tu atención y cambiarás tus emociones. 

Cambia tu emoción y tu atención cambiará de lugar”

Frederich Dolson

¿Quieren saber más curiosidades sobre nuestro  cajón de prioridad?

 

Por suerte, no ha hecho falta restaurar todo en nuestro cajón desastre, porque algunos compartimentos son de lujo. Esto ocurre porque hay varios niveles y algunos los tenemos muy bien organizados, dando gusto verlos. Existen diferentes modelos que explican la organización del proceso atencional en niveles, pero el modelo de Sohlberg y Mateer me parece muy clarificador.IMG_2213

– La atención interna sirve para darle prioridad a los propios procesos mentales e interoceptivos y otras sensaciones que provienen de los órganos internos del cuerpo, como el dolor, la sed, el hambre, la temperatura corporal, etc. 

 

img_0657-e1576015377949.jpg– La atención externa necesaria para captar para cualquier estímulo externo del entorno, algo que ella domina de maravilla. Tanto su atención visual como la auditiva dan miedo. Para que se hagan una idea, ella es algo así como un radar de última generación que siempre está activado, que en asociación con el pensamiento lateral al que da rienda suelta y su ilustre forma de cuestionarse y cuestionarnos todo en la vida (y lo que es peor, su interés por querer comprobarlo todo) le dan las herramientas más eficaces para un futuro comportamiento científico.

 

– La atención abierta que acompañada de alguna respuesta motora facilitan el acto de atender, como orientar nuestro cuerpo hacia el estímulo, acercar la oreja, etc.

 

– Por el contrario, la atención encubierta es la que permite atender a los estímulos sin la apariencia de estar atendiendo. Cuando decimos (especialmente los profes) “parece que está a otra cosa, pero tiene la antena activada para no perder detalle.

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– La atención selectiva o focalizada nos permite seleccionar estímulos y centrarnos en uno solo de forma voluntaria descartando todo cuanto ocurre alrededor. Es fácil adivinar que es fundamental para tareas cognitivas y académicas. Y ya sabemos que las mentes brillantes con actitud curiosa y pensamiento científico quieren estar a todo, y “a todos”. Y por ejemplo, ocurre que si hablamos con los compis, será difícil atender a las explicaciones de la profe. Por suerte, cualquier función cognitiva es fácilmente entrenable y Maripuri está en manos. Buscaremos la estrategia adecuada para que sepa diferenciar bien cuándo conversar y cuándo centrar la atención en lo relevante. Porque también es cierto que estar todo el día en clase sin hablar es muy aburrido.

 

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La atención dividida en dos o más tareas al mismo tiempo. Por ejemplo, conducir y cantar al mismo tiempo. O un término muy frecuentemente utilizado en la actualidad: los niños o personas multitareas. Hay algunos niños que en el cole reciben la etiqueta de TDAH, cuando puede ser que que en realidad estén en proceso de desarrollo de esta habilidad de poder estar atentos a muchos estímulos al mismo tiempo. Tiempo al tiempo, la multitarea humana será una realidad al ritmo que vamos.

 

– La atención sostenida para poder mantener durante el tiempo necesario la atención, haya motivación o no.

Maripuri y yo hemos tenido mucha suerte de poder restaurar artesanalmente entre las dos nuestro cajón de prioridad. Pero para quien no tenga tanta suerte, actualmente existen talleres de estimulación cognitiva, así como diferentes actividades y ejercicios de estimulación cognitiva, juegos de brain-training, entrenamiento intelectual, cuadernos de estimulación o nuevas neurotecnologías, como Elevvo, una tecnología basada en EEG para mejorar la atención sostenida y otras capacidades como la memoria de trabajo y la velocidad de procesamiento.

 

Existen profesionales a los que pedirles orientaciones para trabajar de forma casera, en los trayectos en el coche o cuando hacemos las tareas domésticas en familia.

 

Aquellos que estén interesados en restaurar también su cajón de prioridad, o el de sus “Maripuris” y quieran profundizar más sobre el tema,  recomiendo el Manual de psicología de la atención: una perspectiva neurocientífica, que explica muy bien los tipos de “cajones según taxonomías y según la actitud de cada persona.

 

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El cajón de prioridad

“ El verdadero arte de la memoria es el arte de la atención” (John Samuel) 

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...¡Porque confiamos ciegamente en ti, siempre!

…salgan las cosas bien o quede algo por mejorar.

…Me gusta la lección que hemos aprendido hoy: uno se siente muy bien consigo mismo cuando conseguimos los objetivos que nos proponemos.

¡¡¡A por muchos más!!!

Mi Maripuri es emoción en toda su magnitud. Vive instalada en la morada de la felicidad, donde probablemente muchos de nosotros quisiéramos ir a visitarla con frecuencia. Vehemente en la batalla, se manifiesta con ímpetu y pasión, pero sus guerras le duran cinco minutos, porque ni sabe ni quiere guardar rencor; ni su corazón alberga el mínimo atisbo de cualquier sentimiento negativo hacia nadie. 

 

Me aguanta mis interminables charlas sobre los despropósitos de cada día y nunca me castiga por ello. Al contrario, ha aprovechado mis discursitos para desarrollar ese diálogo agotador capaz de convencer al más incrédulo. Intenta aplacarme siempre con un “no sé”, que aunque sabe que lo detesto… insiste. Porque otra cosa que la define bien es que mi chica es insistente hasta agotar la paciencia de un santo. Y eso me gusta. Le ayudará mucho en la vida insistir hasta conseguir lo que quiere y no tirar nunca la toalla. Al igual que adoro su complicidad infinita y su absoluta confianza para guardar cualquier secreto. 

No conozco a nadie que tenga más claro lo que quiere y cuando lo quiere. Se trate de lo que se trate. Aunque nada es lo suficientemente importante como para quedarse atascada en un deseo u objeto material. Una actitud tendente a la maravilla, la fantasía, y los sueños que ya me gustaría patentar en cualquier consulta de psicología para el bien de la sociedad. Y para contribución social, el país agradecería tenerla como ministra de economía.

Adicta a la curiosidad y experta en las más nobles artes de la observación, es un cúmulo andante de buenos propósitos que la llevan a estar siempre en guardia cuando alguien necesita de ella, porque es puro servicio.

Así es mi Maripuri. Sin peros, sin excusas, sin nada que objetar; con la única finalidad de aprender (porque para eso está la vida, para aprender), a organizar su pensamiento en el cajón de prioridad.

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Un cajón que estamos restaurando juntas desde hace unas semanas. Unos cuantos clavos para fijarlo bien, unas capitas de pintura para darle vida y un buen letrero para tenerlo siempre, siempre, siempre bien localizado. Y así andamos las dos entusiasmadas, porque juntas restauramos su cajón pero también el mío (porque para eso está la vida, para aprender… y nunca se deja de aprender). 

