Mea culpa

“Entre los sentimientos de culpabilidad y la aparente normalidad existe un camino que casi nunca se recorre acompañado. Casi nunca.”

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“Aquella persona que se siente culpable, se convierte en su propio verdugo” Séneca.

No tengo muy claro a dónde quiero llegar. Llevo tiempo centrada en observar cómo nos mueven los sentimientos de culpabilidad. Es bastante curioso ver la cantidad de decisiones que vamos adaptando en nuestro día a día, sin darnos cuenta, a partir de un sentimiento de culpa. A veces por tratar de evitarla, otras simplemente con la intención de afrontarla. 

Desde niños ya aprendemos a echar la culpa a los demás, al azar, a lo que sea. Se trata de escurrir el bulto para no sentirnos culpables. Y una vez escurrido el bulto, ¿no queda nada de conciencia?, ¿ni un poquito de culpabilidad?

También existen personas que parecen resistentes a la aparición de los síntomas de culpabilidad. Es bastante probable que esa resistencia no signifique que no sufran malestar o incluso dolor, ni que no tengan recuerdos desagradables; sino que, a pesar de ello, son capaces de hacer frente a la normalidad más allá del estado emocional que se produce.  Se mueven con soltura entre la culpabilidad y la normalidad. Ya que, entre los sentimientos de culpabilidad y la aparente normalidad, existe un camino que casi nunca se recorre acompañado. Casi nunca.”

La vida de cualquiera está salpicada de acontecimientos positivos y negativos, de alegrías y tristezas, de expectativas cumplidas y de esperanzas frustradas. En medio de alguno de estos acontecimientos, si rascamos un poco, encontraremos bastantes momentos donde nos invadió la culpa. Y en función de ella, actuamos. Casi siempre. O eso parece.

Justo por esto llama la atención la gran capacidad de adaptación y el espíritu de superación con que cuenta el ser humano. Sin embargo, el sentimiento de culpabilidad parece prácticamente inevitable. Supongo que porque la culpa nos hace conscientes de que algo hemos hecho mal, llevándonos a elegir entre dos alternativas: querer ocultarla o facilitar el intento de reparación del daño. Ojalá fuera tan fácil elegir. 

Partiremos de la idea previa de la existencia de dos sentimientos de culpabilidad:

  • La culpabilidad manifiesta, cuando  se ocasiona un perjuicio real a alguien.
  • La culpabilidad mórbida, cuando no hay falta objetiva que justifique dicho sentimiento. Es un estado destructivo y poco adaptativo.

Descartemos por un momento la culpabilidad mórbida. El sentimiento de culpa manifiesta se convierte en una emoción negativa que, aunque no guste experimentarla, se presume necesaria para una adecuada adaptación al entorno. Se trata de un tipo de afecto doloroso que surge de la creencia o sensación de haber traspasado las normas éticas personales o sociales; más si se ha perjudicado a alguien. Confundiéndose, con frecuencia, con la vergüenza; incrementando la sensación de negatividad emocional, al retroalimentarse ambos sentimientos entre sí.

Culpa y sentimiento de culpabilidad tienen diferentes significados. Tener la culpa es ser la causa de que algo suceda. La acepción más común es la jurídica, en la que la falta puede ser voluntaria o no, pero para que exista culpa basta con que se cause un daño. Sin embargo, el sentimiento de culpa es uno de los mecanismos equilibrantes de lo psíquico más necesarios, al tratar de poner un límite a los excesos pulsionales. Pese a eso, el sentimiento de culpabilidad no es innato, no nacemos con él, aprendemos a sentirnos culpables  a medida que crecemos y aprendemos de las situaciones sociales que vivimos.

Se trata de un sentimiento a construir, a partir de un desarrollo moral adecuado que el niño va recogiendo y asumiendo a lo largo de su vida. Asimismo, el sentimiento de culpabilidad tiene mucho que ver con el estilo parental con el que educamos a nuestros niños.

Si miramos el comportamiento de los más pequeños, ya desde edades muy tempranas aprenden a culpar a los demás para no sentirse mal o para no autoculparse de todo lo que sucede. Mecanismo de defensa, al fin y al cabo. Los mensajes que reciben de los adultos significativos son esenciales. Estos pueden marcar la diferencia entre responsabilizarlos de sus actos o contribuir a que crezca el sentimiento de culpabilidad mórbida en ellos.

