Perú, cuestión de altura. No más

 

A Eva T, seguimos subiendo.

 

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“Si no hay miedo, el valor no vale nada.

Lo difícil no es no tener miedo, es seguir adelante a pesar de él”

Alejandro Palomas.

 

En el vuelo de vuelta a casa, divertida ella se atrevió a decirme que tenía expresión de enamorada. Mi sonrisa, por lo visto, me delataba. Cuando debía estar agotada por doce largas horas de vuelo, parecía sentirme pletórica. Puede que fuera por el subidón de glóbulos rojos. O puede que de verdad me estuviera enamorando.

Perú huele a maíz. A choclo. Huele a muchas cosas, pero en el aire se queda en suspensión el polvo de las más de 50 variedades de maíz. El ombligo del mundo, la cuna de la octava maravilla, tiene mucho más que Machu Picchu. Aunque su vieja montaña impresiona y te deja huella.

Chichen Itzá, el Cristo Redentor, Machu Picchu, Coliseo, Taj Mahal, la Gran Muralla China o la Ciudad de Petra… De todas las maravillas, pensaba y deseaba estar en La Ciudad de Petra, en Jordania; y en Machu Picchu, Perú. Y ha sido la segunda la que se chocó conmigo casi por la misma casualidad con la que ocurren las mejores cosas de la vida. Así que nueve años y un largo recorrido después, de vuelta a una maravilla del mundo. Así debía ser.

El valle sagrado, las lagunas, los pueblos coloniales, los mercados indígenas, las ruinas incas, los rincones escondidos y las montañas imponentes daban paso a lo inesperado, por muy esperado que estuviera. Amaneceres caprichosos que se colaban por una ventana sin persiana, y atardeceres que me pillaban por sorpresa, para parar por un momento el reloj que decidí dejar en casa. Una paleta de infinitos colores, para deleitarse.

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Ese momento en el que no estás pensando en nada, miras por la ventana y la realidad te ubica en medio de los Andes peruanos, en un valle a 3.400 metros de altitud, en la antigua capital del imperio inca. Con la sorpresa y la emoción casi se olvida el pequeño detalle del mal del altura. Aquí todo respira un ritmo muy lento. Ya lo decía Miguel, nuestro guía en Puno, que la altitud hay que afrontarla como el amor: cuidándose de los dolores de cabeza y tratando de acostumbrase despacio, con paciencia, a sus efectos.

La “montaña mayor o vieja” se posiciona a una altura de 3,061.28 m.s.n.m. Solo se me ocurre un calificativo: es majestuosa. Si consigues llegar a su cima, te premia con un paisaje imposible de explicar; y allí, al fondo, algo parecido a un gran conjunto de palacios y templos que existieron en otra época. Pero no es eso lo que impresiona.

Desde esa altura, a lo lejos, da igual lo que parezca, porque se hacen hueco la admiración, la exaltación y el sosiego, el descoloque y la recolocación, el vértigo y el equilibrio, el cansancio y la euforia. Cuando dejas de subir escalones y consigues recuperar el aliento, no sabes si lo que sientes es miedo, impresión, confianza, gratitud, certidumbre, júbilo, o plenitud. Sea lo que sea, estar allí te hace sentir algo parecido a ser feliz. La mezcla de tantas emociones te hace sentir exultante.

Allí, muchos caminantes desbordados de emoción, lloran al ver por primera vez la ciudad oculta entre las montañas. Otros lloran por el camino, por la sensación de incertidumbre y vértigo…Otras lloran cuando se dan cuenta de que hay que irse, que no se puede permanecer allí eternamente.

Una vez alcanzas el punto más alto, después de contemplar esa maqueta de piedra silenciosa, con los pies colgando del borde de la montaña, es difícil convencerse de que debemos volver a bajar y regresar a la realidad. Por suerte, también se disfruta del camino de bajada, peleando con cada escalón en donde no cabe el pie. Entretenido. Divertido. Momento para desatar la euforia, que se junta con los calambres, y el brindis para la celebración. Cuestión de actitud, ganas de vivirlo todo con intensidad. Parece mentira que un sendero por el que podrías caer al vacío, resulte apasionante.