En nuestro cajón de prioridad se encuentran las claves para el funcionamiento óptimo de casi cualquier cosa del día a día, porque permite tener claro a qué estímulos atender y sobre todo acertar a la hora de decidir qué circunstancias son relevantes en cada momento; y cuáles nos pueden parecer interesantes, pero irrelevantes en un momento dado. 

Permite la aplicación voluntaria de la actividad mental y de los sentidos a un determinado estímulo material o mental. Se trata de una de las funciones cognitivas más importantes que tenemos, porque de ella depende el buen funcionamiento de otros procesos cognitivos como la percepción, la memoria, el lenguaje y el pensamiento. Así que es recomendable para todos, niños y adultos, someterla de vez en cuando a una restauración consciente. 

En ese cajón de madera al que tanto mimo le estamos dando encontramos nuestra capacidad de generar, seleccionar, dirigir y mantener un nivel de activación adecuado para procesar la información importante de cada momento. Gracias a ella podemos contribuir a la supervivencia, a aprender más y mejor, a sacar mejores notas, a estar más pendientes de los demás, a ser más ordenados y organizados… pero también para que los adultos no nos tiren de las orejas y nos cuelguen la etiqueta de despistados. Algo muy fastidioso. 

Nuestro cajoncito actúa como un filtro selectivo para enfocarnos tanto en los detalles como en el “todo”,  al mismo tiempo, maximizando el aprendizaje y minimizando errores. 

 

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Hay muchas teorías sobre este tipo de cajas, pero parece existir acuerdo al menos en que tiene tres funciones básicas: la orientación hacia los estímulos sensoriales, la detección y selección de los estímulos relevantes y el mantenimiento del estado de alerta, fundamental para la supervivencia.

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Gracias a ese cajón somos capaces de guardar cantidad de información a la que podemos atender al mismo tiempo y realizar cantidad de tareas de forma simultánea. A eso se le llama amplitud del cajón. Pero ojo, hay que tener en cuenta que la capacidad de nuestro cajón es limitado y atender a más de una cosa a la vez a veces nos llevará a la pérdida de detalles o de información importante, que luego nos puede pasar factura. Además, con el paso de los años, el estrés, el agotamiento o determinadas patologías, entre otras causas, puede deteriorarse.

La cantidad de ganas puestas o recursos atencionales prestados a un estímulo o la intensidad de nuestra capacidad atencional es lo que nos lleva a hacer cosas sin prestar atenimagesción aparente (de forma automática) y o bien elegir hacerlas de forma más controladas, que demandan más atención.

Como vemos, en ese cajón de prioridades podemos guardar las cosas de forma voluntaria o involuntaria, ya que a veces guardamos cosas sin querer. Pero tratándose de un cajón donde se guardan las prioridades, debemos realizar un poco más de esfuerzo mental para poner ahí de forma voluntaria lo más importante. A eso se le llama Control.

Un aspecto importante de ese cajón que más entrenamiento requiere es el oscilamiento. La atención alternante nos permite cambiar el foco de una situación a otra, cuando simultaneamos acciones que demandan altos recursos cognitivos, ya que atender a las dos al mismo tiempo no es posible. Fundamental en tareas importantes que requieren mucha concentración. Y sugiero tanto a niños como adultos, trabajarla para ganar en eficacia. 

Nuestro cajón guarda un mundo apasionante detrás, por lo que conocer bien cómo funciona será de gran importancia para sacarle el mejor partido. Maripuri y yo les invitamos a seguir profundizando con nosotros en el conocimiento de los rincones y vericuetos de tu cajón de prioridad, para enfocarte mejor en lo importante. Te será muy útil.

 

Con el viento del este..

Señor, concédeme serenidad para aceptar todo aquello que no puedo cambiar,

fortaleza para cambiar lo que soy capaz de cambiar

y sabiduría para entender la diferencia.

Reinhold Niebuhr

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-No te irás nunca, ¿verdad?.

– Me quedaré hasta que cambie el viento.

-Mary Poppins-

Veo a mi alrededor cambios y más cambios. Míos y ajenos. Como si llegaran con el viento. Debe de ser el viento del este. Personas que me importan esforzándose por sobrevivir a los cambios, intentando no morir en el intento, con la esperanza de que pronto todo deje de doler. Valoro mucho sus esfuerzos, y la valentía que demuestran. No es nada fácil mantener la actitud cuando las cosas no van bien. Y sin embargo, lo están haciendo.

Mientras, procuro también escuchar en silencio y observar con mucha atención las sensaciones, con la esperanza de ver pronto el ArcoIris como Judy Garland en “Somewhere over the rainbow” (El Mago de Oz)

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Hace seis años alguien me dijo que era mágico ver un doble Arcoiris. Que pasarían tantos años en volver a ocurrir, que probablemente nunca más lo vería. Parece que me mintió, pero nunca se lo dije. Yo quería seguir pensando que era algo mágico. Aunque en el fondo puede que sea una afortunada, al poder observar un fenómeno tan mágico en dos ocasiones.

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Continuemos. Bajo el seudónimo de P. L. Travers, la australiana selló en ocho tomos las aventuras de una institutriz que volaba en paraguas. Cuando cambia el viento de dirección, Mary Poppins sabe y siente que debe irse así que no demora la decisión: Coge la bolsa, abre el paraguas y se va. Sí, tal cual. Mary sigue su camino, sin ataduras del pasado, de personas, de lugares, de cosas… Con su marcha, empieza una nueva etapa, nuevos aires, nuevos Arcoiris. Tiempos de cambio. 

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Parece que cambiar no nos tendría que suponer ninguna dificultad; de hecho es algo inherente al concepto de crecimiento. Algunos lo llaman cambio, otros progreso e incluso hay quienes le llaman evolución.

Pero la realidad es que, en general, cualquier cambio supone una renuncia o pérdida inevitable, lo que produce incertidumbre; y esta incertidumbre genera miedo, al menos al principio, hasta que poco a poco nos vamos adaptando a la nueva situación.

Obviamente hay distintos tipos de cambio.

Los “cambios en pendiente”, o pequeñas transformaciones que se producen de manera gradual y de forma imperceptible. Ocurren de manera natural y son los cambios que uno no detecta. Por sí mismo no producen ningún efecto negativo.

Sin embargo, “los cambios en escalón” se producen en un corto período de tiempo y de forma más intensa. Las modificaciones nos parecen a priori muy bruscas y es fácilmente  reconocible un antes y un después. Los cambios en escalón ocurren a veces de manera programada y podemos preverlos; pero otras, nos pillan desprevenidos y nos golpean.  Los más complicados son los cambios inevitables. Ya que todo intento de detenerlo, retrasarlo o negarlo solo producirá más dolor. Pero a pesar de eso, tratamos de resistirnos.

