Las cabras no siempre tiran al monte

Sentenció categóricamente que las cabras siempre tiran al monte. Una intención fallida de ofender(me) o cuestionar(me). Pero no ofende quien quiere, sino quien puede.

Resulta todavía más curioso cuando la expresión viene de alguien que se dedica a la educación, dudando de la capacidad del ser humano para transformarse y reconstruirse. De la metamorfosis de las orugas. Igual que una bonita rosa (al parecer como él), en cualquier momento puede marchitarse, bien puede crecer una margarita en medio de un jardín abandonado, incluso rompiendo el asfalto.

Y así, tan solo me pregunto con qué finalidad va cada día, entonces, al aula. Con qué propósito se da a sus alumnos. Con qué esperanza se propone objetivos en su vida, si nada cambia y al final terminamos todos tirando al monte.

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fotos de @neorrabioso

He de confesar que precisamente porque tengo la seguridad de que no todas tiran al monte, estas pequeñas ovejillas negras son mi debilibidad, mi ojito derecho. Siento predilección por todo lo que aún está por demostrar. Mi apuesta siempre va por quien nadie apostaría un duro. No solo porque es donde reside el verdadero reto de mi oficio, sino porque el instinto siempre ha permitido encontrar en ellas la oportunidad, el valor y la esperanza por esa condición innata que tenemos las cabras (y los humanos) de evolucionar. Pero todo a su debido tiempo, que afortunadamente no todas las semillas florecen a la vez. 

Cabrón,chivato, irasco, cabrito, chivo, cabra loca, oveja negra, descarriada o aquella que tira al monte….son (en manos de un buen pastor) auténticos regalos por descubrir.  Incluso según leyendas, mitologías y constelaciones, algunas de estas cabras no solo tiraron al monte, algunas llegaron al cielo. 

Me siento cómoda con ellas. Conozco bien a mi rebaño porque siempre fui, perdón, sigo siendo una de ellas. Por suerte di con alguien que debió confiar en mí y ver más allá de mi desgana. Aunque hoy no pueda leer esto. 

Que la cabra siempre tira al monte hace referencia a la naturaleza, al instinto, a la actitud innata. Pero hasta las cabras aprenden… así que, en realidad, sería más acertado pensar que uno siempre hace lo que ha aprendido de pequeño, lo que le han enseñado, o lo que está acostumbrado a hacer por el entorno que le ha tocado. Y en ese caso, las ovejas tiran al monte ¿cuándo quieren o cuándo lo necesitan?, ¿de quién sería la culpa de que la cabra tire al monte, de la cabra o del pastor?

Y para ti, que no confías en las cabras y presumes de ser “alguien de ciencias”. En estadística, las ovejas negras son los valores extremos, los datos anómalos. Es el elemento de un grupo que va en dirección distinta o contraria a la del resto del grupo. 

Más conocidos como outliers, es la observación que parece inconsistente con el resto de los valores de la muestra, (siempre según el supuesto modelo probabilístico que debe seguir la norma). Se trata de un dato que lleva la contraria a los demás. Pero lejos de ignorar este dato, deberíamos identificarlo. Averiguar la razón de un valor tan extremo, ya que puede estar señalando algún hallazgo importante y no deberíamos desdeñarlo con rapidez.

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Pero “querida oveja, que te crees de lana blanca”, criada en libertad siguiendo ciclos naturales, según superstición surgida en el Alto Aragón, parece que tener a una oveja negra en el rebaño tiene grandes ventajas: han resultado ser animalillos que crecen conectados a su tierra y, por eso, en plenitud. Protegen como ninguna otra al resto de las ovejas, por lo que aún no siendo especialmente valoradas ni admiradas son necesarias en el rebaño . De hecho se dice que estas ovejas, cuando no tienen ni un pelo blanco (llamadas entonces ovejas “martas”), evitan que caigan rayos al rebaño durante las tormentas y también protegen a las ovejas blancas de que se vuelvan “modorras”, término popular para las que tienen enfermedades relacionadas con el sistema nervioso.

De ahí que las ovejas “martas” fueran consideradas en el pasado como ovejas sagradas a las que no se les podía hacer ningún daño. 

