Aprendiendo a ser feliz. Querofobia III

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Recuerda siempre esto: Tú me enseñaste a ser feliz. Y no podemos enseñar lo que no sabemos. Así que en algún rincón de ti, aguarda la fuerza para serlo, cuando se esté preparado.

Se había ganado a pulso la fama de ser la persona más persistente (a ratos, incluso la más obstinada) cuando tenía una meta en la cabeza. Por más difícil que las cosas se pusieran, por mas que el cansancio, la falta de sueño o la escasez de esperanza tocarán a su puerta, seguía contra viento y marea. Se resistía a tirar la toalla porque creía firmemente que era capaz de aprender (y de hacerle aprender) a ser feliz. Y era eso, más que cualquier otra cosa, lo que le hacía perder la cabeza por ella.

Lo más sencillo era desistir, retirarse. Abandonar. Invertir todo esfuerzo y dedicación en otra meta. Y lo hizo. Pero como quien planta semillas, vio su insistencia germinar. Se había obrado otro pequeño milagro. Porque lo más difícil para cambiar el miedo a ser felices, es reconocer que lo sentimos. Y otra vez, como si fuese magia, cayó del cielo sin pedirlo.

Como cada mañana, desde que abría la persiana se fijó en la luz de un sol esplendoroso. Esa sensación de abrir un ojo con el primer café de la mañana que no deja lugar a la duda. Se regocijó en el silencio que dan las horas en las que los seres humanos duermen.

Sintió la calma de estar donde debía estar, porque aunque aún no había llegado su destino, parecía tener claro a dónde quería dirigirse. Y eso le daba paz, porque durante años descifrar esa ecuación le pareció lo más complicado. Ya tenía el error repetido. Lo había encontrado. Y no era un mal comienzo.

Llegados a esa conclusión, decidió darse una tregua y se la pidió también a ella. Porque no sabia pedirse las cosas a sí misma. Así que se atrevió a pedirle que, al menos por esta vez, lo hiciera por ella. Le pidió que fijara toda su atención en todo lo que tenía, en lugar de en lo poco que le faltaba.

Que diera las gracias por tener alguna pequeña incertidumbre que la mantuviera alerta y entretenida. De lo contrario, todo sería sumamente aburrido. Y lo que es peor, a falta de uno, su mente se empeñaría en imaginarse algún drama desproporcionado.

Le pidió que, incluso teniendo la sensación de que no todo estaba bajo control, se recordara a sí misma la plenitud que estaba viviendo al poder con todo aquello.

Que se repitiera cien veces, si era necesario, cuántos motivos tenía para darle las gracias a la vida, en lugar de hacer listados de todo lo que había salido mal en el pasado; y lo que era aún peor, de todo lo que podría “ imaginariamente” pasar en el futuro. Que es como dolerte una herida que aún no te has hecho.

Quizás no conseguiría (de momento) sanar sus cicatrices del pasado, pero intentaría que no sangraran las heridas que no existen.

Nunca se puede saber

Lo que va a ocurrir mañana

Salvo que al fin de semana

Sigue un lunes otra vez.

Esta noche hay rock and roll vecino

Pero ha empezado a llover

Los del grupo ya estan en camino, eh

Y no sabemos que hacer

No esperes hoy las tormentas de ayer

No duran siempre las penas de este infierno

Y aunque la luz del cielo no es eterno

Hasta mañana no vuelve a llover

Fragmento letra “A cara o cruz” . Radio Futura

Atentamente, la pertinaz.

Resultados finales y otras evaluaciones

Sin saber lo que decía el papel, porque nada de lo que venga ahí escrito me importa “lo suficiente”, quise felicitarte por tu trabajo, por tus ganas, por tu esfuerzo, por querer hacerlo bien a pesar de la pereza, la desgana o las dificultades. Especialmente por el coraje para superar dificultades cuando apenas estás empezando a aprender cómo es la vida.

Nunca jamás voy a compararte con el grupo, ni con la media, ni con hermanos, ni con amigos, ni con nadie… porque hace muchos años aprendí que tú, como cada uno de nosotros, eres único. Y lo que es único no puede ser comparable. Y quien intente hacerlo es porque no conoce el valor de lo genuino y único.

