Transformación

 

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¡Gracias!

 ¿Tía, qué están haciendo ustedes?
-esperando a que pase una libélula.
¿Para qué?
-porque mi amiga no las conoce y quiere ver una…
Yo tengo un libro que tiene el dibujo de una libélula.
-la libélula del libro no sirve.
¿Por qué?
-porque ella quiere escribir un haiku *.
¿Qué es haiku?
-es esperar que pase una libélula.

-Del muro de Nélida Cañas-

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Si estas palabras han llegado hasta ti, tengo la sospecha de que esta vez no será una casualidad. Te pediré que tengas un poco de paciencia, algo de curiosidad y que continúes leyendo para que llegues hasta el final y lo descubras.

Todo empezó cuando Alvin murió. No fui capaz de despedirla como merecía porque ¡cómo cuesta decir adiós!  Cómo cuesta poner un punto y final a las historias. Por apego o porque nos aferramos sin tregua a aquello que queremos, a lo que forma parte de nuestro camino, nuestro equipaje, nuestro álbum de fotografías. Lo cierto es que tanto a la pena, como al amor, al dolor o al miedo cuesta mucho encontrarles las palabras correctas. O al menos aquellas que se le parezcan.

Pero tratándose de ella, conociéndola tanto como la conozco y habiendo mirado soñadora tantas veces a las estrellas, tenía la certeza que había partido de esta vida con una bendición. Y esa bendición ahora formaba parte de mí. Había depositado en mis manos la admiración, la fantasía, la perseverancia, la lucha, lo esencial, las entrañas y unas pisadas en un suelo blanco y rojo que, después de todo, seguirán en este mundo cada vez que yo le dé continuidad en su nombre y con su ejemplo. Por algo será que nos cuesta tanto decir adiós.

Porque llevó siempre consigo unas enormes ganas de vivir, como si no hubiera un mañana. Quizá porque a menudo era consciente de que el mañana no depende nunca de nosotros. Y sabía reconocer qué era importante y cuándo era importante. No creía en la celebración de los momentos especiales. Ella era capaz de hacer de cada día un momento para celebrar.

Es justo por eso que siento que no puedo hacerle esto. No puedo aferrarme a un pasado que ya no existe. No puedo dudar a la hora de decirle adiós, su barquito de papel no puede quedar varado por más tiempo; y ahora toca esperar a que un día vuelva a ver “batir sus alas”. Porque ha llegado el momento de la transformación.

Las que fueron siempre sus ganas de vivir no permiten más tiempo de espera, ni más tristeza; uno tiene casi la obligación de seguir viviendo con sus mismas ganas. Se lo debo. Espero que sepa perdonarme el tiempo que he tardado en darme cuenta. 

“Mi cazador de libélulas,¿hasta dónde se me habría extraviado hoy?” -Haga no Chiyo-

Tan importante fue para mí, que es mi única intención conseguir despedirme con la misma alegría y con el mismo cariño con los que compartí sus días más felices. Y aunque me cueste la misma vida las despedidas, hace 16 años aprendí una importante lección para comprender, sin más, el verdadero significado de despedir a alguien, de poner un punto y final o pasar página en algún episodio de la vida.

Y no he encontrado, hasta hoy, mejor ocasión para compartirlo:

 “En el fondo de un viejo estanque vivía un grupo de larvas que no comprendían por qué cuando alguna de ellas ascendía por los largos tallos de lirio hasta la superficie del agua, nunca más volvía a descender donde ellas estaban.

Se prometieron unas a otras que la próxima de ellas que subiera hasta la superficie, volvería para decirles a las demás lo que le había ocurrido.

Poco después, una de dichas larvas sintió un deseo irresistible de ascender hasta la superficie.

Comenzó a caminar hacia arriba por uno de los finos tallos verticales y cuando finalmente estuvo fuera se puso a descansar sobre una hoja de lirio. Entonces experimentó una transformación magnífica que la convirtió en una hermosa libélula con unas alas bellísimas.

Trató de cumplir su promesa, pero fue en vano. Volando de un extremo al otro de la charca podía ver a sus amigas sobre el fondo. Pero sus amigas no podían verla a ella.

Comprendió que incluso si ellas a su vez hubieran podido verla, nunca habrían reconocido en esta criatura radiante a una de sus compañeras”

Del libro «Cuentos para crecer y curar» de Michel Dufour


La moraleja no puede ser más simple: que después de esa transformación que llamamos muerte, despedida o final no podamos volver a ver a nuestros seres queridos, ni comunicarnos con ellos, no significa que hayan dejado de existir en nuestra vida, ni mucho menos que hayamos dejado de quererlos … El amor sencillamente se transforma.

