Seguir sorprendiéndose

“Sorprenderse y maravillarse es comenzar a entender”, José Ortega y Gasset.

S.A.F.

Y zasca! A la mañana siguiente nos despertamos y ahí estaba esperándonos.

Más y más libélulas.

 

“Vivir es asombrarse de estar en el mundo, sentirse extraño, llenarse de angustia ante la contingencia de dejar de ser, comprender la constante probabilidad de extraviarse, la necesidad de hacer amigos entre nuestros con seres, la contingencia de que sean enemigos, y estar alerta a lo genuino y a lo espurreo, a la verdad y al error”

-Ramiro de Maeztu-

Transformación

 

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¡Gracias!

 ¿Tía, qué están haciendo ustedes?
-esperando a que pase una libélula.
¿Para qué?
-porque mi amiga no las conoce y quiere ver una…
Yo tengo un libro que tiene el dibujo de una libélula.
-la libélula del libro no sirve.
¿Por qué?
-porque ella quiere escribir un haiku *.
¿Qué es haiku?
-es esperar que pase una libélula.

-Del muro de Nélida Cañas-

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Si estas palabras han llegado hasta ti, tengo la sospecha de que esta vez no será una casualidad. Te pediré que tengas un poco de paciencia, algo de curiosidad y que continúes leyendo para que llegues hasta el final y lo descubras.

Todo empezó cuando Alvin murió. No fui capaz de despedirla como merecía porque ¡cómo cuesta decir adiós!  Cómo cuesta poner un punto y final a las historias. Por apego o porque nos aferramos sin tregua a aquello que queremos, a lo que forma parte de nuestro camino, nuestro equipaje, nuestro álbum de fotografías. Lo cierto es que tanto a la pena, como al amor, al dolor o al miedo cuesta mucho encontrarles las palabras correctas. O al menos aquellas que se le parezcan.

Pero tratándose de ella, conociéndola tanto como la conozco y habiendo mirado soñadora tantas veces a las estrellas, tenía la certeza que había partido de esta vida con una bendición. Y esa bendición ahora formaba parte de mí. Había depositado en mis manos la admiración, la fantasía, la perseverancia, la lucha, lo esencial, las entrañas y unas pisadas en un suelo blanco y rojo que, después de todo, seguirán en este mundo cada vez que yo le dé continuidad en su nombre y con su ejemplo. Por algo será que nos cuesta tanto decir adiós.

Porque llevó siempre consigo unas enormes ganas de vivir, como si no hubiera un mañana. Quizá porque a menudo era consciente de que el mañana no depende nunca de nosotros. Y sabía reconocer qué era importante y cuándo era importante. No creía en la celebración de los momentos especiales. Ella era capaz de hacer de cada día un momento para celebrar.

Es justo por eso que siento que no puedo hacerle esto. No puedo aferrarme a un pasado que ya no existe. No puedo dudar a la hora de decirle adiós, su barquito de papel no puede quedar varado por más tiempo; y ahora toca esperar a que un día vuelva a ver “batir sus alas”. Porque ha llegado el momento de la transformación.

Las que fueron siempre sus ganas de vivir no permiten más tiempo de espera, ni más tristeza; uno tiene casi la obligación de seguir viviendo con sus mismas ganas. Se lo debo. Espero que sepa perdonarme el tiempo que he tardado en darme cuenta. 

“Mi cazador de libélulas,¿hasta dónde se me habría extraviado hoy?” -Haga no Chiyo-

Tan importante fue para mí, que es mi única intención conseguir despedirme con la misma alegría y con el mismo cariño con los que compartí sus días más felices. Y aunque me cueste la misma vida las despedidas, hace 16 años aprendí una importante lección para comprender, sin más, el verdadero significado de despedir a alguien, de poner un punto y final o pasar página en algún episodio de la vida.

Y no he encontrado, hasta hoy, mejor ocasión para compartirlo:

 “En el fondo de un viejo estanque vivía un grupo de larvas que no comprendían por qué cuando alguna de ellas ascendía por los largos tallos de lirio hasta la superficie del agua, nunca más volvía a descender donde ellas estaban.

Se prometieron unas a otras que la próxima de ellas que subiera hasta la superficie, volvería para decirles a las demás lo que le había ocurrido.

Poco después, una de dichas larvas sintió un deseo irresistible de ascender hasta la superficie.

Comenzó a caminar hacia arriba por uno de los finos tallos verticales y cuando finalmente estuvo fuera se puso a descansar sobre una hoja de lirio. Entonces experimentó una transformación magnífica que la convirtió en una hermosa libélula con unas alas bellísimas.