Estas cabritillas feas mías tienen un perfil recto y cuentan con cuernos fuertes. Son más resistente al clima y a las condiciones adversas; suelen necesitar buscarse la vida por lo que aprenden (a base de golpes) a utilizar todos los recursos de la naturaleza y su presencia es importante para la preservación de los campos.

Si ella no está, a ver quién hará de punching. A ver, quién si no, alegrará con su alegría y sus locuras al resto del ganado. A ver quién le da un poco de vidilla al pastor…

Estos alumnos ” difíciles ” son los que más satisfacción reportan, quien mejor recuerdas pasados los años, quien con más cariño te recuerda, quien más gratamente te sorprende en las vueltas de la vida. Así que por favor, desmitifiquen la infancia y apuesten por la diferencia. Y depositen sobre ellos grandes expectativas, que nadie mejor que una oveja negra para cumplirlas con tesón.

Motivos suficientes para que las ovejas negras estemos de suerte. De un tiempo a esta parte, ganaderos (verdaderos amantes de su profesión) están trabajando para renegar de esa connotación negativa de nuestras cualidades diferentes y estamos empezando a convertirnos en oportunidad. Ojalá (por el bien de las cabras perdidas en el monte, pero más por el de la sociedad en general) los maestros lleguemos algún día a hacer lo mismo.

Así que por favor, les ruego literalmente que no me mezclen churras con merinas (ni con manchegas, charolesas, limusinas, Ile de France…), y hagamos por descubrir el valor de las cabras y de velar por la heterogeneidad de los rebaños. No por inclusión o compasión, sino porque cada uno aporta un valor incalculable. La diversidad bien “pastoreada” es una fuente indiscutible de riquezas y talentos.

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Aprendamos a dar valor a la excepcionalidad de un rebaño así como a la importancia de comunicar las buenas expectativas que configuramos a nuestras cabras. No me lleven a las cabras a fracasar continuamente con las profecías cumplidas. Porque las cabras darán lo que su pastor espere de ella.

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Porque debería saber este buen pastor, que es precisamente “el pastor el que hace la lana”, así que quizá tenga más que ver con su arte del pastoreo que con las condiciones de la cabra, por lo que la cabra tire al monte. 

No es una metáfora: seamos cabras por un rato, disfrutemos de la locura de esta vida y tiremos todos juntos de excursión al monte. Allí se respira aire puro. La vida es muy corta para vivir siempre en un vallado.

 …porque esto no va sólo de ovejas, o de cabras …  ¡Cuidado! Habrá que cuidar a las ovejas negras, que últimamente están en peligro de extinción.

Atentamente, una cabra.

Hay mar, aunque no pueda verse desde aquí

Realmente creo que la esperanza es la respuesta correcta al milagro de la conciencia humana” John Green

… A ti. Que hoy te has sentido orgullosa de ti misma.

…Para los que nunca tiran la toalla.

Si algo he aprendido estos años es a tener esperanza en que las cosas siempre terminarán saliendo bien. Y no por la enorme capacidad de esta vida para sorprendernos en lo cotidiano, si no por el talento de uno mismo para terminar sobreponiéndose a casi cualquier cosa… especialmente cuando se lo propone. Seguir leyendo “Hay mar, aunque no pueda verse desde aquí”

Hábito, rutina y aprendizaje

A ti, genio de la procastinación. 

“Siembra un pensamiento y cosecharás una acción
Siembra una acción y cosecharás un hábito; 
Siembra un hábito y cosecharás un carácter;
Siembra un carácter y cosecharás un destino…”
–Anónimo

“Somos lo que hacemos de forma repetida. La excelencia entonces no es un acto, sino un hábito.” Aristóteles

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Seguramente habrás escuchado que son necesarios 21 días para adquirir un hábito.

21 días tardan las células madre en diferenciarse en nuevas neuronas en el cerebro; y curiosamente, algunos investigadores concluyen que también 21 días dura nuestro biorritmo emocional. 