A veces nuestra propia naturaleza, nuestros miedos e inseguridades nos pueden llevar a desear retrasar el cambio, disminuirlo o deshacerlo… hacer todo lo posible para que las cosas permanezcan igual. Pero si el cambio ha de llegar, es importante saber cómo manejarlo. Y para eso es recomendable reconocer las fases para afrontar los cambios en escalón que se nos resisten. Fases de un ciclo emocional de resistencia al cambio personal:

1. Etapa de impacto o choque: Es la más emocional y la que presenta mayor resistencia o parálisis. Se percibe una sensación de confusión, bloqueo, miedo. Suelen aparecer fuertes sentimientos de pérdida e idealización. La inseguridad percibida genera conductas de resistencia y boicot. Se puede llegar a sufrir ansiedad así como otras reacciones físicas. Pero recomiendo vivirla con toda la intensidad que se pueda, porque será la que te preparará para lo que está por venir.

2. Etapa de negación: tratamos de cerrar los ojos ante la realidad y ante cualquier evidencia de que la transformación es necesaria y está ocurriendo. Seguimos actuando como si nada hubiera pasado, con la ingenua pretensión de que la necesidad de cambiar desaparezca, tratando de aferrarnos a las rutinas cotidianas.

3. Etapa de la ira: Cuando la evidencia mande, no podremos seguir negando el cambio y empezamos a responder con rabia, frustración e ira. Empezaremos a exteriorizar todos los sentimientos que se reprimieron en las etapas anteriores. Cuidado en esta etapa, porque se puede dañar a los demás, incluso puedes dañarte a ti mismo.

4. Etapa de negociación: En la que intentaremos encontrar una salida que calme nuestro dolor, aunque se trata de un esfuerzo en vano porque aún estamos en un estado de resistencia al cambio. Seguimos sin aceptar el cambio y solo tratamos de encontrar una solución para evitarlo.

 ” Con el paso de las horas, Dorothy superó poco a poco su miedo; pero se sentía muy sola, y el viento chillaba tan fuerte a su alrededor que casi se volvió sorda. Al principio ella se preguntó si estaría hecha pedazos cuando la casa se cayese de nuevo; pero a medida que pasaban las horas y nada terrible sucedía, dejó de preocuparse decidió esperar con calma y ver lo que le deparaba el futuro. Por fin se arrastró por el suelo balanceándose hacia su cama y se acostó sobre ella; y Totó le siguió y se acostó a su lado. A pesar de los vaivenes de la casa y del gemido del viento, Dorothy pronto cerró los ojos y se quedó profundamente dormida” 

-El Maravilloso Mago de Oz-

5. Etapa de depresión: En esta etapa finalmente aceptamos “por obligación” que el cambio es inevitable, aunque nos gustaría seguir evitándolo y esto nos puede crear la sensación de irritabilidad o depresión.

6. Etapa de elaboración: por fin llega el momento de racionalización. Empiezan a aparecer nuevas creencias y conductas de aceptación. Tendemos a la autovaloración de las capacidades propias y planificamos lo que está por venir. Por tanto, se comienza a recuperar la capacidad para decidir o al menos gestionar, y poco a poco va desapareciendo la incertidumbre.

7. Etapa de prueba o acción: la resistencia al cambio finalmente va desapareciendo porque empezamos a necesitar reaccionar y empezamos a probar soluciones realistas y nuevos patrones de afrontamiento que se adapten poco a poco a la realidad y nos vayan acercando al cambio y nos permitan mirarlo desde nuevas perspectivas. Empiezan a desaparecer las resistencias, dando paso a los primeros cambios de forma más proactiva que en las fases anteriores. Poco a poco se deja de anticipar ni generar las ideas negativas, dramáticas y catastróficas que estaban bloqueando el proceso.

“Viento del Este y niebla gris anuncian que viene lo que ha de venir. No me imagino lo que va a suceder, mas lo que ahora pase ya pasó otra vez”.

-Mary Poppins-

8. Etapa de aceptación: Volvemos a encontrar el equilibrio y a sentirnos cómodos con el cambio. Encontramos y ponemos en práctica nuevos patrones de comportamiento adaptativos que nos ayudan a reconstruir nuestra identidad bajo las nuevas circunstancias.

La casa giró dos o tres veces y subieron lentamente por el aire. Dorothy se sentía como si estuviera subiendo en un globo. Los vientos del norte y del sur se reunieron en el lugar en donde se encontraba la casa, y lo convirtieron en el centro exacto del ciclón. En medio de un ciclón el aire es en general tranquilo, pero la gran presión del viento en cada lado de la casa se la llevó a más y más altura, hasta que quedó en la parte superior del ciclón; y allí se mantuvo recorriendo millas y millas de distancia tan fácilmente como si fuera una pluma. Estaba muy oscuro, y el viento aullaba horriblemente a su alrededor, pero Dorothy descubrió que viajaba con bastante facilidad. Después de los primeros giros y de algún que otro mal balanceo, se sintió como si estuviera siendo mecida suavemente, como un bebé en su cuna.

-El Maravilloso Mago de Oz-

Puede que ni nosotros mismos veamos hasta dónde llega el alcance, pero lo que es inevitable es que el viento ha cambiado, ahora viene del este. Y eso conlleva cambios.

Con el viento del Oeste, viene la bruja malvada en El Maravilloso Mundo de Oz;  pero quien sabe si alguna vez vuelve a soplar nuevamente el viento del este, lugar por donde sale el sol, y viene a visitarnos Mary Poppins. O si como Dorothy, despertaremos en casa y todo acaba por ser una pesadilla. Así que vivamos los cambios con esperanza, porque todo pasa por alguna razón.

Y aunque uno siente que se rompe en pedazos, en realidad solo está ocurriendo una revolución. 

Hábito, rutina y aprendizaje

A ti, genio de la procastinación. 

“Siembra un pensamiento y cosecharás una acción
Siembra una acción y cosecharás un hábito; 
Siembra un hábito y cosecharás un carácter;
Siembra un carácter y cosecharás un destino…”
–Anónimo

“Somos lo que hacemos de forma repetida. La excelencia entonces no es un acto, sino un hábito.” Aristóteles

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Seguramente habrás escuchado que son necesarios 21 días para adquirir un hábito.

21 días tardan las células madre en diferenciarse en nuevas neuronas en el cerebro; y curiosamente, algunos investigadores concluyen que también 21 días dura nuestro biorritmo emocional. 