Trató de cumplir su promesa, pero fue en vano. Volando de un extremo al otro de la charca podía ver a sus amigas sobre el fondo. Pero sus amigas no podían verla a ella.

Comprendió que incluso si ellas a su vez hubieran podido verla, nunca habrían reconocido en esta criatura radiante a una de sus compañeras”

Del libro «Cuentos para crecer y curar» de Michel Dufour


La moraleja no puede ser más simple: que después de esa transformación que llamamos muerte, despedida o final no podamos volver a ver a nuestros seres queridos, ni comunicarnos con ellos, no significa que hayan dejado de existir en nuestra vida, ni mucho menos que hayamos dejado de quererlos … El amor sencillamente se transforma.

«LA MUERTE, NO ES MÁS QUE UN CAMBIO DE MISIÓN». (León Tolstoi)

Quien sabe de lo que hablo, quien ha visto una libélula, o sueña con verla y reconocerla, ha entendido una forma superior de amar. Un amor incondicional que continúa aunque no puedas ver, aunque no puedas tocar, oler o escuchar. 

Es el amor que permanece pese a todo. El amor que empaña nuestra mirada de nostálgica alegría al recordar los aprendizajes que merecen la pena, que sobreviven al tiempo y al espacio físico.

Quien ha pasado el duelo y lo ha vivido sabe bien de qué hablo y estará de acuerdo conmigo en que no hay palabras que lo expliquen, pero esa transformación es un sentimiento oceánico, cumbre, privilegiado.

Así que cuando veas una libélula rondar tu vera, no intentes capturarla o perseguirla, es un hada de alma libre, alguien que intenta cumplir su promesa con algún ser querido que seguramente lo estará echando de menos.  

Contempla serenamente su vuelo y déjala partir.

Cuenta la leyenda que al principio de los tiempos, cuando apenas se habitaba la Tierra, las almas se transformaban en hadas para ayudar a sus seres queridos con sus labores diarias con magia. Para no tener que partir. Pero tenían prohibido establecer vínculos para no alterar el orden de la naturaleza. Sin embargo, como Eva en el paraíso, algunas hadas desobedecieron, siendo castigadas convertidas en libélulas sin la posibilidad de hablar, aunque seguían leyendo los pensamientos, mantenían la intuición, la belleza y la magia para conceder sueños y deseos.

Años más tarde se les ofreció volver a su forma original pero ellas no quisieron renunciar a su cuerpecillo de libélula, sintiéndose mucho más libres de apegos.  Y vivieron para siempre así.

Y hoy en día nos recuerdan que en un lugar en donde hubo dolor, nació algo mágico y bello. Pensamientos que ayudan a sanar emocionalmente las heridas de la nostalgia.  Y lejos de misticismos en los que cada uno decide si creer o no, el baile de las libélulas con el viento es una lección que aprender. ¿Cómo de rápido somos capaces de adaptarnos a las circunstancias de cambio que nos propone la vida? Paciencia, resiliencia y constancia.

¿Debemos aferrarnos a la forma en la que esperamos que sean las cosas o estamos dispuestos para vivir tal cual acontece la vida?

Seamos capaces de adaptarnos, aprendamos a ser flexibles y a continuar con la nostalgia como parte de la vida.

La magia no existe porque nadie cree en ella. Pero cuando necesitas creer en la magia para que las personas que son parte de ti no se vayan del todo, la magia de las libélulas  no defrauda.

Recuerda que el amor de quien partió se transforma, no muere, pervive en alguien especial para ti que lleva su esencia. Y si has llegado hasta aquí, tanto si has visto alguna vez “tú libélula”, rondando tu ventana como si no, ha llegado el momento de sorprenderte.

Siempre habrá alguien dispuesto a alzar el vuelo de una libélula en tu vida. Hay una para ti. Deseo que la encuentres y puedas escribir tu propio *haiku.

 

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Pincha para ver tu libélula

Volar… con libélulas que vuelan conmigo

Sabes que tengo miedo a la oscuridad. Aunque no haya nada que me guste más que estar a solas. Porque cuento con tu luz. Porque a pesar de mis profundos miedos has iluminado el pasillo. Y me acompañas aún cuando estoy en pijama.

“Al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso” – Jose Luis Borges-

Miedo a no sentirme querida. Aunque haya algo, desconocido, incluso cuando me equivoco; pero siempre oigo una voz que me dice que tengo derecho a torcerme en la vida.

Miedo a no tener oportunidad de volver atrás, cuando en realidad prefiero mirar al frente, pase lo que pase.