Por si no te lo digo lo suficiente, me siento orgullosa de ti, siempre, hagas lo que hagas. Te quiero aún cuando no compartimos opinión, o cuando alguno de nosotros dos se equivoca. Y de eso se trata: reclama siempre tu derecho a equivocarte cuando lo estés intentando. Que ninguna opinión o juicio de valor te detenga. Guardemos siempre las energías para todo aquello que nos oriente a convertirnos en alguien mejor.

Que tu objetivo nunca sea alcanzar o superar a las demás. Que siempre sea superarte a ti mismo. Incluso, cuando lo creas oportuno, reclama tu derecho a no ser perfecto. No tienes la obligación de ser lo que no quieres ser o lo que los demás esperan que sea. Defiende tu criterio. Escucha, reflexiona, cuestiona. Pero defiende tu criterio (pese a todo) si lo tienes claro…

Haz autocrítica, pero valora y respeta siempre tus talentos, tus principios. Recuerda que son únicos, tuyos y especiales. Así como único es tu ritmo para aprender lo que esté por venir. Respétalo, pero dedícate tiempo.

Me gusta verte crecer, me gusta verte cambiar, me gusta como te tomas la vida. Como aprendes. Te he visto caer y levantarte. Te he visto llorar y seguir. Conozco lo mejor y lo peor de ti y es por eso que me encantas. No puedo sentirme más orgullosa de ti.

Pero ten presente que todo eso nunca aparece en ningún papel. Y casi nadie se acuerda de decirlo en voz alta. Tan obvio parece que pasa sin importancia. Tan poca importancia que muchas veces puede ocurrir que ni tú mismo te enteres, porque nadie te lo dice. Y sé que necesitas oírlo para convencerte. Porque estás aprendiendo y te da seguridad escucharlo.

Espero estar siempre ahí para poder recordártelo cuando te surja la duda.

Ojalá consigamos convencernos algún día de que lo importante en la vida es el intento. Que el valor está en el proceso, en lo que nos proponemos, en las veces que volvemos a intentarlo ( cuando las cosas no salen a la primera). Porque ese talante en el proceso (que sí nos define) es lo único que dependerá de ti. Algún día aprenderás que los resultados finales, el éxito o la medalla a veces dependen de muchas más cosas. Así que no te centres en los resultados. Pon el horizonte donde quieras llegar, márcate tus propios objetivos y no dejes que nadie te detenga.

Así lo celebramos antes de saber las notas, porque en la vida nunca se obtiene tanto del resultado como de la satisfacción personal del proceso, de intentarlo, de sentir que se está alcanzando. El reconocimiento propio del esfuerzo dura más que el reconocimiento ajeno. Es el que nos hace perseverar.

Así que olvida el papel aunque te lluevan muchos sobresalientes. Ese papel no definirá jamás, en ningún sentido, ni quién eres, ni siquiera tu trabajo. Ni siquiera tu mérito. Ni de qué eres capaz.

Los méritos son tan abstractos que de momento, es imposible materializarlos en un papel. Conozco manos que trabajaron incansables y tardaron años en llegar al “suficiente”; y conozco notables y sobresalientes que no tienen ni una lágrima de esfuerzo detrás.

Una palabra no puede resumir un año entero de experiencias y evolución. Ese boletín no sabe de los verdaderos méritos. Esa palabra no lleva el peso de las dificultades que han llegado en el camino.

Ojalá llegue el día en que nos saquen a todos de un saco que nos compara, que nos etiqueta con un número, que nos mide a todos por igual.

Ojalá pueda vivir el día en que seamos capaces de escribir en ese papel lo que, de verdad, si has logrado, cómo lo has logrado y en qué te has superado. En lugar de ponerle un número que nos convierta en apto o no apto y te recuerde continuamente lo que todavía te queda por alcanzar. Siempre debe haber algo por alcanzar y un objetivo que proponerse. El sobresaliente en la vida real pocas veces existe. El resto de veces puede convertirse en humo.

Ojalá llegue el día en que no necesitemos presumir por las notas, como si eso nos hiciera mejores alumnos, mejores profesores o mejores padres. Ojalá caigamos en la cuenta de valorar lo que de verdad importa.