El mito de los 21 días para consolidar un hábito viene de una mala interpretación hace unos 50 años, cuando el cirujano plástico Maxwell Matz, autor de “Psycho Cybernetics”, describió que sus pacientes tardaban 21 días en acostumbrarse a su nuevo aspecto o en dejar de sentir un miembro fantasma. Pero en realidad lo que Maltz dijo es que se tardaba, al menos, 21 días en generar un hábito.

Si eres tan impaciente como yo, que 21 días ya se me hacía eterno, lamento decirte que la mayoría de hábitos requieren más de 21 días para consolidarse. De hecho algunas conductas nunca llegan a instaurarse permanentemente como un hábito. Lo que supone, en principio, un paisaje desolador.

Así lo dice un estudio publicado en la Revista Europea de Psicología Social, realizado por la Universidad de Scranton: sólo un 8% de las personas tienen éxito con los hábitos propuestos. Los propósitos más comunes son perder peso, organizarse mejor y ahorrar más. Nos queda la opción de decidir pertenecer a ese 8%, si de verdad lo queremos

Bautizado por la investigadora Janet Polivy como el síndrome de la falsa esperanza,   se da cuando queremos cambiar una conducta, un hábito,  y no somos capaces por culpa de unas expectativas excesivamente altas, una combinación de metas poco realistas con una falta de comprensión del propio comportamiento.

¿A quién no le suena esto?

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No es suficiente una motivación continuada y persistente en el tiempo para crear una nueva rutina. Es necesario realizar el comportamiento de manera consciente y consistente, para que este alcance la condición de hábito. Se necesitan centenares de repeticiones de un nuevo comportamiento para reemplazar el que queremos sustituir. Dependiendo de la frecuencia con que este nuevo hábito se vea reforzado, aparecerá antes o en más ocasiones.

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Estos datos pulverizan nuestras esperanzas, pero con solo 21 días, las neuronas no asimilan lo suficiente un determinado comportamiento y es fácil abandonarlo. Sobre cuánto se tarda en adquirir un nuevo hábito, Phillipa LLay y su equipo concluyeron en 2010 que entre 18 y 254 días, tras un estudio en el University College London en el que se analizó el proceso de formación de una conducta en 96 voluntarios. Esto da un valor medio de 66 días, aunque obviamente esta gran variabilidad dependerá de lo complejo que sea el hábito a adquirir, de la persona y de las circunstancias que lo rodean. Beber más agua cada día no parece muy difícil, estudiar o ir cada día al gimnasio es otro cantar …

En cualquier caso, formar un hábito es un proceso que requiere tiempo. Pero sin duda merece la pena ese tiempo, ya que los hábitos se muestran como una poderosa herramienta al servicio de las funciones ejecutivas de la inteligencia, sea cual sea el objetivo.

En psicología se dice que el hábito es cualquier comportamiento repetido regularmente, que requiere de un pequeño o ningún raciocinio y es aprendido, más que innato. En “El poder de los hábitos”, Charles Duhigg señala que “los hábitos no nacen, sino que se crean. Cada hábito malo, por muy insignificante que sea, comienza con un patrón psicológico llamado circuito de hábito”.

Para eso es necesario una estrategia que todos conocemos, la rutina. A base de repetir, la rutina nos permite aprender y eso deja huella en nuestra memoria. Tanta que algunos aprendizajes se convierten en un hábito y ante determinadas situaciones actuamos sin pensar de forma automática.

Investigaciones de la Universidad de Duke suponen que el 40% de las acciones diarias no son decisiones reales, sino hábitos. En 1996, el profesor de psiquiatría, neurociencias y psicología de la Universidad de California, Larry Squire y sus compañeros del Massachusetts Institute of Technology demostraron que el cerebro tiende a formar hábitos para ahorrar esfuerzos. Los ganglios basales se encargan de automatizar determinados procesos, lo que nos permite ocupar nuestra atención y nuestra memoria en otras cosas, y también construir sobre los hábitos anteriores, recordando patrones y actuando sobre ellos, lo que nos permite almacenar hábitos para ahorrar esfuerzos.

La neurología aplicada al hábito proporciona datos interesantes. La repetición establece una rutina que desencadena una señal,  que permite alcanzar un premio o recompensa que actúa como reforzador. Señal, rutina y recompensa son los tres elementos clave para la formación de un hábito.

Para poner en marcha el denominado “Bucle del Hábito”, debemos localizar las señales sencillas que dan lugar al hábito, los desencadenantes, establecer una rutina mediante entrenamiento. Es esencial escoger una recompensa conveniente para acompañar el ciclo; para que, a largo plazo, se de lugar el ansia, un deseo fuerte, que alimente el bucle.

Sin embargo el proceso es esencialmente diferente cuando tratamos de cambiar un hábito negativo. Los hábitos no nos abandonan nunca realmente; ya que como decíamos antes, están codificados en la estructura cerebral, lo que supone una gran ventaja para el aprendizaje, pero que dificulta el desaprendizaje.

Al nacer, nuestro cerebro ya está sometido a una rutina biológica: ciclo de sueño-vigilia, hambre… Esa rutina que le permite sobrevivir es también la que le permite aprender. Los aprendizajes iniciales como el control de la postura, caminar, hablar, utilizar las manos los hacemos por repetición hasta que nuestro cerebro los automatiza. Son cosas que ya no olvidaremos nunca, aprendizajes que serán difíciles de borrar. No es una novedad lo difícil que le resulta al cerebro modificar lo aprendido cuando la ejecución es altamente eficaz.

IMG_0408 (1).jpgPor ponerle un ápice de entusiasmo y esperanza, la realidad es que todos tenemos la capacidad de decidir sobre nuestra conducta y crear nuevos hábitos. En este sentido, el análisis de programas para las adicciones, ha revelado la importancia de las creencias, expectativas y del apoyo de nuestro entorno. Así como un factor que muy frecuentemente olvidamos, la búsqueda del placer, que siempre ha guiado la formación de los hábitos. Así que cuidemos estos dos aspectos muy de cerca.

La curiosidad y la motivación son claves en la adquisición de un hábito y por tanto en el aprendizaje. Cuando algo despierta nuestra curiosidad, nos resulta más fácil aprenderlo, y que, una vez entramos en modo curioso nuestra capacidad de aprendizaje mejora aunque el tema no nos apasione.

Sin duda, la curiosidad aumenta la actividad cerebral en el hipocampo, el almacén principal de la memoria. Sin embargo, cuando a esa curiosidad o a esa motivación hay que dedicarle mucho tiempo y esfuerzo, algo nos frena a la hora de ponernos en marcha. Nos llenamos de buenas intenciones, pero no se llevan a cabo porque surgen problemas, excusas, otras prioridades o simplemente nos convencemos a nosotros mismos de que no tenemos tiempo. En ocasiones, incluso conseguimos iniciar una nueva rutina durante un tiempo pero un día flaqueamos, y volvemos a los viejos hábitos y abandonamos.  ¿por qué ocurre esto?