Pero de todos los miedos posibles, como el de ser capaz o no de alcanzarlo, llegó primero el de la altura, acechando durante un buen tramo. El mal de la altura de Eva. De la otra Eva. Y no el soroche (como lo llaman los andinos), si no la acrofobia.

Eva  T  y Eva I

La acrofobia es una de las fobias más comunes: el miedo extremo a las alturas. Al igual que otras fobias, la acrofobia genera fuertes niveles de ansiedad, induciendo continuamente una conducta de contrariedad y evitación. Puede generar sentimientos de pánico, palpitaciones fuertes e irregulares, llanto o gritos, llegando incluso a sentir desorientación, dificultad para pensar o generarse parálisis momentánea por el pánico. Todo eso sientes mientras te enfrentas al altiplano peruano, o te adentras en Llaqtapata para perderte en sus montañas: Machu Picchu y Huayna Picchu

Con frecuencia sucede que ese miedo, al principio controlable, se convierte en incontrolable después de un incidente traumático en la infancia. Aunque no siempre ocurre por este motivo. También se cree que pueda tener algo que ver con nuestro sentido interno de las ondas de equilibrio. Pero lo cierto es que la acrofobia guarda cierta relación con el vértigo de la altura, el cual provoca una marcada sensación de inseguridad y miedo ante la posibilidad de una caída. Acompañado de angustia, torpeza e incluso incapacidad.

Las últimas investigaciones muestran que la acrofobia está presente en todas las personas y animales con sentido de la vista, aunque por lo general muy débilmente. Se trata de algo así como un mecanismo de defensa heredado.

Es bastante común y presenta rasgos innatos, por lo que algunas personas son propensas a sentir más miedo. En ocasiones se relaciona con la inseguridad, baja autoestima, depresión o sentimiento de incapacidad personal… Como si la persona no fuese capaz de confiar en su sentido natural del equilibrio en lugares de gran altitud.

Pero si queremos adentrarnos en Pisac, visitar  el Cañón del Colca, descubrir las ruinas de Ollaytaytambo o subir al mismísimo Machu Picchu, lo mejor será una terapia exprés e in situ de “habituación” al miedo. Viene bien que un acompañante comparta y recuerde las técnicas de relajación conocidas por todos, para enfrentar las situaciones estresantes, mientras uno se somete gradualmente a las situaciones donde el miedo se hace presente, para que no se pierda el control de la situación y la inseguridad vaya disminuyendo.

Si hay algo que nos paraliza en la vida, son los miedos; por eso nada mejor que deshacerse de ellos. Y no se me ocurre mejor ocasión que estar aquí, a ratos a más de 4.500 metros de altura.

Superar el miedo a las alturas

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Hoy han llegado flores para ti!

 

Con frecuencia confundimos dos conceptos fundamentales: autoconcepto y autoestima. Pero, ¿qué se esconde realmente detrás de estas dos palabras? ¿ por qué es tan importante gestionarlos correctamente en el proceso de desarrollo emocional de un niño?

– El AUTOCONCEPTO se refiere a la percepción que una persona tiene de sí misma. Es la  propia versión de la descripción que hacemos de nosotros mismos.

– La AUTOESTIMA es el valor que damos a esa imagen. La estima que nos tenemos por ser como somos.

Así definido parece fácil, pero la autoestima es uno de los aspectos más importantes en el desarrollo del niño. Puede ejercer una importancia fundamental en su aprendizaje o en su comportamiento. Un niño que no se aprecia a sí mismo, que se percibe como alguien que no merece el afecto de los demás o no se siente útil, que se percibe inferior a los demás, difícilmente podrá lograr un desarrollo adecuado en cualquier faceta de su vida. Sin  esa confianza, sin ese afecto por sí mismo no desarrollará las habilidades sociales necesarias para relacionarse de forma saludable con los demás.

El papel de los padres y el de los profesores ejerce una influencia infinita, ya que los comentarios, actitudes y sentimientos que les generemos contribuirán a que se haga una idea ajustada o no sobre sí mismo.