Que no sirva como oportunidad para enseñarles ya desde bien pequeños que podemos estar por encima de otros, o que no soy lo “suficiente”mente bueno como para llegar a la media.

Sueño con el día en que nos importe más qué estamos enseñado, qué clase de personas estamos modelando o qué sociedad estamos fomentando…

Y no es que quiera quitarle valor a tus sobresalientes. Ni que dejes de trabajar para lograrlos. Lo que quiero es que no pierdas de vista lo importante, aún cuando los tengas.

Sé que mi sueño es muy grande. Pero a pesar de que muchos digan que es imposible. Mírame. Aquí sigo soñando.

Y sueño con que mientras ese día llega, cada vez tengamos más sentido común para no darle a ese boletín más importancia de la tiene. Hasta entonces, me conformo con que tú me creas.

Pero incluso si no me crees, yo seguiré creyendo en ti.

Autoestima

 

“Hay demasiadas personas que sobrevaloran lo que no son 

y subestiman lo que son”.

(Malcolm Forbes)

Hoy tocaba examen de matemáticas y mientras se repartían las hojas, Paloma ha pensado en voz alta:- “no sé para qué lo hago, si seguro que voy a suspender”. 

Un ocasión ideal para explicar la importancia de confiar en nosotros mismos, si queremos afrontar (poco a poco) esas dificultades con una actitud  de iniciativa. Proactividad en lugar del lamento. 

– “Puede que suspendas, no lo sabemos. Pero no es lo mismo que suspendas con un 1 a que suspendas con un 4. Con un 4 hoy, estás más cerca de un aprobado la próxima vez. Así que ni siquiera te voy a pedir que hagas el examen creyendo que puedes aprobar. Sin embargo, sí te voy a pedir que lo hagas con todas las ganas que encuentres dentro de ti para sacar la mejor nota posible, aunque suspendas. Con eso me sentiré tremendamente orgullosa de ti

Paloma sonrió conforme y me contestó: – “Poner ganas sí sé hacerlo”. Y comenzó a responder el examen. Seguir leyendo “Autoestima”

El pacto de Alicia

“—¿Pero tú me amas?— Preguntó Alicia.

—¡No, no te amo!— Respondió el Conejo Blanco.

Alicia arrugó la frente y comenzó a frotarse las manos, como hacía siempre cuando se sentía herida.

—¿Lo ves?— Dijo el Conejo Blanco.
Ahora te estarás preguntando qué te hace tan imperfecta, qué has hecho mal para que no consiga amarte al menos un poco.

Y es por eso mismo que no puedo amarte.

No siempre te amarán Alicia, habrá días en los cuales estarán cansados, enojados con la vida, con la cabeza en las nubes y te lastimarán.

Porque la gente es así, siempre acaba pisoteando los sentimientos de los demás, a veces por descuido, incomprensiones o conflictos con sí mismos.

Y si no te amas al menos un poco, si no creas una coraza de amor propio y felicidad alrededor de tu corazón, los débiles dardos de la gente se harán letales y te destruirán.

La primera vez que te vi hice un pacto conmigo mismo : “¡Evitaré amarte hasta que no hayas aprendido a amarte a ti misma!”—

Por eso Alicia no, no te amo.”

Extraído del libro “Alicia en el país de las maravillas”

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Nada… en lontananza.

“Nada se va hasta que nos haya enseñado lo que necesitamos saber” -Pema Chödrön-

En cada historia hablaba de todos, aunque en todas ellas, sin saberlo, incluía un poco de mí. Porque a fin de cuentas yo no tengo nada.

A estas alturas no hay riquezas, ni posesiones, ni cargas materiales. No hay poder, ni aspiraciones, ni excentricidades. Ni siquiera hay maldad, ni rencor, ni venganza, ni oscuridades. Por no tener, ya no hay ni miedo, ni incertidumbre, ni malos recuerdos o lamentaciones. Tampoco mala conciencia, ni despropósitos desordenados, ni más penitencias. Ni amargas sensaciones.

Nada. He aprendido (por fin) y ya no queda nada.He soltado todo lo que me ataba. En un golpe inesperado me he desprendido de todos los apegos que cargaba. Me caí de todos los prejuicios que me arrastraban. Incluso regalé por el camino todas las prisas que me agobiaban. Insistí y renuncie a las inseguridades que me quebraban.