«LA MUERTE, NO ES MÁS QUE UN CAMBIO DE MISIÓN». (León Tolstoi)

Quien sabe de lo que hablo, quien ha visto una libélula, o sueña con verla y reconocerla, ha entendido una forma superior de amar. Un amor incondicional que continúa aunque no puedas ver, aunque no puedas tocar, oler o escuchar. 

Es el amor que permanece pese a todo. El amor que empaña nuestra mirada de nostálgica alegría al recordar los aprendizajes que merecen la pena, que sobreviven al tiempo y al espacio físico.

Quien ha pasado el duelo y lo ha vivido sabe bien de qué hablo y estará de acuerdo conmigo en que no hay palabras que lo expliquen, pero esa transformación es un sentimiento oceánico, cumbre, privilegiado.

Así que cuando veas una libélula rondar tu vera, no intentes capturarla o perseguirla, es un hada de alma libre, alguien que intenta cumplir su promesa con algún ser querido que seguramente lo estará echando de menos.  

Contempla serenamente su vuelo y déjala partir.

Cuenta la leyenda que al principio de los tiempos, cuando apenas se habitaba la Tierra, las almas se transformaban en hadas para ayudar a sus seres queridos con sus labores diarias con magia. Para no tener que partir. Pero tenían prohibido establecer vínculos para no alterar el orden de la naturaleza. Sin embargo, como Eva en el paraíso, algunas hadas desobedecieron, siendo castigadas convertidas en libélulas sin la posibilidad de hablar, aunque seguían leyendo los pensamientos, mantenían la intuición, la belleza y la magia para conceder sueños y deseos.

Años más tarde se les ofreció volver a su forma original pero ellas no quisieron renunciar a su cuerpecillo de libélula, sintiéndose mucho más libres de apegos.  Y vivieron para siempre así.

Y hoy en día nos recuerdan que en un lugar en donde hubo dolor, nació algo mágico y bello. Pensamientos que ayudan a sanar emocionalmente las heridas de la nostalgia.  Y lejos de misticismos en los que cada uno decide si creer o no, el baile de las libélulas con el viento es una lección que aprender. ¿Cómo de rápido somos capaces de adaptarnos a las circunstancias de cambio que nos propone la vida? Paciencia, resiliencia y constancia.

¿Debemos aferrarnos a la forma en la que esperamos que sean las cosas o estamos dispuestos para vivir tal cual acontece la vida?

Seamos capaces de adaptarnos, aprendamos a ser flexibles y a continuar con la nostalgia como parte de la vida.

La magia no existe porque nadie cree en ella. Pero cuando necesitas creer en la magia para que las personas que son parte de ti no se vayan del todo, la magia de las libélulas  no defrauda.

Recuerda que el amor de quien partió se transforma, no muere, pervive en alguien especial para ti que lleva su esencia. Y si has llegado hasta aquí, tanto si has visto alguna vez “tú libélula”, rondando tu ventana como si no, ha llegado el momento de sorprenderte.

Siempre habrá alguien dispuesto a alzar el vuelo de una libélula en tu vida. Hay una para ti. Deseo que la encuentres y puedas escribir tu propio *haiku.

 

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Pincha para ver tu libélula

Aprender de ti

Aprende a mirar lo que ya miraste y trata de ver lo que no viste”

Saturnino De la Torre
Elaborado por Marta J.G.

Intento aprender de ti. A veces para saber lo que sí debe ser. A veces para elegir lo que no quiero más.

El camino ha podido ser largo. Los tropiezos habrán abundado. El dolor nos habrá visitado. Y sin embargo, mírate, aquí seguimos. Más que nunca, “viento en popa, a toda vela”.

Y pienso. El día ha tenido pocas horas y demasiados encargos. Ha sido largo. Cansado. Pero adoro ese cansancio que me ha dado un día que de sobra sé que perdurará ya para siempre en la memoria. La vida te da grandes regalos y a veces los vemos pasar sin darnos cuenta. Pero hoy no.

Podrán pasar vientos y tornados, que ese recuerdo ya será para mí. Incluso cuando tengan que llegar los trapos del olvido. Esa será una de mis suertes. Soy afortunada.

Porque a pesar de todo, en cada momento del día, cada día, recuerdo la suerte de tenerte aquí. Porque te veo sonreír. Porque conozco cada huella que caminas, cada enojo que te afrenta, cada laberinto en tu cabeza. Pero también conozco mejor que nadie la forma en la que hacerte feliz. Y aún así, a pesar de tus cuestas y pendientes, tus quejas y lamentos, sigue siendo una suerte acostarme cada noche sabiendo que, un día más, sigues aquí. Con el valor que tiene precisamente hoy en día.

