Una preguntita para Rigoberta

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“¿Por  qué los mayores no saltan en los charcos?”

Se llama Rigoberta. Así la llaman en su casa. Desde primera hora, cuando llega a la mía para ir juntos al colegio, se le escucha según entra por la puerta cómo empieza el día bien acompañada de ilusiones.

Nada más llegar te busca, te da los buenos días con una gran sonrisa. Te abraza. Te alegra ya la mañana. E inmediatamente después se prepara y te lanza su primera pregunta.  Nos reímos. Las dos sabemos bien que no será la última. Cuando le digo “¿ya empiezas con las preguntas de cada día?”, ella se ríe. No tarda ni medio minuto y comienza su maratón interrogatorio. A veces parece que las trae  hasta preparadas del día anterior.

Ahora se ríe cuando se lo digo. Pero al principio se sentía mal y pedía perdón por hacer tantas preguntas, porque pensaba que incomodaba a los mayores con todas sus cuestiones. Pero no lo puede evitar. Son sus ganas de vivir, de aprender, de averiguar. De descubrir la vida.

Se parece a su madre, que puede hacerte 6 preguntas al minuto, una seguidita de la otra hasta dejarte patidifuso. Se lo digo y se le escapa una carcajada de las suyas. Así que, ahora que ha entendido que no tiene nada de malo preguntar, sonríe segura y continúa con su interrogatorio en casa, en el trayecto del coche (25 minutos haciendo preguntas!!!!), cuando llegamos al cole. Me pregunto si en clase sigue preguntando tanto. Aunque no creo que lo haga. Probablemente las guarde para el trayecto de vuelta. Es su forma de aprender sobre el mundo que le rodea.

Mi saquito lleno de preguntas… Divertidas, entrometidas, poéticas o casi imposibles de contestar. Y es que los niños todavía no han aprendido a tener prejuicios, preguntan las cosas y no les da vergüenza.
En el caso de ella, hay tres lugares donde se pone especialmente preguntona:

El primero es la cama. Cuando no se puede dormir, te acribilla a preguntas.
El segundo, el coche. Saca la artillería pesada porque tú no tienes escapatoria. Y ella lo sabe  y le saca partido.
El tercero, comiendo. En la mesa todo va a otro ritmo, más distendido, más relajado. Se puede hablar de cualquier cosa. Desde niña, ha visto que estar alrededor de una mesa es momento para entablar conversación. Y aprovecha para seguir con su lista de preguntas. De esas que te hacen pensar.

Entre los 3 y los 6 años, los niños suelen pasar por la etapa de las preguntas. Esta fase es normal e indica que su lenguaje y pensamiento se desarrollan adecuadamente. Es una etapa en la que los padres pueden aprovechar para fomentar la comunicación con sus hijos. La edad de las preguntas constituye un momento muy propicio para favorecer el desarrollo de las habilidades comunicativas de los niños.

Todos los niños pasan por una etapa que se caracteriza por las constantes preguntas. Esta etapa se produce entre los 3 y los 6 años, pero ella ya tiene más de 6 años. Está a puntito de cumplir 7. En realidad, esta fase tiene una duración variable y cuanto más se  prolonga, más se favorece un buen desarrollo del lenguaje y del pensamiento.
Otra razón importante es que lo hacen para ordenar su mundo. En su mente todo tiene un origen y una finalidad y para ellos no existe la casualidad, todo tiene que tener un motivo. Y ellos quieren saberlo.

Para los psicólogos, estos continuos interrogatorios muestran un desarrollo adecuado. Manifiestan su curiosidad por el mundo que les rodea y que poco a poco están descubriendo. Todo les desconcierta, cualquier situación da pie a una buena pregunta.

Se dirigen a los adultos cercanos para ellos porque necesitan un intermediario que les explique la nueva realidad que van conociendo. Y necesitan tener la seguridad de que a quien le hacen la pregunta les va a dar una buena respuesta. De manera consciente no preguntan a cualquiera. Saben bien qué deben preguntar a mamá, qué preguntar a papá, a los profesores o a los abuelos. Y de la calidad y disponibilidad de esos guías dependerá en gran medida el modo en que el niño se relacione con el mundo durante toda su vida.