El mito de los 21 días para consolidar un hábito viene de una mala interpretación hace unos 50 años, cuando el cirujano plástico Maxwell Matz, autor de “Psycho Cybernetics”, describió que sus pacientes tardaban 21 días en acostumbrarse a su nuevo aspecto o en dejar de sentir un miembro fantasma. Pero en realidad lo que Maltz dijo es que se tardaba, al menos, 21 días en generar un hábito.

Si eres tan impaciente como yo, que 21 días ya se me hacía eterno, lamento decirte que la mayoría de hábitos requieren más de 21 días para consolidarse. De hecho algunas conductas nunca llegan a instaurarse permanentemente como un hábito. Lo que supone, en principio, un paisaje desolador.

Así lo dice un estudio publicado en la Revista Europea de Psicología Social, realizado por la Universidad de Scranton: sólo un 8% de las personas tienen éxito con los hábitos propuestos. Los propósitos más comunes son perder peso, organizarse mejor y ahorrar más. Nos queda la opción de decidir pertenecer a ese 8%, si de verdad lo queremos

Bautizado por la investigadora Janet Polivy como el síndrome de la falsa esperanza,   se da cuando queremos cambiar una conducta, un hábito,  y no somos capaces por culpa de unas expectativas excesivamente altas, una combinación de metas poco realistas con una falta de comprensión del propio comportamiento.

¿A quién no le suena esto?

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No es suficiente una motivación continuada y persistente en el tiempo para crear una nueva rutina. Es necesario realizar el comportamiento de manera consciente y consistente, para que este alcance la condición de hábito. Se necesitan centenares de repeticiones de un nuevo comportamiento para reemplazar el que queremos sustituir. Dependiendo de la frecuencia con que este nuevo hábito se vea reforzado, aparecerá antes o en más ocasiones.

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Estos datos pulverizan nuestras esperanzas, pero con solo 21 días, las neuronas no asimilan lo suficiente un determinado comportamiento y es fácil abandonarlo. Sobre cuánto se tarda en adquirir un nuevo hábito, Phillipa LLay y su equipo concluyeron en 2010 que entre 18 y 254 días, tras un estudio en el University College London en el que se analizó el proceso de formación de una conducta en 96 voluntarios. Esto da un valor medio de 66 días, aunque obviamente esta gran variabilidad dependerá de lo complejo que sea el hábito a adquirir, de la persona y de las circunstancias que lo rodean. Beber más agua cada día no parece muy difícil, estudiar o ir cada día al gimnasio es otro cantar …

En cualquier caso, formar un hábito es un proceso que requiere tiempo. Pero sin duda merece la pena ese tiempo, ya que los hábitos se muestran como una poderosa herramienta al servicio de las funciones ejecutivas de la inteligencia, sea cual sea el objetivo.

En psicología se dice que el hábito es cualquier comportamiento repetido regularmente, que requiere de un pequeño o ningún raciocinio y es aprendido, más que innato. En “El poder de los hábitos”, Charles Duhigg señala que “los hábitos no nacen, sino que se crean. Cada hábito malo, por muy insignificante que sea, comienza con un patrón psicológico llamado circuito de hábito”.

Para eso es necesario una estrategia que todos conocemos, la rutina. A base de repetir, la rutina nos permite aprender y eso deja huella en nuestra memoria. Tanta que algunos aprendizajes se convierten en un hábito y ante determinadas situaciones actuamos sin pensar de forma automática.

Investigaciones de la Universidad de Duke suponen que el 40% de las acciones diarias no son decisiones reales, sino hábitos. En 1996, el profesor de psiquiatría, neurociencias y psicología de la Universidad de California, Larry Squire y sus compañeros del Massachusetts Institute of Technology demostraron que el cerebro tiende a formar hábitos para ahorrar esfuerzos. Los ganglios basales se encargan de automatizar determinados procesos, lo que nos permite ocupar nuestra atención y nuestra memoria en otras cosas, y también construir sobre los hábitos anteriores, recordando patrones y actuando sobre ellos, lo que nos permite almacenar hábitos para ahorrar esfuerzos.

La neurología aplicada al hábito proporciona datos interesantes. La repetición establece una rutina que desencadena una señal,  que permite alcanzar un premio o recompensa que actúa como reforzador. Señal, rutina y recompensa son los tres elementos clave para la formación de un hábito.