Y aquí es donde está la cuestión. No hablamos de una buena o una mala autoestima, tal como se suele creer. Sino de una autoestima ajustada o desajustada. Tener demasiada autoestima puede ser tan perjudicial como tener una pobre autoestima.

¿Podemos hacer algo por contribuir en la estima saludable de nuestros pequeños?  Si confías en él, si le permites ver sus progresos, si le apoyas en las dificultades sin eliminárselas, si le ayudas a asumir sus propias debilidades y a reconocer sus talentos… entonces su autoestima será ajustada y se sentirá seguro, lo que le llevará a sentirse confiado cuando interactúe con los demás.

Nosotros deberíamos permitir que él compruebe por sí mismo qué es capaz de hacer, y para ello precisa acción: tener sus propios aciertos y sus propios errores. En este sentido, no cabe protegerle en exceso por miedo a que se haga daño. Aprenderá a realizar muchas actividades si se lo permites. Si no hace nada, nunca tendrá la oportunidad de comprobar por sí mismo que lo puede hacer o mejorar. Si lo haces tu por él, entenderá que tu lo haces porque no confías en que él lo pueda hacer bien.

Debemos observar cuidadosamente la forma en que interpreta sus éxitos y sus fracasos. Si le quitas importancia al esfuerzo que el niño está realizando para aprender a realizar cualquier tarea, le estás enseñando a hacer una interpretación inadecuada de lo que es capaz de hacer. Para un niño muchas de las actividades a las que se enfrenta por primera vez son difíciles, aunque a nosotros no nos lo parezca. La mejor opción es hacerle entender que hay cosas sencillas y complejas y que depende de cada persona, del esfuerzo que se invierte, de la motivación por lograrlo, de las ganas de mejorar. Pero también debe crecer aprendiendo que los fracasos o los errores son oportunidades para aprender. Cuanto antes empiece a entrenarse, antes manejará el noble arte de “fracasar con excelencia”. Pero esto lo dejaremos para otro momento, para una nueva entrada.

Todos sabemos que la primera imagen que tu hijo tiene de sí mismo es la que le has proporcionado en el ambiente familiar. Poco a poco, con la edad se va ampliando el radio de acción. Al llegar al colegio, será con el profesor con quien comienzas a compartir esa referencia para tu hijo y por tanto colaborará contigo en el desarrollo de la autoestima del niño. La visión que de él tiene el profesor puede ayudarle a reforzar la que ya había adquirido en casa , irla transformando y en el mejor de los casos, mejorándola.

Más tarde, los compañeros van a ocupar su hueco. Al principio su influencia es mínima pero, más o menos sobre los 7 u 8 años aproximadamente, tu hijo empezará a compararse con los demás, valorando si lo hace mejor o peor que sus iguales.

Llega el duro momento donde debe aprender que cada uno tiene sus “talentos” especiales.  Pero no siempre ocurre de manera natural. Aquí hay que estar pendientes y llevar un buen acompañamiento, para evitar posibles desajustes. Para trabajarlo desde la escuela, me gusta dedicar un ratito para que mis enanos siembren, recojan y regalen flores.

Se desesperan para que les llegue su turno. Y es que,  ¿quién no quiere oír las cosas buenas que piensan los demás sobre uno? Entre flores, halagos, y más lindezas pasamos una buena tarde.

La dinámica se puede improvisar, pero normalmente nos sentamos en la asamblea y colocamos al frente al “elegido”, como el gran protagonista del momento; pero al mismo tiempo acompañados físicamente (aunque sin demasiada intervención) por la figura de la profe, para que se sienta protegido, ya que a veces no resulta fácil exponerse ante los demás. De forma espontánea cada niño le irá regalando su “FLOR” en forma de piropo o halago.También se puede hacer por escrito para que cada niño pueda conservarlo y recordarlo de vez en cuando.

Las sonrisas van creciendo por segundos. No solo la del que recibe “flores”, también de los niños que intervienen porque sienten que están haciendo sentir bien a un compañero. Trabajamos así la empatía y el saber alegrarse por los demás.

Al terminar la ronda de florecillas, cada niño debe explicar cómo se siente, además de comentar cual de sus flores le ha sorprendido más  y porqué. Para terminar, la profe le regala su flor, siguiendo solo una norma: no debe hacer referencia a lo académico. Merece la pena ser original y profundo. Probablemente, sin darnos cuenta, estaremos dejando esa “SEMILLA” sembrada en su memoria durante mucho tiempo.