Hoy he descubierto que a pesar del pasado, que existe y procuro tenerlo en cuenta, hay un presente que ha conseguido hacerme ilusión, que mantuvo la esperanza… esa que nunca perdí, por muy fea que se pusieran las cosas. Seguir leyendo “Volar… con libélulas que vuelan conmigo”

Ciencia y más…

“El camino marca una dirección. Y una dirección es mucho más que un resultado”

La energía armónica y pacífica de la contemplación vacía la mente. Y a veces ese vacío se agradece.

No soy amiga del argumento simple de la energía que fluye. Me he terminado por convencer, o por convertirme, en alguien de ciencias (o simplemente he aprendido a tenerla en cuenta).

Pero en esa ciencia debe haber algo más, algo que no consigo explicar (ni siquiera consigo entender), pero que me lleva a apostar por la intuición. Algo que por algún motivo nos lleva a seguir cuando todo indica que no.


No basta solo con saber, hay que sentir lo que se quiere saber. O al menos lo que creemos querer saber. O lo que creemos querer sentir.

Experimentarlo y hacerlo tuyo es fácil. Lo difícil es hacerlo sentir a los demás cuando de verdad tú crees en algo. Como la esencia de tu interior. Por muy insegura que puedas mostrarte, tú la percibes e incluso en algunos momentos consigues complacerte en ella.
Pero lo difícil es enfrentarla. Apostar por ella. Todos deberíamos tener alguien que te insista para apostar. Que vea con claridad lo que tú intuyes, lo que tú sientes. O al menos que te haga pensar que ve y que cree en lo mismo que tú intuyes. Entonces, por algún motivo, todo cambia.

Solo depende o exige una versión más fuerte. O eso parece. Pero el único esfuerzo que te pide es que rompas con los dichosos muros mentales y los conviertas en balcones, puertas o ventanas. Incluso a veces te vale con un pequeño agujero por el que entre la luz.

Lo que no sabes es que ese muro puede ser de papel. Débil. Fácil de derribar, sobretodo si tienes alguien que te ayude a golpearlo. Aunque no lo ves porque nadie te lo ha enseñado antes.

Si te decides, puede que resulte hasta divertido. Si no lo intentas, nunca lo sabrás. ¿Qué tienes que perder que sea tan importante como para no intentarlo?

Sin embargo, no tengas prisa. O si. Cuando llegue el momento adecuado, lo sabrás. Y tu prisa tendrá sentido.

Eso lo aprendí de alguien que decía plenamente convencido ser de ciencias, pero me pedía desesperadamente que tuviera fe.

Imposibles, expectativas y otras creencias ajenas (Autoestima II)

¿Quién dijo que no se podía tener todo? ¿Quién aseguró que no era posible cumplir los sueños ? ¿Quién frivolizó con que los cuentos de hadas son solo cuentos? ¿Quién nos convenció de que no hay finales felices?

¿Quién nos repitió tantas veces que no era posible ? ¿Quién nos arrastró a la idea de que había que conformarse? ¿ Quién nos hizo creer que no éramos válidos, suficientes o competentes? ¿Quién consiguió hacernos sentir tan poca cosa?

¿Quién? ¿Quién me dijo tantas veces que no soñara la vida que quería? ¿Quién me pidió que desbancara todas mis esperanzas? ¿Quién me aseguró que perdía el tiempo? ¿Quién me hizo conocer el concepto de fracaso? ¿Quién le dio al fracaso, al error, una connotación negativa ?

¿Quién nos acusó de no sentar la cabeza ? ¿Quién nos juzgó por andar descarriados? ¿Quién se atrevió a decir que algo era un error? ¿Quién nos tachó de ingenuos? ¿Quién nos enseña a diario, con un trabajito fino, que no es posible, suficiente, alcanzable? ¿Quién nos genera tantas expectativas erróneas que nada tienen que ver con la realidad?

¿Por qué casi me convierto en esa persona que le dice a los niños que los “y si …” no existen? ¿Por qué casi olvido que podemos llegar a ser el único espejo en el que personitas inocentes descubren lo que valen? ¿En qué momento uno olvida que puedes cambiarle la vida a alguien? Aunque sea a una sola persona.

Seamos locos. Seamos soñadores. Seamos borrachos que se atreven a decir lo que sienten. Seamos tan perdedores que arriesguemos todo, porque no hay nada más que perder. Seamos tan perdidos o descarriados, que no nos quede más remedio que ser valientes. Seamos felices. Sólo eso. Sólo.