Para poner en marcha el denominado “Bucle del Hábito”, debemos localizar las señales sencillas que dan lugar al hábito, los desencadenantes, establecer una rutina mediante entrenamiento. Es esencial escoger una recompensa conveniente para acompañar el ciclo; para que, a largo plazo, se de lugar el ansia, un deseo fuerte, que alimente el bucle.

Sin embargo el proceso es esencialmente diferente cuando tratamos de cambiar un hábito negativo. Los hábitos no nos abandonan nunca realmente; ya que como decíamos antes, están codificados en la estructura cerebral, lo que supone una gran ventaja para el aprendizaje, pero que dificulta el desaprendizaje.

Al nacer, nuestro cerebro ya está sometido a una rutina biológica: ciclo de sueño-vigilia, hambre… Esa rutina que le permite sobrevivir es también la que le permite aprender. Los aprendizajes iniciales como el control de la postura, caminar, hablar, utilizar las manos los hacemos por repetición hasta que nuestro cerebro los automatiza. Son cosas que ya no olvidaremos nunca, aprendizajes que serán difíciles de borrar. No es una novedad lo difícil que le resulta al cerebro modificar lo aprendido cuando la ejecución es altamente eficaz.

IMG_0408 (1).jpgPor ponerle un ápice de entusiasmo y esperanza, la realidad es que todos tenemos la capacidad de decidir sobre nuestra conducta y crear nuevos hábitos. En este sentido, el análisis de programas para las adicciones, ha revelado la importancia de las creencias, expectativas y del apoyo de nuestro entorno. Así como un factor que muy frecuentemente olvidamos, la búsqueda del placer, que siempre ha guiado la formación de los hábitos. Así que cuidemos estos dos aspectos muy de cerca.

La curiosidad y la motivación son claves en la adquisición de un hábito y por tanto en el aprendizaje. Cuando algo despierta nuestra curiosidad, nos resulta más fácil aprenderlo, y que, una vez entramos en modo curioso nuestra capacidad de aprendizaje mejora aunque el tema no nos apasione.

Sin duda, la curiosidad aumenta la actividad cerebral en el hipocampo, el almacén principal de la memoria. Sin embargo, cuando a esa curiosidad o a esa motivación hay que dedicarle mucho tiempo y esfuerzo, algo nos frena a la hora de ponernos en marcha. Nos llenamos de buenas intenciones, pero no se llevan a cabo porque surgen problemas, excusas, otras prioridades o simplemente nos convencemos a nosotros mismos de que no tenemos tiempo. En ocasiones, incluso conseguimos iniciar una nueva rutina durante un tiempo pero un día flaqueamos, y volvemos a los viejos hábitos y abandonamos.  ¿por qué ocurre esto?

Sencillamente, la pereza viene determinada por la falta de autorecompensa a corto plazo. Casi en la totalidad de las situaciones, la recompensa o el entorno de satisfacción y placer ocurre a largo plazo, eso condiciona de forma contundente que la pereza pueda más que la voluntad. Los beneficios de hacer deporte, llevar una dieta equilibrada, mantener un hábito de estudio o ahorrar dinero no se perciben a corto plazo; por lo tanto, en el momento de decidir la conducta, el esfuerzo no se ve recompensando y nos puede más la pereza.  Personalmente, para mí aquí está la clave.

Para que el hábito se cree hemos de repetir el suficiente número de veces este patrón para que el cerebro cree las conexiones neuronales implicadas en la realización semiautomática de la acción. Por lo que el factor clave es la repetición. Pero es necesario comprender que el reforzador tardará en llegar, y para ello es necesario acompañar ese proceso con pequeñas recompensas que nos faciliten el camino.

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Una vez establecida esta conexión neuronal, la acción se iniciará siempre que aparezcan los estímulos activadores: se convierten en hábitos que se ejecutarán de forma prácticamente automática, sin requerir excesiva atención o esfuerzo por tu parte. Si perseveras, triunfarás, por lo que es necesaria la determinación. Seguir leyendo “Hábito, rutina y aprendizaje”