Sencillamente, la pereza viene determinada por la falta de autorecompensa a corto plazo. Casi en la totalidad de las situaciones, la recompensa o el entorno de satisfacción y placer ocurre a largo plazo, eso condiciona de forma contundente que la pereza pueda más que la voluntad. Los beneficios de hacer deporte, llevar una dieta equilibrada, mantener un hábito de estudio o ahorrar dinero no se perciben a corto plazo; por lo tanto, en el momento de decidir la conducta, el esfuerzo no se ve recompensando y nos puede más la pereza.  Personalmente, para mí aquí está la clave.

Para que el hábito se cree hemos de repetir el suficiente número de veces este patrón para que el cerebro cree las conexiones neuronales implicadas en la realización semiautomática de la acción. Por lo que el factor clave es la repetición. Pero es necesario comprender que el reforzador tardará en llegar, y para ello es necesario acompañar ese proceso con pequeñas recompensas que nos faciliten el camino.

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Una vez establecida esta conexión neuronal, la acción se iniciará siempre que aparezcan los estímulos activadores: se convierten en hábitos que se ejecutarán de forma prácticamente automática, sin requerir excesiva atención o esfuerzo por tu parte. Si perseveras, triunfarás, por lo que es necesaria la determinación. Seguir leyendo “Hábito, rutina y aprendizaje”

Perú, cuestión de altura. No más

A Eva T, seguimos subiendo.

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“Si no hay miedo, el valor no vale nada.

Lo difícil no es no tener miedo, es seguir adelante a pesar de él”

Alejandro Palomas.

En el vuelo de vuelta a casa, divertida ella se atrevió a decirme que tenía expresión de enamorada. Mi sonrisa, por lo visto, me delataba. Cuando debía estar agotada por doce largas horas de vuelo, parecía sentirme pletórica. Puede que fuera por el subidón de glóbulos rojos. O puede que de verdad me estuviera enamorando.

Perú huele a maíz. A choclo. Huele a muchas cosas, pero en el aire se queda en suspensión el polvo de las más de 50 variedades de maíz. El ombligo del mundo, la cuna de la octava maravilla, tiene mucho más que Machu Picchu. Aunque su vieja montaña impresiona y te deja huella.

Chichen Itzá, el Cristo Redentor, Machu Picchu, Coliseo, Taj Mahal, la Gran Muralla China o la Ciudad de Petra… De todas las maravillas, pensaba y deseaba estar en La Ciudad de Petra, en Jordania; y en Machu Picchu, Perú. Y ha sido la segunda la que se chocó conmigo casi por la misma casualidad con la que ocurren las mejores cosas de la vida. Así que nueve años y un largo recorrido después, de vuelta a una maravilla del mundo. Así debía ser.

El valle sagrado, las lagunas, los pueblos coloniales, los mercados indígenas, las ruinas incas, los rincones escondidos y las montañas imponentes daban paso a lo inesperado, por muy esperado que estuviera. Amaneceres caprichosos que se colaban por una ventana sin persiana, y atardeceres que me pillaban por sorpresa, para parar por un momento el reloj que decidí dejar en casa. Una paleta de infinitos colores, para deleitarse.

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Ese momento en el que no estás pensando en nada, miras por la ventana y la realidad te ubica en medio de los Andes peruanos, en un valle a 3.400 metros de altitud, en la antigua capital del imperio inca. Con la sorpresa y la emoción casi se olvida el pequeño detalle del mal del altura. Aquí todo respira un ritmo muy lento. Ya lo decía Miguel, nuestro guía en Puno, que la altitud hay que afrontarla como el amor: cuidándose de los dolores de cabeza y tratando de acostumbrase despacio, con paciencia, a sus efectos.

La “montaña mayor o vieja” se posiciona a una altura de 3,061.28 m.s.n.m. Solo se me ocurre un calificativo: es majestuosa. Si consigues llegar a su cima, te premia con un paisaje imposible de explicar; y allí, al fondo, algo parecido a un gran conjunto de palacios y templos que existieron en otra época. Pero no es eso lo que impresiona.

Desde esa altura, a lo lejos, da igual lo que parezca, porque se hacen hueco la admiración, la exaltación y el sosiego, el descoloque y la recolocación, el vértigo y el equilibrio, el cansancio y la euforia. Cuando dejas de subir escalones y consigues recuperar el aliento, no sabes si lo que sientes es miedo, impresión, confianza, gratitud, certidumbre, júbilo, o plenitud. Sea lo que sea, estar allí te hace sentir algo parecido a ser feliz. La mezcla de tantas emociones te hace sentir exultante.

Allí, muchos caminantes desbordados de emoción, lloran al ver por primera vez la ciudad oculta entre las montañas. Otros lloran por el camino, por la sensación de incertidumbre y vértigo…Otras lloran cuando se dan cuenta de que hay que irse, que no se puede permanecer allí eternamente.

Una vez alcanzas el punto más alto, después de contemplar esa maqueta de piedra silenciosa, con los pies colgando del borde de la montaña, es difícil convencerse de que debemos volver a bajar y regresar a la realidad. Por suerte, también se disfruta del camino de bajada, peleando con cada escalón en donde no cabe el pie. Entretenido. Divertido. Momento para desatar la euforia, que se junta con los calambres, y el brindis para la celebración. Cuestión de actitud, ganas de vivirlo todo con intensidad. Parece mentira que un sendero por el que podrías caer al vacío, resulte apasionante.

Pero de todos los miedos posibles, como el de ser capaz o no de alcanzarlo, llegó primero el de la altura, acechando durante un buen tramo. El mal de la altura de Eva. De la otra Eva. Y no el soroche (como lo llaman los andinos), si no la acrofobia.

Eva  T  y Eva I

La acrofobia es una de las fobias más comunes: el miedo extremo a las alturas. Al igual que otras fobias, la acrofobia genera fuertes niveles de ansiedad, induciendo continuamente una conducta de contrariedad y evitación. Puede generar sentimientos de pánico, palpitaciones fuertes e irregulares, llanto o gritos, llegando incluso a sentir desorientación, dificultad para pensar o generarse parálisis momentánea por el pánico. Todo eso sientes mientras te enfrentas al altiplano peruano, o te adentras en Llaqtapata para perderte en sus montañas: Machu Picchu y Huayna Picchu

Con frecuencia sucede que ese miedo, al principio controlable, se convierte en incontrolable después de un incidente traumático en la infancia. Aunque no siempre ocurre por este motivo. También se cree que pueda tener algo que ver con nuestro sentido interno de las ondas de equilibrio. Pero lo cierto es que la acrofobia guarda cierta relación con el vértigo de la altura, el cual provoca una marcada sensación de inseguridad y miedo ante la posibilidad de una caída. Acompañado de angustia, torpeza e incluso incapacidad.