                                                           “El poder de saber que si puedes… Es lo que te hace capaz “

Más mindfulness…

 Tal como fue prometido, aquí tenemos más dinámicas para seguir profundizando en el entrenamiento de la atención plena de nuestros alumnos.
Tras unos cuantos días de reflexión, he de reconocer que en los inicios no me sumergía de manera apasionada en el entrenamiento de la atención plena. No fue una elección. Fue algo así, como por casualidad, como fui a dar con el mindfulness; pero cuanto más lo pongo en marcha con los niños, más me gusta lo que observo en el grupo en general, y en cada uno de ellos en particular. Así que hubo que seguir investigando.

Animados a realizar sesiones de apenas unos 10 minutos al empezar el día, al finalizar  la tarde, antes de empezar a trabajar lengua o matemáticas, o durante la hora de EMOCREA (la materia que nos ha venido de regalo con la nueva normativa para trabajar las emociones y la creatividad) los  veo cada vez más implicados y más concentrados en la sesión. Más atentos a lo que ocurre en cada uno de esos momentos. Desapareciendo las risas en los momentos de mayor concentración, y cerrando sus ojos con confianza  cuando llega el momento de interiorizar. Mis niños progresan adecuadamente.

Así que aquí tenemos más y nuevas dinámicas, muy sencillas:

  • Comenzamos por hacer una lista de palabras que con sólo escucharlas nos hacen sentir bien. Para luego regalar esas mismas palabras a las personas que nos encontremos durante el día.
  • Intentar recordar 5 cosas que veas en el patio, el comedor, de camino al colegio, en un tramo de un viaje en coche, o en un trayecto que ya es familiar. ¿En qué te fijas?, ¿cuántas cosas que han nombrado los compañeros tú no has visto al pasar por el mismo lugar? … Pregúntales por detalles del aula, los pasillos o lugares muy familiares para que caigan en la cuenta de cuanta información no ven al mirar.
  • Anímate con “El parte metereológico”: cierra los ojos, piensa en cómo te sientes. ¿Qué tiempo está haciendo por dentro?, ¿brilla el sol y te sientes relajado?, o ¿hay nubes y está a punto de caer un chaparrón?, ¿quizá  una tormenta? Puede ser que en otro momento del día el estado del tiempo cambie dentro de ti, pero ahora es como es, y así está bien. Los estados de ánimo cambian como cambia el tiempo, pasan por si mismos. Puede ser un buen momento para volver a los abrazos. Un abrazo siempre nos ayuda a estar más cálidos y podemos conseguir cambiar el “parte del tiempo”.
  • Colócate en posición horizontal, de lado, con las rodillas al pecho, recordando la posición de cuando eras un bebé y estabas dentro de la barriguita de mamá. Allí estaba flotando, calentito, en silencio. Nada malo podía pasar estando allí con mamá. ¿Qué momentos te hacen volver a sentirte así?
  • Interesante opción será un buen masaje. Los masajes se utilizan para ayudarles a prestar atención a las sensaciones táctiles. En el masaje “pizza”, cada niño va poniendo en la espalda de un compañero diferentes ingredientes. Juntos elaboraremos una deliciosa receta. También se  puede escribir con el dedo en la espalda del otro  virtudes que tenga. Divertidísimo jugar a adivinar la palabra escrita. Y al mismo tiempo, trabajamos la autoestima.
  • Prueba a permanecer durante 1 minuto mirando a los ojos a un compañero, en silencio. Mirar a una vela durante 15 segundos, o mirar un conjunto de objetos y luego recordarlos sin tenerlos delante son algunos ejemplos para potenciar la atención visual.
  • Y para terminar por hoy: La dinámica “¡Agua va!”. Pasarse unos a otros un vaso de agua puede parecer fácil, pero si esto se hace con los ojos cerrados la cosa se complica. Para que el vaso no se caiga, es necesario estar en silencio, muy concentrados, prestando mucha atención a los sonidos que hay alrededor para recibir pistas de cuándo vendrá el vaso.

