Fracasar con excelencia

Reza en la cabecera de esta página que todo pasa por alguna razón. No lo entiendes hasta que no has fracasado de forma rotunda, contundente y estrepitosa; pero, pasado un tiempo prudente, ese error se convierte en uno de tus mejores aciertos.

También en una entrada anterior hablamos de indefensión aprendida y desaprendida, como consecuencia de un aprendizaje poco constructivo, al tratar de bloquear las situaciones de error tanto en el ámbito educativo más formal como en la crianza de nuestros hijos. Y esto me preocupa.

Fracasar: verbo intransitivo que significa no producir [cierta cosa] el resultado deseado o previsto. No conseguir en cierta actividad lo que se pretende.

1. intr. Dicho de una pretensión o de un proyecto: frustrarse (‖ malograrse).

2. intr. Dicho de una persona: Tener resultado adverso en un negocio.

3. intr. Dicho especialmente de una embarcación cuando ha tropezado con un escollo: Romperse, hacerse pedazos y desmenuzarse.

4. tr. desus. destrozar (‖ hacer trozos algo).

Atenderemos al número 4. De hecho, el término parece emanar del vocablo italiano fracassare, que puede traducirse como “estrellarse” o “romperse”. 

Es un tópico que fracasa quien no lo intenta. Pero más allá de todo eso, esta verdad importa porque en cualquier fracaso queda marcado un itinerario natural hacia el propio emprendimiento y la superación personal. Y para eso, a veces necesitamos rompernos, incluso estrellarnos. Puede que sea por eso que en los dibujos animados se vean estrellas tras estamparse. Quien sabe.

Sin embargo, hemos aprendido que cuando las cosas no salen como es esperado o proyectado debemos vivirlo como un período de angustia y pena; nos sobreviene el silencio, incluso cierto sentimiento de vergüenza.

Pero no puede salirse de la profundidad del pozo si no se sabe que se ha llegado hasta ahí. ¿Por qué?

Sabemos que tocar fondo permite el impulso para salir a superficie. Pero no hablo de salir de la profundidad. Hablo de despegar para llegar más alto. Entonces el fracaso, en su momento de crisis más intensa, nos lleva a una reflexión que motiva un cambio y se convierte en vía de aprendizaje excelente. De ahí la importancia de enseñar y aprender a fracasar con excelencia. Lo que se necesita, en todo caso, es tener esa posibilidad de generar otro punto de vista. La búsqueda de esa oportunidad que nunca se hubiera explorado de no habernos “estrellado”.

En la teoría suena difícil, en la práctica todavía es más bárbaro. Peor, si no cuentas con alguien que te acompañe en el propósito. Puesto que, en general, no es fácil asumir los fracasos con tanta altura ni tanta determinación como para avanzar rápidamente en busca de nuevos retos. 

Debido a eso, hace un tiempo me planté en la necesidad de “un entrenamiento” para que los más pequeños crezcan con este aprendizaje, para intentar conventirlo en algo parecido a su filosofía de vida. Me pareció que había mucho que ganar.

Con el objetivo de que fuera “interiorizado” y no una teoría a poner en práctica, me propuse un crecimiento a partir de estrategias previamente conceptuadas para saber actuar en caso de que el plan A no funcione. Aunque esto lo dejaremos para nuestra siguiente cita.

Pero pongámonos serios. No se trata de rescatar los errores pasados para evitarlos en un plan de contingencia, o de explotar y utilizar las competencias emocionales que hemos ido aprendiendo. Esto responde a una actitud ante las diferentes situaciones de la vida, al saber que no hay derrota en el intento. No tiene que ser una opción, tiene que ser un planteamiento vital. La flexibilidad cognitiva y la tranquilidad emocional que esta herramienta nos brinda es fundamental.

Todos conocemos la historia de los fracasos automotrices de Ford en sus inicios y de cómo Disney casi lleva a la bancarrota a su empresa. También  la “renuncia” de Steve Jobs a su propia creación. Recuerdo en su discurso una frase: “aquel hecho en mi vida era una medicina que yo necesitaba”. Quizá no lo sientas así mientras ocurra, pero un fracaso rotundo puede ser lo mejor que pueda ocurrirte.

Conviene recordar de cuando en cuando, que es la competitividad permanente de la sociedad la que nos hace percibir el fracaso como un estigma. Los ganadores son encumbrados e idolatrados, mientras que los fracasados son mal vistos y obligados a pagar las consecuencias de sus fracasos. Editamos el éxito y el fracaso como elementos que nos califican como personas: Si tengo éxito, seré valioso; si fracaso, no tendré valor y los demás me rechazarán.

El rechazo social al fracaso promueve un mecanismo defensivo en niños y adultos, que nos lleva a no reconocer las limitaciones personales, a justificarnos por cada momento en que no damos la talla. El fracaso es un paso ineludible para avanzar en la vida. Son los errores los que permiten el aprendizaje. Y sin embargo, por evitar el fracaso dejamos de actuar. 

Últimamente está muy de moda que, para que nuestros niños no sufran en el día a día, les evitamos el fracaso; limitando así sus posibilidades de aprendizaje a un nivel que da miedo. Y es este hecho en sí mismo lo que contribuye a fomentar la inseguridad y una autoestima desajustada, generando en ellos el miedo a actuar en ocasiones futuras.

¿Conseguiríamos cambiar esta situación al enseñar a nuestros niños a asumir sus derrotas y digerir los fracasos? ¿Aprenderemos que el fracaso sólo nos indica que el camino que elegimos no es el adecuado  y es necesario buscar otra forma, otro camino?

Ojalá.

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Un comentario en “Fracasar con excelencia

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