Llevo media vida buscando algo, sin saber lo que quería. Algunos largos años esperando a alguien, sin creer lo que decía. Sintiendo que allá a lo lejos, en lontananza, quedaría algo que sentir, agarrando con fuerza incluso lo que no quería vivir.

No hay nada peor que aferrarse a lo que no queremos, por miedo a no tener nada. Cuando de todas maneras, tampoco es mucho más que nada, porque nada a medias nos va a llenar.

Y en medio de una elección que no conseguía tener clara, cuando sentía que era incapaz de ser valiente, decidí lo más difícil, no decidir nada.

Fue entonces, justo antes de saltar, aun sin nada de valor, solté todo lo que no quería; y al mismo tiempo renuncié sin más disculpas a todo lo que no sería para mí.

Finalmente saboreé la nada. Entonces encontré la calma, el placer de lo bien hecho y el sueño profundo en la almohada. Y cuando sentía el silencio del vacío, supe que era todo lo que yo necesitaba: nada.

Terapeuta vital

“Y si un día no tienes ganas de hablar con nadie, llámame… estaremos en silencio.”

Gabriel García Márquez

Es curioso cuánto podemos aprender de un niño. De él todavía más.

Llegó para colmar de felicidad a unos padres que lo deseaban con todas sus fuerzas. Que lo hicieron todo para acogerte.

Pero también llegó para enseñarnos como el amor puede sanarnos. Para comprobar como un auténtico aluvión de cariño, protección y amparo pueden enderezar la misma vida. Para recordarnos que aunque uno parta en desventaja en el inicio de la vida, llegan oportunidades para reconstruirnos de cero. Llegó para demostrar que el amor de verdad todo lo puede. Absolutamente todo, por muy feas que se pongan las cosas. Porque el amor es así, está por encima de todo. Seguir leyendo “Terapeuta vital”

Hay mar, aunque no pueda verse desde aquí

Realmente creo que la esperanza es la respuesta correcta al milagro de la conciencia humana” John Green

… A ti. Que hoy te has sentido orgullosa de ti misma.

…Para los que nunca tiran la toalla.

Si algo he aprendido estos años es a tener esperanza en que las cosas siempre terminarán saliendo bien. Y no por la enorme capacidad de esta vida para sorprendernos en lo cotidiano, si no por el talento de uno mismo para terminar sobreponiéndose a casi cualquier cosa… especialmente cuando se lo propone. Seguir leyendo “Hay mar, aunque no pueda verse desde aquí”

Hábito, rutina y aprendizaje

A ti, genio de la procastinación. 

“Siembra un pensamiento y cosecharás una acción
Siembra una acción y cosecharás un hábito; 
Siembra un hábito y cosecharás un carácter;
Siembra un carácter y cosecharás un destino…”
–Anónimo

“Somos lo que hacemos de forma repetida. La excelencia entonces no es un acto, sino un hábito.” Aristóteles

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Seguramente habrás escuchado que son necesarios 21 días para adquirir un hábito.

21 días tardan las células madre en diferenciarse en nuevas neuronas en el cerebro; y curiosamente, algunos investigadores concluyen que también 21 días dura nuestro biorritmo emocional. 

El mito de los 21 días para consolidar un hábito viene de una mala interpretación hace unos 50 años, cuando el cirujano plástico Maxwell Matz, autor de “Psycho Cybernetics”, describió que sus pacientes tardaban 21 días en acostumbrarse a su nuevo aspecto o en dejar de sentir un miembro fantasma. Pero en realidad lo que Maltz dijo es que se tardaba, al menos, 21 días en generar un hábito.

Si eres tan impaciente como yo, que 21 días ya se me hacía eterno, lamento decirte que la mayoría de hábitos requieren más de 21 días para consolidarse. De hecho algunas conductas nunca llegan a instaurarse permanentemente como un hábito. Lo que supone, en principio, un paisaje desolador.