Anímate a probarlo y, como mínimo, pasarás un rato diferente que ayudará a la cohesión grupal, a establecer vínculos más fuertes con tus alumnos,  a conocer facetas diferentes de tus alumnos y a que ellos conozcan tu cara más divertida. Lo que venga después te sorprenderá.

Dulce mindfulness.

¿Te ha pasado estar a tantas cosas a la vez, que no tienes muy claro si realmente has estado centrado en algo?

Les pedimos a nuestros alumnos que estén atentos en el cole, atentos cuando les hablamos, atentos cuando van a hacer algo, pero ¿y nosotros?

De la siembra que nos está dejando nuestra realidad multimedia, estamos recogiendo una fuerte pérdida de atención en el momento “aquí y ahora”.

Mira el siguiente vídeo y verás de que te hablo: Fernando Tobias.  Así comenzaba el último de los talleres que pude compartir en las jornadas de orientación sobre Educación Emocional, celebradas en Madrid la semana pasada.

Fernando  Tobías Moreno, doctor en psicología y colaborador como profesor de mindfulness en la distintas universidades españolas, nos enseña prácticas herramientas para enfocar nuestra atención en plena era de las distracciones. Un taller realmente interesante en los tiempos que corren.

Pero, ¿de qué se trata realmente el entrenamiento de atención plena?

El mindfulness se ha puesto de moda porque constituye una herramienta muy sencilla para estar “aquí y ahora”, y ahora está al alcance de todos, incluso de los más pequeños, si se introduce como un juego. Esta semana he puesto en práctica lo aprendido y funciona. Los efectos inmediatos  de esta intervención en el aula, con  niños de primaria o de secundaria,  se comprueban al ver como poco a poco se empieza a minimizar el estrés y como se van gestionando mejor los problemas de comportamiento. Lo que empezó con risas y como un juego, se va convirtiendo en curiosidad y en ganas de querer hacer más. A mis niños les emociona. Y a la profe le encanta que a ellos les guste. Así que seguimos avanzando.

Mindfulness, o atención plena, significa estar presente aquí y ahora sin juzgar y con aceptación. Son muchos  los beneficios que el mindfulness proporciona a los niños (y no tan niños): nos permite vivir de una forma más plena y consciente. Tomar conciencia de lo que hacemos y cómo nos sentimos. Y aunque siempre existen cosas a nuestro alrededor que no podemos cambiar, sí podemos ayudar a nuestros niños a modificar su percepción y  su actitud para afrontarlo.

Por otra parte, las investigaciones nos dicen que la intervención  a largo plazo mejora el aprendizaje, la curiosidad, la eficacia de la atención, la creatividad y, por tanto, el rendimiento académico. En pocas sesiones logran concentrarse con más facilidad. Aprender a regular sus emociones, a expresar y gestionar lo que sienten, a ponerle nombre a sus estados de ánimo, incluso a encontrar una cierta serenidad y equilibrio cuando se sienten enfadados, asustados o angustiados. Mejora las habilidades prosociales como la paciencia, la empatía, la alegría por el bienestar de los demás o la ecuanimidad.Contribuye, en definitiva, a que puedan sentirse más seguros.

Sin tanta pretensión, como es mi caso, si consigues sacarlos un rato del ruido constante en el que viven, pararlos para que reflexionen sobre cómo se sienten y porqué se sienten así, me doy por satisfecha. Así que, en este pequeño espacio en el que convivo con 29 pequeñas personitas (cada una con su realidad paralela a lo que vivimos en clase), conseguir que todos coincidamos en un mismo momento con atención consciente a lo que estamos viviendo, me parece todo un reto. Es decir, que descubran por ellos mismos lo que ahora venimos llamando “introspección”. Además, cuando consiguen verbalizarlo y compartirlo, les ayuda a desahogarse, a desprenderse de miedos y a entender porqué sienten todo eso y (lo que para ellos es muy importante en el momento evolutivo que viven), saber que a todos nos pasa algo parecido, dándole un toque de normalidad que tanto les alivia.

