El síndrome de Lucio

“La palabra ‘elección‘ es un fraude

mientras la gente elija sólo lo que le han enseñado a elegir” 

Idries Shah

Seguro que mientras leas esto pensarás en lo obvio de esta situación y la poca relevancia que tiene sobre nuestra vida. Pero pregúntate antes de empezar a leer cuantas cosas no haces porque piensas que “no se te da”, cuántas te limitas o te castigas por miedos, complejos o inseguridades aprendidas. Cuantos “NO” has pronunciado a los demás (y a ti mismo) porque en alguna ocasión anterior las cosas no salieron bien.

Así es como funciona una fuerza elemental pero desapercibida llamada condicionamiento en nuestros pensamientos y comportamientos.  

Y si no, que le pregunten a Lucio, un pez cualquiera, quizá un poco ingenuo, que por capricho de unos humanos fue a parar a una pecera para llevar a cabo un experimento. Era un pez común. Pero no era una pecera corriente.  Estaba dividida por un cristal transparente. Al otro lado del cristal,  un pequeño grupo de carpas, también comunes y corrientes, más o menos como Lucio que debían servir como alimento. Como un buen manjar.

El pez hambriento, en sus continuos intentos de engullir a las carpas, solo conseguía chocar contra el cristal. El hambre le hizo insistir. Créeme que Lucio perseveraba por una cuestión de supervivencia,  pero no logró en ningunas de las ocasiones traspasar el cristal. Decepcionado tras numerosos intentos, dejó de intentarlo. Aprendió que era inútil tratar de llegar a las carpas.

Pasado el tiempo, los investigadores retiraron el cristal. Lucio vio como lo retiraban y, aunque algunos se atreven a decir que los peces no tienen memoria, Lucio siguió comportándose como si el cristal continuara en el mismo sitio y no intentó nunca acceder a la comida, permaneciendo en su lado de la pecera.

Seguro que te suena una historia parecida, lo que le sucedió al elefante del famoso cuento de Jorge Bucay. Un elefante que es atrapado cuando era un cachorro,  y atado con una cadena alrededor de una de sus patas. Al principio, intentó escapar y  librarse de la cadena, pero no lo consiguió. Sin embargo, cuando creció, las cadenas no eran suficientes para retenerlo. Pero el elefante no lo sabía y nunca se le ocurrió volver a intentarlo, para ponerse a prueba a sí mismo. 

Sus experiencias previas, su dolor, su desmotivación, su falta de confianza en sí mismo, su despropósito, su aprendizaje anterior, … fueron un motivo más que de peso para condicionar su creencia de que era imposible.

Los humanos, aparentemente más inteligentes que los peces, solemos creer que contamos con toda la información sobre una determinada situación, por un principio de aprendizaje, economía y simplona generalización; lo que por momentos nos vuelve inflexibles y poco adaptativos. Se nos olvida con demasiada frecuencia que, con independencia de la edad que tengamos, siempre estamos en posición de aprender, cambiar…. evolucionar y nadar en aguas nuevas sin cristales o muros infranqueables.

Ni siquiera lo intentamos, poniendo un no por delante. No se me da, no valgo para eso, no soy capaz, no me gusta…. ( o lo que quiera que tú te niegues a ti mismo) son frases que nos convierten en un ingenuo Lucio. Aceptamos (por comodidad, por dignidad, por miedo, por absurdez) la asfixiante incapacidad que nos proporciona nuestra experiencia previa de fracaso. Pero  que algo que no funcionara en el pasado, no es justificación suficiente para que no pueda conseguirse en aguas nuevas.

Si en algún momento te has comportado como Lucio, (que seguro de que sí), deberíamos saber que se trata de una incapacidad adquirida (por lo tanto,  de las que uno se puede desprender) por una aceptación rígida de algo experimentado en el pasado. Pero no es exactamente la experiencia pasada, sino nuestra propia negativa a considerar otras alternativas y perspectivas, lo que nos mantiene rígidos, sin avanzar.

A pesar de que las condiciones cambien, de que maduremos y adquiramos nuevas habilidades, no lo volvemos a intentar porque en nuestra experiencia reside el recuerdo del fracaso.

Pero no te castigues si alguna vez te sientes como Lucio, no siempre podemos ver que han retirado el cristal de nuestra pecera.

Sin embargo, por suerte, siempre tenemos alguien que nos recuerda que existe la remota posibilidad de que hayan retirado el cristal, o de las posibles alternativas para tirarlo abajo. Así que, pequeño Lucio, a veces es importante considerar opiniones ajenas sobre nuestras rígidas costumbres. 

En nuestra mano está decidir si nos quedamos en las viejas creencias, chocando una y otra vez, o por el contrario, decidimos adaptar nuestras creencias para intentar el cambio.

Cada vez que sientas  “ya lo he intentado lo suficiente”, hazte un favor y piénsalo de nuevo. Puede que algo (o tú mismo) haya retirado el muro que te separa de tu objetivo. ¡No te rindas e inténtalo de nuevo! Con el paso del tiempo llegan aguas nuevas. 

 

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