Sus preguntas a veces parecen ser repetitivas. Pero ella misma te explica que quiere confirmar que el día anterior le dijiste la verdad. Pueden ser disparatadas, divertidas o inverosímiles. Todo esto es de lo más normal. Pregunta porque tienen una curiosidad innata, quieren explorar todo lo que hay a su alrededor.

Experimenta sus nuevas capacidades lingüísticas. Ahora que puede pedir información y entender las respuestas, ejercita esta habilidad a base de hacer preguntas constantes. De esta manera, sin que ella y sin que los demás nos demos cuenta, irá adquiriendo mayores destrezas lingüísticas al mismo tiempo que ejercitará sus habilidades de comprensión del lenguaje, al procesar la información que los adultos (con más o menos paciencia) le damos en las respuestas. Además también le sirve para aprender palabras nuevas, esas que también pregunta qué significa cuando las escucha.

Es lógico también que sus preguntas cada vez sean más profundas. Su lenguaje experimenta un gran desarrollo a medida que crece, lo que le permite pensar y comunicar lo que piensa con mayor calidad. Esto que ella hace ahora, le permitirá pedir y dar información, expresar dudas y sentimientos y seguir conversaciones en un futuro. Sus preguntas la inician en el mágico mundo de investigar su entorno a través del lenguaje, indagando sobre  lo que quiere saber. Como aquel día que, para averiguar si la luz de la guantera del coche se apagaba al cerrarla, decidió dejar el móvil grabando dentro para ver qué ocurría exactamente. Así es ella.

Así que escúchale. Para ellos son preguntas importantes. Los padres deben colaborar con sus hijos cuando entran en esta fase, fomentando la curiosidad natural, puesto que será clave para favorecer el gusto por aprender.

Ni que decir tiene que debemos responder a sus preguntas, aunque éstas sean repetitivas o inverosímiles, incluso aquellas que son realmente difíciles de contestar. Y por supuesto, nunca mentir en una respuesta. Estas deben ser sencillas y realistas, para que puedan comprenderlas. Y siempre que sea posible, debemos dar nueva información en la respuesta, para que los niños aprendan algo que no conocían, pero de una forma lúdica, con respuestas amenas, divertidas e interesantes.

Respóndele siempre sin condenar su curiosidad ni escandalizarte. Es importante que desde ya comprenda que es bueno preguntar y compruebe que siempre que le surja una duda puede recurrir a ti. Si te pilla en un mal momento, pídele aplazar la respuesta. Pero retómala en cuanto puedas.

Si alguna vez no sabes contestar a lo que te pregunta, díselo sin temor a defraudarle, pero en lugar de quedaros con la incógnita, invítale a buscar juntos las respuestas en un libro, en un atlas o en internet. Así también aprenden a afrontar las dificultades.

Cuando no sepamos qué “debemos” responder ante preguntas comprometidas, ¿qué hacemos? No hay mejor manera de salir de esta situación que respondiendo con otra pregunta, que les haga pensar, poniendo en práctica la capacidad de dar información y, lo más importante, tener una idea sobre las opiniones de nuestro pequeño.

Es importante huir de los eufemismos. Nada de que los muertos están dormidos, ni de que a los niños los trae la cigüeña o vienen de París. Esto solo los confundirá.

Me pregunto qué pensará el día que ella lea esto y se de cuenta de cómo me gustaba su curiosidad y todas las preguntas que ella me hacía. Para ese entonces probablemente ya no se haga tantas preguntas en voz alta, aunque espero que nunca deje de hacérselas. Y  que cuando lo necesite sepa bien que puede acudir a preguntarlas, porque al final es una cuestión de confianza que se inculca desde niños.

¿Qué es lo más raro que te ha preguntado un niño?  ¡Cuéntanoslo en los comentarios!
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