¿Cómo lo hacemos? Después de leer diferente bibliografía sobre el tema y de asistir a varios talleres, comparto alguna de las dinámicas sencillas que he puesto en marcha  y qué más ha gustado a los “peques”:

1. Dile al niño que vas a tocar una campana, una canción o un sonido similar. Pídele que escuche atentamente el sonido y que levante las manos cuando ya no oiga nada, cuando el sonido haya desaparecido completamente.  Así trabajamos la  atención auditiva en las sesiones de mindfulness. Cada vez que suena la campana, los niños saben que deben parar y dejar cualquier cosa que estén haciendo, cerrar sus ojos, escuchar muy atentamente el sonido y permanecer en silencio hasta que dejen de oír ese sonido. Esto puede durar hasta 20 segundos. Silencio que se agradece en un día lleno de ruidos.

2. La respiración como hábito, siempre al comenzar.  Una respiración profunda nos puede devolver la calma y hacernos sentir bien en cualquier momento. Una forma que les gusta mucho es imaginar que tienen una “cañita” de refresco en la boca. Deben colocar los labios como si fueran a soplar por ella. Esto hace que tarden más en expulsar el aire, y la respiración se ralentice.

3. Otra opción: Haz un barco de papel y túmbate en el suelo boca arriba,colocando el barco sobre la tripa. Inspira y haz una gran ola desde el ombligo hacia el pecho. ¿Ves cómo se mueve el barco con la ola?

4. Podemos bailar eligiendo un animal que nos guste expresando emociones de alegría, tristeza o sorpresa; o simplemente como nos apetezca o sintamos en ese momento. El momento más divertido del día, bailar con ellos, trasmitiéndoles el mensaje de que no hay porqué tener vergüenza de hacer este tipo de dinámicas.

5. Podemos jugar a ser astronautas que visitan otros planetas (ese viaje que tanto les apasiona). Ofrécele su ingrediente favorito y pídele que lo describa con los 5 sentidos como si fuese la primera vez que lo ve:  cómo es ese alimento, qué forma tiene, su color, su peso, su olor, si es blando o crujiente, si es suave o rasposo.

6. El paseo consciente en zonas al aire libre: dar un paseo con el único propósito de pasear, mirando, oliendo, escuchando en silencio. Así descubren la belleza en cada instante; pero no sólo en la naturaleza, donde están todas las formas y los colores posibles, sino también en el lenguaje, la sonrisa, los abrazos, los gestos de complicidad… Lo de abrazar les encanta, no sé qué nos pasa cuando nos hacemos mayores. Sigue leyendo

Qué esperas

Pues ya estamos de vuelta!

El primer día de clase ha pasado hoy con la misma rapidez con la que se me ha pasado el verano. Un nuevo curso y todos estrenamos nuevos propósitos: organizarnos mejor, llenarnos de paciencia y tomarnos las cosas con calma, cuidar las relaciones con los compañeros, adaptarnos a las nuevas metodologías y hasta puede que nos lancemos con todo esto de la innovación…
Otro curso ya comenzado y mientras recojo mi aula imagino cuantas cosas me gustaría enseñarles. Mientras leo los nombres de mis nuevos alumnos pienso en la cantidad de expectativas que tengo; cuantas cosas, sin conocerlos, espero ya de ellos. Y hasta soy capaz de dibujarlos en mi mente intentando adivinar cómo serán.… Cada año, en cada comienzo de curso hacemos siempre lo mismo, tejiendo todos esos ideales que nos ayudan a mantener la pasión por nuestra profesión. Si no fuera por todo lo que los maestros soñamos, esto sería una tarea imposible.

Pero hoy me baila en la cabeza una idea diferente. Después de quince nuevos comienzos, quiero arrancar de manera diferente.

Mañana quiero comenzar un camino de “baldosas amarillas”,  hacia lo que nunca antes me pregunté. Quiero saber sus expectativas. Quiero indagar, profundizar,  preguntar qué esperan ellos de mi a lo largo de este curso.

Quien sabe. Puede que de miedo no poder cumplir las expectativa de tantos niños, o ¡puede que me sorprenda!. Yo… tengo curiosidad.

Si algún profe se anima, aquí comparto. Pincha en “mi profe