Indefensión aprendida

images“La resignación es el suicidio cotidiano”

Honoré de Balzac

La última vez que tuviste la realidad en contra, ¿cómo actuaste? ¿Le hiciste frente o decidiste que lo mejor era no hacer nada?

Algo se esconde tras estas dos actitudes tan distintas. Ante una situación conflictiva, problemática o injusta tenemos dos alternativas de actuación.

Hacerle frente a la situación con el objetivo de cambiarla, denota a personas que confían en sí mismas, que creen en sus propias capacidades para poder cambiar las cosas a través de sus acciones. Por el contrario, permanecer pasivo, puede darnos pie a pensar en una posible indefensión.

Hablar de indefensión aprendida, o learned helpnessness, es hablar de Martín Seligman. También llamado desamparo aprendido, se trata de un estilo de comportamiento pasivo, dado por la propia creencia de que nuestras acciones no van a producir ningún cambio en la situación actual o futura. La sensación de no tener control para cambiar aquello que duele, incomoda o desagrada.

Podemos hablar de niños que sufren violencia escolar, de mujeres maltratadas que no denuncian ni reaccionan a ese trato, o desempleados que no buscan trabajo; aunque la realidad es que cualquiera de nosotros puede tener este patrón de comportamiento en alguna circunstancia de la vida, en las que nos volvemos sujetos pasivos ante situaciones contrarias.

¿Que hay detrás de todo esto?

Existe algo en común en todos los patrones de comportamiento de indefensión aprendida: la creencia de que no se puede controlar o cambiar la situación, derivando en una no expresión de los propios deseos y derechos. O lo que es peor, no tener motivación ni tan siquiera para intentarlo. También en todos los casos existe una situación previa, conocida o no, que nos ha llevado a aprender ese patrón de repetición. Y es que la indefensión aprendida, como bien indica su nombre, se va construyendo a partir de vivencias anteriores, que en muchos casos nos han pasado totalmente desapercibidas.

Debemos estar atentos, porque este aprendizaje se da por diversos motivos:

  • Crecer en un entorno excesivamente controlado, no dejando lugar a la experimentación para aprender las consecuencias de los actos propios.
  •  Con mensajes como: “déjame a mí que tú no sabes”, “tu eres muy despistado, y siempre se te olvida todo” y otros similares. Hay que tener mucho cuidado con las etiquetas y calificativos que propinamos.
  • A medida que vamos creciendo, la falta de habilidades para gestionar el fracaso, que nos lleva a desistir, rendirnos y  acostumbrarnos.
  • A cualquier edad, por ausencia de un orden lógico en las conductas de los que nos rodean, que no permite prepararse ante lo que va a suceder.
  • Como consecuencia del desgaste psicológico que provoca una continúa exposición al desprecio.
  • Como resultado de un proceso sistemático de violencia, el niño o el adulto aprende a creer que está indefenso, que no tiene ningún control sobre la situación en la que se encuentra y que cualquier cosa que haga es inútil.
  • Curiosamente se puede llegar a esta situación por sobrecarga de trabajo,  que nos lleva a sentirnos ineficaces, torpes o faltos de habilidad para afrontarlo.
  • En el contexto familiar, la falta de afecto unido a la repetición y prolongación en el tiempo de actitudes despreciativas, acompañadas con bruscos cambios del estado de ánimo por parte de alguno de los familiares.

Estaremos de acuerdo en que la infancia y la adolescencia es la etapa más importante en cuanto a procesos de aprendizaje se refiere,  aunque la indefensión también se puede aprender en la edad adulta. Y va de la mano de una serie de graves consecuencias que pueden afectar a todos los ámbitos de la vida, ya sea personal, familiar, social o laboral.

La persona que padece indefensión aprendida, suele mantener un gran sentimiento de impotencia, al percibir que no tiene control sobre lo que le sucede. Suele ser común sentir que los esfuerzos realizados son inútiles, y que nada de lo que pueda hacer cambiará la situación. Esto se debe a que no identifican adecuadamente la causalidad de los hechos que les lleva a la no reacción ni actuación, manteniéndose en una actitud pasiva, evitando sentir responsabilidad por nada, carentes de motivación y sin iniciativa. Lo que con toda seguridad desembocará en tristeza, inseguridad, miedo o depresión.

Este síndrome provoca una adaptación psicológica, como única salida posible para adaptarse a una situación de dolor o malestar.  La incapacidad para reaccionar es consecuencia del deterioro psicológico que produce la continuidad en el tiempo de la situación vivida, llegando incluso a trasladarse a otros procesos de aprendizaje personal.

En este sentido es importante dejarse ayudar por aquellos que nos quieren. Pedir y recibir ayuda no es un síntoma de debilidad, si no de fortaleza, al significar un primer paso para plantarle cara, abandonando la pasividad propia de este síndrome.

Por suerte, se trata de un déficit en el aprendizaje de respuestas de éxito aprendido a través de algunas experiencias vividas; por tanto podemos, de la misma manera, desaprenderlo o adquirir otro tipo de comportamiento más saludable e incompatible con la indefensión. Se trata de aprender y volver a aprehender, desde la lógica, nuevas formas de responder con éxito.

En el ámbito educativo, el profesional debe ser consciente de que desde el aula tiene una responsabilidad brutal al respecto, ya que sería muy positivo prestar atención a la gestión de las emociones, contribuyendo al hecho de generar un entorno de confianza, motivación y refuerzo positivo. Es urgente insistir en la formación de un autoconcepto saludable para nuestros  niños y adolescentes, mediante una buena predisposición para el aprendizaje, cuidando las oportunidades de trabajar la confianza en sí mismos, y como no, permitiendo el error para ayudarles a ver en el fracaso nuevas oportunidades de construcción personal.

“Se puede cambiar lo que se siente, cambiando lo que se piensa”. Martín Seligman

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