Así lo dice un estudio publicado en la Revista Europea de Psicología Social, realizado por la Universidad de Scranton: sólo un 8% de las personas tienen éxito con los hábitos propuestos. Los propósitos más comunes son perder peso, organizarse mejor y ahorrar más. Nos queda la opción de decidir pertenecer a ese 8%, si de verdad lo queremos

Bautizado por la investigadora Janet Polivy como el síndrome de la falsa esperanza,   se da cuando queremos cambiar una conducta, un hábito,  y no somos capaces por culpa de unas expectativas excesivamente altas, una combinación de metas poco realistas con una falta de comprensión del propio comportamiento.

¿A quién no le suena esto?

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No es suficiente una motivación continuada y persistente en el tiempo para crear una nueva rutina. Es necesario realizar el comportamiento de manera consciente y consistente, para que este alcance la condición de hábito. Se necesitan centenares de repeticiones de un nuevo comportamiento para reemplazar el que queremos sustituir. Dependiendo de la frecuencia con que este nuevo hábito se vea reforzado, aparecerá antes o en más ocasiones.

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Estos datos pulverizan nuestras esperanzas, pero con solo 21 días, las neuronas no asimilan lo suficiente un determinado comportamiento y es fácil abandonarlo. Sobre cuánto se tarda en adquirir un nuevo hábito, Phillipa LLay y su equipo concluyeron en 2010 que entre 18 y 254 días, tras un estudio en el University College London en el que se analizó el proceso de formación de una conducta en 96 voluntarios. Esto da un valor medio de 66 días, aunque obviamente esta gran variabilidad dependerá de lo complejo que sea el hábito a adquirir, de la persona y de las circunstancias que lo rodean. Beber más agua cada día no parece muy difícil, estudiar o ir cada día al gimnasio es otro cantar …

En cualquier caso, formar un hábito es un proceso que requiere tiempo. Pero sin duda merece la pena ese tiempo, ya que los hábitos se muestran como una poderosa herramienta al servicio de las funciones ejecutivas de la inteligencia, sea cual sea el objetivo.

En psicología se dice que el hábito es cualquier comportamiento repetido regularmente, que requiere de un pequeño o ningún raciocinio y es aprendido, más que innato. En “El poder de los hábitos”, Charles Duhigg señala que “los hábitos no nacen, sino que se crean. Cada hábito malo, por muy insignificante que sea, comienza con un patrón psicológico llamado circuito de hábito”.

Para eso es necesario una estrategia que todos conocemos, la rutina. A base de repetir, la rutina nos permite aprender y eso deja huella en nuestra memoria. Tanta que algunos aprendizajes se convierten en un hábito y ante determinadas situaciones actuamos sin pensar de forma automática.

Investigaciones de la Universidad de Duke suponen que el 40% de las acciones diarias no son decisiones reales, sino hábitos. En 1996, el profesor de psiquiatría, neurociencias y psicología de la Universidad de California, Larry Squire y sus compañeros del Massachusetts Institute of Technology demostraron que el cerebro tiende a formar hábitos para ahorrar esfuerzos. Los ganglios basales se encargan de automatizar determinados procesos, lo que nos permite ocupar nuestra atención y nuestra memoria en otras cosas, y también construir sobre los hábitos anteriores, recordando patrones y actuando sobre ellos, lo que nos permite almacenar hábitos para ahorrar esfuerzos.

La neurología aplicada al hábito proporciona datos interesantes. La repetición establece una rutina que desencadena una señal,  que permite alcanzar un premio o recompensa que actúa como reforzador. Señal, rutina y recompensa son los tres elementos clave para la formación de un hábito.

Para poner en marcha el denominado “Bucle del Hábito”, debemos localizar las señales sencillas que dan lugar al hábito, los desencadenantes, establecer una rutina mediante entrenamiento. Es esencial escoger una recompensa conveniente para acompañar el ciclo; para que, a largo plazo, se de lugar el ansia, un deseo fuerte, que alimente el bucle.

Sin embargo el proceso es esencialmente diferente cuando tratamos de cambiar un hábito negativo. Los hábitos no nos abandonan nunca realmente; ya que como decíamos antes, están codificados en la estructura cerebral, lo que supone una gran ventaja para el aprendizaje, pero que dificulta el desaprendizaje.