Las últimas investigaciones muestran que la acrofobia está presente en todas las personas y animales con sentido de la vista, aunque por lo general muy débilmente. Se trata de algo así como un mecanismo de defensa heredado.

Es bastante común y presenta rasgos innatos, por lo que algunas personas son propensas a sentir más miedo. En ocasiones se relaciona con la inseguridad, baja autoestima, depresión o sentimiento de incapacidad personal… Como si la persona no fuese capaz de confiar en su sentido natural del equilibrio en lugares de gran altitud.

Pero si queremos adentrarnos en Pisac, visitar  el Cañón del Colca, descubrir las ruinas de Ollaytaytambo o subir al mismísimo Machu Picchu, lo mejor será una terapia exprés e in situ de “habituación” al miedo. Viene bien que un acompañante comparta y recuerde las técnicas de relajación conocidas por todos, para enfrentar las situaciones estresantes, mientras uno se somete gradualmente a las situaciones donde el miedo se hace presente, para que no se pierda el control de la situación y la inseguridad vaya disminuyendo.

Si hay algo que nos paraliza en la vida, son los miedos; por eso nada mejor que deshacerse de ellos. Y no se me ocurre mejor ocasión que estar aquí, a ratos a más de 4.500 metros de altura.

Superar el miedo a las alturas

Seguir leyendo “Perú, cuestión de altura. No más”

Fracasar con excelencia

Reza en la cabecera de esta página que todo pasa por alguna razón. No lo entiendes hasta que no has fracasado de forma rotunda, contundente y estrepitosa; pero, pasado un tiempo prudente, ese error se convierte en uno de tus mejores aciertos.

También en una entrada anterior hablamos de indefensión aprendida y desaprendida, como consecuencia de un aprendizaje poco constructivo, al tratar de bloquear las situaciones de error tanto en el ámbito educativo más formal como en la crianza de nuestros hijos. Y esto me preocupa.

Fracasar: verbo intransitivo que significa no producir [cierta cosa] el resultado deseado o previsto. No conseguir en cierta actividad lo que se pretende.

1. intr. Dicho de una pretensión o de un proyecto: frustrarse (‖ malograrse).

2. intr. Dicho de una persona: Tener resultado adverso en un negocio.

3. intr. Dicho especialmente de una embarcación cuando ha tropezado con un escollo: Romperse, hacerse pedazos y desmenuzarse.

4. tr. desus. destrozar (‖ hacer trozos algo).

Atenderemos al número 4. De hecho, el término parece emanar del vocablo italiano fracassare, que puede traducirse como “estrellarse” o “romperse”. 

Es un tópico que fracasa quien no lo intenta. Pero más allá de todo eso, esta verdad importa porque en cualquier fracaso queda marcado un itinerario natural hacia el propio emprendimiento y la superación personal. Y para eso, a veces necesitamos rompernos, incluso estrellarnos. Puede que sea por eso que en los dibujos animados se vean estrellas tras estamparse. Quien sabe.

Sin embargo, hemos aprendido que cuando las cosas no salen como es esperado o proyectado debemos vivirlo como un período de angustia y pena; nos sobreviene el silencio, incluso cierto sentimiento de vergüenza. Seguir leyendo “Fracasar con excelencia”

Mea culpa

“Entre los sentimientos de culpabilidad y la aparente normalidad existe un camino que casi nunca se recorre acompañado. Casi nunca.”

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“Aquella persona que se siente culpable, se convierte en su propio verdugo” Séneca.

No tengo muy claro a dónde quiero llegar. Llevo tiempo centrada en observar cómo nos mueven los sentimientos de culpabilidad. Es bastante curioso ver la cantidad de decisiones que vamos adaptando en nuestro día a día, sin darnos cuenta, a partir de un sentimiento de culpa. A veces por tratar de evitarla, otras simplemente con la intención de afrontarla. 

Desde niños ya aprendemos a echar la culpa a los demás, al azar, a lo que sea. Se trata de escurrir el bulto para no sentirnos culpables. Y una vez escurrido el bulto, ¿no queda nada de conciencia?, ¿ni un poquito de culpabilidad?

También existen personas que parecen resistentes a la aparición de los síntomas de culpabilidad. Es bastante probable que esa resistencia no signifique que no sufran malestar o incluso dolor, ni que no tengan recuerdos desagradables; sino que, a pesar de ello, son capaces de hacer frente a la normalidad más allá del estado emocional que se produce.  Se mueven con soltura entre la culpabilidad y la normalidad. Ya que, entre los sentimientos de culpabilidad y la aparente normalidad, existe un camino que casi nunca se recorre acompañado. Casi nunca.”

La vida de cualquiera está salpicada de acontecimientos positivos y negativos, de alegrías y tristezas, de expectativas cumplidas y de esperanzas frustradas. En medio de alguno de estos acontecimientos, si rascamos un poco, encontraremos bastantes momentos donde nos invadió la culpa. Y en función de ella, actuamos. Casi siempre. O eso parece.

Justo por esto llama la atención la gran capacidad de adaptación y el espíritu de superación con que cuenta el ser humano. Sin embargo, el sentimiento de culpabilidad parece prácticamente inevitable. Supongo que porque la culpa nos hace conscientes de que algo hemos hecho mal, llevándonos a elegir entre dos alternativas: querer ocultarla o facilitar el intento de reparación del daño. Ojalá fuera tan fácil elegir.  Seguir leyendo “Mea culpa”

Una preguntita para Rigoberta

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“¿Por  qué los mayores no saltan en los charcos?”

Se llama Rigoberta. Así la llaman en su casa. Desde primera hora, cuando llega a la mía para ir juntos al colegio, se le escucha según entra por la puerta cómo empieza el día bien acompañada de ilusiones.

Nada más llegar te busca, te da los buenos días con una gran sonrisa. Te abraza. Te alegra ya la mañana. E inmediatamente después se prepara y te lanza su primera pregunta.  Nos reímos. Las dos sabemos bien que no será la última. Cuando le digo “¿ya empiezas con las preguntas de cada día?”, ella se ríe. No tarda ni medio minuto y comienza su maratón interrogatorio. A veces parece que las trae  hasta preparadas del día anterior.

Ahora se ríe cuando se lo digo. Pero al principio se sentía mal y pedía perdón por hacer tantas preguntas, porque pensaba que incomodaba a los mayores con todas sus cuestiones. Pero no lo puede evitar. Son sus ganas de vivir, de aprender, de averiguar. De descubrir la vida.