Los padres y profesores debemos intentar que los niños asuman las consecuencias de sus actos, haciéndoles caer en la cuenta de la diferencia entre sentirse responsable y sentirse culpable. Sintiéndose culpables, a la larga evitarán tomar decisiones para evitar sentirse temerosos u optarán por vías alternativas con la finalidad de evitar nuevas reprimendas, convirtiéndose en adolescentes esquivos, sumisos y vulnerables.

Pero hay algo más importante a tener en cuenta: las manifestaciones sintomáticas de los sentimientos de culpa de los niños conducen, en numerosas ocasiones, a los propios sentimientos de culpa de los padres. Y viceversa. Para que los padres puedan ayudar a sus hijos tendrán que afrontar y superar sus propios sentimientos de culpabilidad. Y esta tarea es bastante más complicada.

La culpabilidad descontrolada hace estragos a cualquier edad,  pero principalmente en los más pequeños, ya que pueden inhibir o tambalear el proceso de crecimiento personal y producir todo tipo de manifestaciones somáticas, obsesivas, depresivas o de angustia.

Los sentimientos de culpabilidad, por tanto, se hacen necesarios en el ser humano por razones obvias, pero el débil equilibrio entre la culpabilidad y el proceso de afrontar la normalidad puede tener cierta tendencia a descompensarse patológicamente. Todo equilibrio es inestable.

Según Freud, esa aparente normalidad no es más que una ficción o ideal; difícil de alcanzar, ya que en el fondo somos absolutamente consciente de nuestros pensamientos y sentimientos.

Será nuestra la fortaleza de nuestro carácter, la capacidad de enfrentarse a conflictos emocionales, nuestra propia habilidad para ser flexibles o nuestra facilidad para la aceptación de la realidad la que nos permita acercarnos más o menos a esa normalidad, viviendo sin angustia, culpabilidad o ansiedad, y al mismo tiempo ser capaces de responsabilizarnos de nuestros actos.

Pero siendo honestos, habría que tener claro que “normalidad” buscamos: la del proceso, la utopía, el promedio, el bienestar, la adaptación, o la tregua del día a día. Si bien es bastante complicado zafarse de los sentimientos de culpabilidad, existen algunas claves que pueden ayudarnos:

  • Es importante tener claro qué tipo de culpa estamos sintiendo: algo indefinido o bien definido, un temor, algo que recuerdas, etc. Esto nos indicará si se trata de culpabilidad manifiesta o mórbida.
  • Reconocer porqué nos sentimos culpable. Definir el error, si lo hubiera. Si se puede cambiar o mejorar, habrá que hacerlo. Si no se puede, habrá que convertirlo en aprendizaje y tratar de pasar página.
  • Las actitudes positivas hacia uno mismo mediante la aceptación serena de lo que somos. Por lo tanto, es importante aceptar nuestros errores delante de los niños para que ellos aprendan a aceptarlo con naturalidad.
  • La independencia emocional frente a las demandas sociales. Es necesario caer en la cuenta de la diferencia entre asumir la responsabilidad de nuestras decisiones y asumir la culpabilidad como parte del crecimiento.
  • La percepción adecuada y aceptación de la realidad. La realidad del error es necesaria para un crecimiento emocional adecuado.

La culpabilidad está apegada al juicio, una especie de imperativo cultural escondido, relacionado básicamente con el temor a ser castigados o, peor aún, estigmatizados, rechazados o cuestionados. Esto nos lleva a pensar que el punto inicial de toda culpabilidad está en la mente, como una señal de advertencia emocional. Un sistema de alarma que aprendemos de nuestros padres, profesores y de la sociedad misma.

En conclusión, la culpa es un sentimiento de lo más inútil, que lejos de aportarnos algo, nos limita. Lo realmente útil es responsabilizarnos sin tanto complejo por nuestros actos.

Distinguir las verdaderas responsabilidades de las culpas adquiridas por creencias erróneas instauradas desde la niñez.

No sirve de nada culparse por los errores del pasado. No tiene sentido darle vueltas y más vueltas, sentirnos mal o paralizarnos. Si tiene remedio, habrá que remediarlo. Si no, habrá que afrontarlo y convertirlo en esa oportunidad de aprendizaje tan socorrida que llamamos experiencia.

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