Intento aprovechar para aprender de ti. Las mañas al fuego, los olores y recetas de toda una vida, los trucos de la abuela, los hilvanes y retales, los recovecos del pasado. Herencia que ya queda por siempre para mí. Intento aprender y agarrar este momento, la forma de hacerlo perdurar cuando ya no estés aquí.

Intento aprovechar para aprender de ti. De la vida. Cada día. Yo que quizá nunca he sido de escarmentar en cabezas ajenas. Aprendiendo a cometer errores y remontar, como en otro tiempo te vi hacerlo a ti. Y agradecer mientras pueda el ejemplo que la vida me pone delante. Para bien o para mal, lo que soy es por culpa o gracias a ti.

Intento aprender, te lo prometo. Y sé que a veces incluso llegas a reconocerte en mí. Aunque nunca lo digas, sabes que a veces es así.

Intento aprender de la vida que estos días, más visible que nunca, corre apresurada sin pedir permiso. Sin pedir perdón. Donde nada tiene valor, más que los que siguen y continúan aquí. Donde un abrazo se convierte en un lujo. Donde tener a tu madre o a tu padre en casa, es el mayor poder.

Yo que camino ya coja de un pie… que sé lo que es perder y despedir, agradezco a la vida las horas, los días, las semanas que me permiten disfrutar de las personas que quiero. La calma para escuchar a mis pequeñas almas sonreír. Para poder sentirme cerca de los miedos que estén por llegar, para consolar las peleas mentales (casi siempre contra nosotros mismos), para abrigar las ansiedades y el frío de las personas que son importantes para mí. Siempre intenté, aprendiendo de ti, de ti, y también de ti, dar a los demás lo mejor de mí misma.

Pero lo que verdaderamente es una suerte es poder decirte todo esto ahora que… todavía estamos a tiempo.

¡Feliz 75 cumpleaños, mamá!

El consuelo de las tontas

“Cuando estamos en contacto con nuestra humanidad en común, recordamos que los sentimientos de insuficiencia y decepción son compartidos por todos. Esto es lo que distingue la compasión hacia uno mismo con la lástima. Mientras que la lástima dice “pobre yo”, la compasión hacia nosotros mismos nos recuerda que todos sufrimos y nos ofrece confort porque todos somos humanos. El dolor que siento en momentos difíciles es el mismo dolor que tú sientes en momentos difíciles. Los disparadores son distintos, las circunstancias son distintas, el nivel del dolor es distinto, pero el proceso es el mismo. No siempre puedes obtener lo que quieres. Esto es verdad para todos”

Kristin Neff,

La expresión “Two in distress makes sorrow less” (dos en apuros hacen que la pena sea menor) se dice con un sentido de alivio al descubrir que no somos los únicos que pasamos por una adversidad; no porque los problemas mejoren, sino por cierto sentimiento de tranquilidad que parece acompañar a esta comparación. Una parte del efecto terapéutico de los grupos de autoayuda tiene que ver con esto.

Varios dichos populares hacen alusión a esta sensación. “Desgracia compartida, menos sentida” son palabras que apuestan por el sentimiento reconfortante.  

En alemán encontramos el término “Schadenfreude” para describir esa especie de “júbilo” que ocurre con los infortunios del vecino.

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El pacto de Alicia

“—¿Pero tú me amas?— Preguntó Alicia.

—¡No, no te amo!— Respondió el Conejo Blanco.

Alicia arrugó la frente y comenzó a frotarse las manos, como hacía siempre cuando se sentía herida.

—¿Lo ves?— Dijo el Conejo Blanco.
Ahora te estarás preguntando qué te hace tan imperfecta, qué has hecho mal para que no consiga amarte al menos un poco.

Y es por eso mismo que no puedo amarte.

No siempre te amarán Alicia, habrá días en los cuales estarán cansados, enojados con la vida, con la cabeza en las nubes y te lastimarán.

Porque la gente es así, siempre acaba pisoteando los sentimientos de los demás, a veces por descuido, incomprensiones o conflictos con sí mismos.

Y si no te amas al menos un poco, si no creas una coraza de amor propio y felicidad alrededor de tu corazón, los débiles dardos de la gente se harán letales y te destruirán.

La primera vez que te vi hice un pacto conmigo mismo : “¡Evitaré amarte hasta que no hayas aprendido a amarte a ti misma!”—

Por eso Alicia no, no te amo.”

Extraído del libro “Alicia en el país de las maravillas”

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