Se parece a su madre, que puede hacerte 6 preguntas al minuto, una seguidita de la otra hasta dejarte patidifuso. Se lo digo y se le escapa una carcajada de las suyas. Así que, ahora que ha entendido que no tiene nada de malo preguntar, sonríe segura y continúa con su interrogatorio en casa, en el trayecto del coche (25 minutos haciendo preguntas!!!!), cuando llegamos al cole. Me pregunto si en clase sigue preguntando tanto. Aunque no creo que lo haga. Probablemente las guarde para el trayecto de vuelta. Es su forma de aprender sobre el mundo que le rodea.

Mi saquito lleno de preguntas… Divertidas, entrometidas, poéticas o casi imposibles de contestar. Y es que los niños todavía no han aprendido a tener prejuicios, preguntan las cosas y no les da vergüenza.
En el caso de ella, hay tres lugares donde se pone especialmente preguntona:

El primero es la cama. Cuando no se puede dormir, te acribilla a preguntas.
El segundo, el coche. Saca la artillería pesada porque tú no tienes escapatoria. Y ella lo sabe  y le saca partido.
El tercero, comiendo. En la mesa todo va a otro ritmo, más distendido, más relajado. Se puede hablar de cualquier cosa. Desde niña, ha visto que estar alrededor de una mesa es momento para entablar conversación. Y aprovecha para seguir con su lista de preguntas. De esas que te hacen pensar.

Entre los 3 y los 6 años, los niños suelen pasar por la etapa de las preguntas. Esta fase es normal e indica que su lenguaje y pensamiento se desarrollan adecuadamente. Es una etapa en la que los padres pueden aprovechar para fomentar la comunicación con sus hijos. La edad de las preguntas constituye un momento muy propicio para favorecer el desarrollo de las habilidades comunicativas de los niños.

Todos los niños pasan por una etapa que se caracteriza por las constantes preguntas. Esta etapa se produce entre los 3 y los 6 años, pero ella ya tiene más de 6 años. Está a puntito de cumplir 7. En realidad, esta fase tiene una duración variable y cuanto más se  prolonga, más se favorece un buen desarrollo del lenguaje y del pensamiento.
Otra razón importante es que lo hacen para ordenar su mundo. En su mente todo tiene un origen y una finalidad y para ellos no existe la casualidad, todo tiene que tener un motivo. Y ellos quieren saberlo.

Para los psicólogos, estos continuos interrogatorios muestran un desarrollo adecuado. Manifiestan su curiosidad por el mundo que les rodea y que poco a poco están descubriendo. Todo les desconcierta, cualquier situación da pie a una buena pregunta.

Se dirigen a los adultos cercanos para ellos porque necesitan un intermediario que les explique la nueva realidad que van conociendo. Y necesitan tener la seguridad de que a quien le hacen la pregunta les va a dar una buena respuesta. De manera consciente no preguntan a cualquiera. Saben bien qué deben preguntar a mamá, qué preguntar a papá, a los profesores o a los abuelos. Y de la calidad y disponibilidad de esos guías dependerá en gran medida el modo en que el niño se relacione con el mundo durante toda su vida.

Sus preguntas a veces parecen ser repetitivas. Pero ella misma te explica que quiere confirmar que el día anterior le dijiste la verdad. Pueden ser disparatadas, divertidas o inverosímiles. Todo esto es de lo más normal. Pregunta porque tienen una curiosidad innata, quieren explorar todo lo que hay a su alrededor.

Experimenta sus nuevas capacidades lingüísticas. Ahora que puede pedir información y entender las respuestas, ejercita esta habilidad a base de hacer preguntas constantes. De esta manera, sin que ella y sin que los demás nos demos cuenta, irá adquiriendo mayores destrezas lingüísticas al mismo tiempo que ejercitará sus habilidades de comprensión del lenguaje, al procesar la información que los adultos (con más o menos paciencia) le damos en las respuestas. Además también le sirve para aprender palabras nuevas, esas que también pregunta qué significa cuando las escucha.

Es lógico también que sus preguntas cada vez sean más profundas. Su lenguaje experimenta un gran desarrollo a medida que crece, lo que le permite pensar y comunicar lo que piensa con mayor calidad. Esto que ella hace ahora, le permitirá pedir y dar información, expresar dudas y sentimientos y seguir conversaciones en un futuro. Sus preguntas la inician en el mágico mundo de investigar su entorno a través del lenguaje, indagando sobre  lo que quiere saber. Como aquel día que, para averiguar si la luz de la guantera del coche se apagaba al cerrarla, decidió dejar el móvil grabando dentro para ver qué ocurría exactamente. Así es ella. Seguir leyendo “Una preguntita para Rigoberta”

Indefensión Desaprendida

“No te preocupes por los fracasos, preocúpate por las posibilidades que pierdes cuando ni siquiera lo intentas”

Jack Canfield

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La “indefensión aprendida” hace referencia a la condición en la que se ha aprendido a comportarse pasivamente, creyendo no poder hacer nada y sin poder responder a pesar de existir numerosas oportunidades para cambiar. Una vez que ya nos encontramos en situación de indefensión, ¿cómo desaprendo?

Esta situación tiene remedio. Podemos desaprender y abandonar el camino del aprendizaje de escape. Es decir, este patrón de comportamiento se puede dejar atrás si nos hacemos con las herramientas necesarias para hacerle frente.

Si has identificado algún rasgo de indefensión, es hora de hacer un análisis y descubrir algunas propuestas para entrar en este nuevo camino hacia el desaprendizaje.

¿Entras?

Lo primero que se debe hacer es identificar en qué áreas se manifiesta esta indefensión: en el trabajo, en el colegio, con tu familia, con tu pareja, con los amigos. Para poder tenerlo más claro, pregúntate si te gustaría cambiar la situación, actuar de otra manera u obtener resultados distintos.  Piensa si tienes control sobre esa situación y reestructura la lista de posibles causas por las que esta situación se está dando de esa manera y no de otra.

Cambia tu lenguaje y la forma en la que te hablas. Hazte consciente de la cantidad de mensajes negativos que te dedicas a diario: “se me da fatal”, “no soy capaz”, “no puedo” “no sé para qué lo hago”. A partir de ahora presta atención a los mensajes que interiormente te diriges e intenta cambiarlos.

Teniendo en cuenta que las personas con indefensión aprendida tienen un autoconcepto inadecuado, será bueno prestar atención a nuestra autoestima, cuidándote, reforzándote a ti mismo por tus acciones, premiándote tanto por tus logros como por tus esfuerzos.

Muchas personas indefensas suelen estar más pendientes de otras que de sí mismas. Esta conducta es un síntoma de desvalorización y, por este motivo, es muy importante dedicarse tiempo a uno mismo, realizando alguna afición, practicando deporte, aprendiendo cosas nuevas, involucrándose en nuevos proyectos o cuidando el aspecto físico. Se trata de realizar lo que uno desea. Porque además, realizar una actividad novedosa conlleva relacionarse con gente nueva, nuevos retos, desconexión, diversión, salir de la zona de confort, con el fin de disminuir los efectos nocivos de la indefensión aprendida.