Al nacer, nuestro cerebro ya está sometido a una rutina biológica: ciclo de sueño-vigilia, hambre… Esa rutina que le permite sobrevivir es también la que le permite aprender. Los aprendizajes iniciales como el control de la postura, caminar, hablar, utilizar las manos los hacemos por repetición hasta que nuestro cerebro los automatiza. Son cosas que ya no olvidaremos nunca, aprendizajes que serán difíciles de borrar. No es una novedad lo difícil que le resulta al cerebro modificar lo aprendido cuando la ejecución es altamente eficaz.

IMG_0408 (1).jpgPor ponerle un ápice de entusiasmo y esperanza, la realidad es que todos tenemos la capacidad de decidir sobre nuestra conducta y crear nuevos hábitos. En este sentido, el análisis de programas para las adicciones, ha revelado la importancia de las creencias, expectativas y del apoyo de nuestro entorno. Así como un factor que muy frecuentemente olvidamos, la búsqueda del placer, que siempre ha guiado la formación de los hábitos. Así que cuidemos estos dos aspectos muy de cerca.

La curiosidad y la motivación son claves en la adquisición de un hábito y por tanto en el aprendizaje. Cuando algo despierta nuestra curiosidad, nos resulta más fácil aprenderlo, y que, una vez entramos en modo curioso nuestra capacidad de aprendizaje mejora aunque el tema no nos apasione.

Sin duda, la curiosidad aumenta la actividad cerebral en el hipocampo, el almacén principal de la memoria. Sin embargo, cuando a esa curiosidad o a esa motivación hay que dedicarle mucho tiempo y esfuerzo, algo nos frena a la hora de ponernos en marcha. Nos llenamos de buenas intenciones, pero no se llevan a cabo porque surgen problemas, excusas, otras prioridades o simplemente nos convencemos a nosotros mismos de que no tenemos tiempo. En ocasiones, incluso conseguimos iniciar una nueva rutina durante un tiempo pero un día flaqueamos, y volvemos a los viejos hábitos y abandonamos.  ¿por qué ocurre esto?

Sencillamente, la pereza viene determinada por la falta de autorecompensa a corto plazo. Casi en la totalidad de las situaciones, la recompensa o el entorno de satisfacción y placer ocurre a largo plazo, eso condiciona de forma contundente que la pereza pueda más que la voluntad. Los beneficios de hacer deporte, llevar una dieta equilibrada, mantener un hábito de estudio o ahorrar dinero no se perciben a corto plazo; por lo tanto, en el momento de decidir la conducta, el esfuerzo no se ve recompensando y nos puede más la pereza.  Personalmente, para mí aquí está la clave.

Para que el hábito se cree hemos de repetir el suficiente número de veces este patrón para que el cerebro cree las conexiones neuronales implicadas en la realización semiautomática de la acción. Por lo que el factor clave es la repetición. Pero es necesario comprender que el reforzador tardará en llegar, y para ello es necesario acompañar ese proceso con pequeñas recompensas que nos faciliten el camino.

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Una vez establecida esta conexión neuronal, la acción se iniciará siempre que aparezcan los estímulos activadores: se convierten en hábitos que se ejecutarán de forma prácticamente automática, sin requerir excesiva atención o esfuerzo por tu parte. Si perseveras, triunfarás, por lo que es necesaria la determinación. Seguir leyendo “Hábito, rutina y aprendizaje”

Fracasar con excelencia

Reza en la cabecera de esta página que todo pasa por alguna razón. No lo entiendes hasta que no has fracasado de forma rotunda, contundente y estrepitosa; pero, pasado un tiempo prudente, ese error se convierte en uno de tus mejores aciertos.

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El síndrome de Wendy.

Wendy Moira Angela Darling es, junto con Campanilla, la protagonista femenina de Peter Pan en la famosa obra de James M. Barrie. Quienes me conozcan bien estarán sospechando ya el porqué de este personaje. Igual no van desencaminados en las conjeturas. Pero ese viaje hacia el País de Nunca Jamás lo dejaremos para dentro de un tiempo.

Wendy es esa muchacha que, ya desde el primer día, cose la sombra de Peter Pan para que no la pierda, que se preocupa por limpiar la casa, por atender a los “niños perdidos”… Lo da todo por los demás, porque es así como ella es feliz. Seguir leyendo “El síndrome de Wendy.”