En definitiva, se trata de generar alternativas en lugar de quedarse inmóvil o salir corriendo ante las dificultades.

Genera expectativas de tus acciones, pero se paciente ya que a veces puede costar más de lo previsto, ya que cuánto más tiempo se haya estado en situación de indefensión aprendida, más costoso será el proceso de cambio de estos comportamientos.

Y recuerda que es importante dejarse ayudar por aquellos que nos quieren. Ya adelantábamos  que pedir o  recibir apoyo no era un síntoma de debilidad, sino de fortaleza, al significar un primer paso para plantar cara, abandonando la pasividad propia de este síndrome.

¡A desaprender!

Hoy han llegado flores para ti!

 

Con frecuencia confundimos dos conceptos fundamentales: autoconcepto y autoestima. Pero, ¿qué se esconde realmente detrás de estas dos palabras? ¿ por qué es tan importante gestionarlos correctamente en el proceso de desarrollo emocional de un niño?

– El AUTOCONCEPTO se refiere a la percepción que una persona tiene de sí misma. Es la  propia versión de la descripción que hacemos de nosotros mismos.

– La AUTOESTIMA es el valor que damos a esa imagen. La estima que nos tenemos por ser como somos.

Así definido parece fácil, pero la autoestima es uno de los aspectos más importantes en el desarrollo del niño. Puede ejercer una importancia fundamental en su aprendizaje o en su comportamiento. Un niño que no se aprecia a sí mismo, que se percibe como alguien que no merece el afecto de los demás o no se siente útil, que se percibe inferior a los demás, difícilmente podrá lograr un desarrollo adecuado en cualquier faceta de su vida. Sin  esa confianza, sin ese afecto por sí mismo no desarrollará las habilidades sociales necesarias para relacionarse de forma saludable con los demás.

El papel de los padres y el de los profesores ejerce una influencia infinita, ya que los comentarios, actitudes y sentimientos que les generemos contribuirán a que se haga una idea ajustada o no sobre sí mismo.

Y aquí es donde está la cuestión. No hablamos de una buena o una mala autoestima, tal como se suele creer. Sino de una autoestima ajustada o desajustada. Tener demasiada autoestima puede ser tan perjudicial como tener una pobre autoestima.

¿Podemos hacer algo por contribuir en la estima saludable de nuestros pequeños?  Si confías en él, si le permites ver sus progresos, si le apoyas en las dificultades sin eliminárselas, si le ayudas a asumir sus propias debilidades y a reconocer sus talentos… entonces su autoestima será ajustada y se sentirá seguro, lo que le llevará a sentirse confiado cuando interactúe con los demás.

Nosotros deberíamos permitir que él compruebe por sí mismo qué es capaz de hacer, y para ello precisa acción: tener sus propios aciertos y sus propios errores. En este sentido, no cabe protegerle en exceso por miedo a que se haga daño. Aprenderá a realizar muchas actividades si se lo permites. Si no hace nada, nunca tendrá la oportunidad de comprobar por sí mismo que lo puede hacer o mejorar. Si lo haces tu por él, entenderá que tu lo haces porque no confías en que él lo pueda hacer bien.

Debemos observar cuidadosamente la forma en que interpreta sus éxitos y sus fracasos. Si le quitas importancia al esfuerzo que el niño está realizando para aprender a realizar cualquier tarea, le estás enseñando a hacer una interpretación inadecuada de lo que es capaz de hacer. Para un niño muchas de las actividades a las que se enfrenta por primera vez son difíciles, aunque a nosotros no nos lo parezca. La mejor opción es hacerle entender que hay cosas sencillas y complejas y que depende de cada persona, del esfuerzo que se invierte, de la motivación por lograrlo, de las ganas de mejorar. Pero también debe crecer aprendiendo que los fracasos o los errores son oportunidades para aprender. Cuanto antes empiece a entrenarse, antes manejará el noble arte de “fracasar con excelencia”. Pero esto lo dejaremos para otro momento, para una nueva entrada.

Todos sabemos que la primera imagen que tu hijo tiene de sí mismo es la que le has proporcionado en el ambiente familiar. Poco a poco, con la edad se va ampliando el radio de acción. Al llegar al colegio, será con el profesor con quien comienzas a compartir esa referencia para tu hijo y por tanto colaborará contigo en el desarrollo de la autoestima del niño. La visión que de él tiene el profesor puede ayudarle a reforzar la que ya había adquirido en casa , irla transformando y en el mejor de los casos, mejorándola.

Más tarde, los compañeros van a ocupar su hueco. Al principio su influencia es mínima pero, más o menos sobre los 7 u 8 años aproximadamente, tu hijo empezará a compararse con los demás, valorando si lo hace mejor o peor que sus iguales.

Llega el duro momento donde debe aprender que cada uno tiene sus “talentos” especiales.  Pero no siempre ocurre de manera natural. Aquí hay que estar pendientes y llevar un buen acompañamiento, para evitar posibles desajustes. Para trabajarlo desde la escuela, me gusta dedicar un ratito para que mis enanos siembren, recojan y regalen flores.

Se desesperan para que les llegue su turno. Y es que,  ¿quién no quiere oír las cosas buenas que piensan los demás sobre uno? Entre flores, halagos, y más lindezas pasamos una buena tarde.

La dinámica se puede improvisar, pero normalmente nos sentamos en la asamblea y colocamos al frente al “elegido”, como el gran protagonista del momento; pero al mismo tiempo acompañados físicamente (aunque sin demasiada intervención) por la figura de la profe, para que se sienta protegido, ya que a veces no resulta fácil exponerse ante los demás. De forma espontánea cada niño le irá regalando su “FLOR” en forma de piropo o halago.También se puede hacer por escrito para que cada niño pueda conservarlo y recordarlo de vez en cuando.

Las sonrisas van creciendo por segundos. No solo la del que recibe “flores”, también de los niños que intervienen porque sienten que están haciendo sentir bien a un compañero. Trabajamos así la empatía y el saber alegrarse por los demás.

Al terminar la ronda de florecillas, cada niño debe explicar cómo se siente, además de comentar cual de sus flores le ha sorprendido más  y porqué. Para terminar, la profe le regala su flor, siguiendo solo una norma: no debe hacer referencia a lo académico. Merece la pena ser original y profundo. Probablemente, sin darnos cuenta, estaremos dejando esa “SEMILLA” sembrada en su memoria durante mucho tiempo.

                                                           “El poder de saber que si puedes… Es lo que te hace capaz “