Anima al otro a ser loco. Empújalo sin miedo a que sea soñador empedernido. Comparte copas hasta compartir verdades que se sienten tan en el fondo de ti. Arriesga. No le metas miedo a nadie en el cuerpo. No dejes que se lamente la vida entera por no haberlo intentado. Hazle creer que es posible hasta cuando ni tú eres capaz de verlo posible. Insiste. Persevera. Hasta que lo crea.

Sé promotor del cambio. S´r gigante y regala el poder al otro para que sea valiente en su propia batalla. Incluso hasta cuando tú estés cagado de miedo. Porque llegará tu momento. Pero hasta entonces, sé feliz dando felicidad. Sólo eso. Sólo.

No seas tu mayor enemigo. No te conviertas en la sombra del enemigo ajeno.

 

Sin ponerle palabras

¡La hemos vuelto a hallar!
– ¿Qué ?- – La Eternidad.
Es la mar mezclada con el sol.
Alma mía eterna, cumple tu promesa
pese a la noche solitaria
y al día en fuego.
Pues tú te desprendes
de los asuntos humanos,
¡De los simples impulsos!
Vuelas según..
Nunca la esperanza,
no hay oriente.
Ciencia y paciencia.
El suplicio es seguro.
Ya no hay mañana,
brasas de satén,
vuestro ardor es el deber.
¡La hemos vuelto a hallar!
– ¿Qué ?- – La Eternidad.
Es la mar mezclada con el sol.
Arthur Rimbaud (Versión de Umberto Toso)

 

– Tú que me conoces más allá de las apariencias, ¿cómo hago para aliviar este dolor al que no soy capaz de ponerle palabras?

– Deja de buscarlas, las palabras y las explicaciones. Deja de pensar. Deja de darle vueltas a qué pudiste hacer mal. Deja de imaginar que las cosas podían haber sido diferentes. Deja de castigarte por todo lo que podías haber hecho mejor y no hiciste. Deja de pensar “y si…”

A ese dolor se le hace frente con las manos, con los pies; con aromas, con sabores, con sonidos; con los sentidos, con fuerza, con cariño, con devoción. Con lo que quieras, pero nunca lo dejes en manos de tu mente, se enquistará. Dolerá mucho más. Será el propio drama lo que te lleve a idealizar tu propio dolor. Y estarás perdido. 

En cambio si acaricias el dolor con tus manos, si lo acunas tejiendo con dos agujas, si lo calmas cocinando para los demás, horneando pasteles, pintando, haciendo lettering, jugando, bailando, plantando, ordenando hasta el último rincón, regalando, sorprendiendo, nadando, caminando o corriendo, tu alma florece como las semillas que has plantado, avanzará como los kilómetros recorridos, alimentará el alma como las recetas que has compartido; y el dolor poco a poco irá entendiendo que es momento de alejarse. Y antes de lo que crees, te dejará respirar.

 

_¿Las manos son realmente tan importantes___Sí, hijo_a mío_a. Piensa en los bebés_ comienzan a conocer el mundo, gracias al toque de sus pequeñas manos. Si miras las manos de los viejos, te cuentan más sobre su vida (1)
“Abuela, ¿cómo se afronta el dolor?”, Bernabé Tierno

Cocinamos recetas de todas la vida y, entre risas, quemamos pasteles en el horno. Ordenamos alacenas, armarios y cajones, viajando en el baul de los recuerdos. Así es como recopilamos hilos, lazos, enhebradores y alfileres. Como volamos por miles de fotos.

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“Un mismo sol y millones de amaneceres por descubrir”

Le dimos color a las paredes. Miramos a través de los cristales que enseñan nuevos amaneceres. Incluso escuchamos pajarillos en la ventana y bocinas de barcos pidiendo permiso. Brindamos con bodegas enteras. Testigos de como se mezclaron las enseñanzas de antes con el futuro. Como se bailaron partituras enteras, cantando letras de toda una vida. Horas y horas de confidencias donde nadie se atrevió a juzgar. Donde se enseña y se aprende, a la vez, a perdonarse a uno misma.

Así fue como fue sanando su dolor. Y , sin darme cuenta, iba sanando el mío. El de ella. El de ellas. El nuestro.

Mientras caminaba, acompañabas los pasos de otros. Pedaleabas con fuerza, contando los minutos del otro. Poniendo su dolor en tu mano y soltando las penas al mar. Mientras corrían sus urgencias, atendías las ajenas. Con tu vino, con su queso, con espacio, con mi pan… pasábamos las horas sin prisas en el portal.

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“Ningún amanecer nos encuentra allí dónde nos sorprendió el ocaso” (Khalil Gibran)

Sin esfuerzos. Sin planes. Sin propósitos. Sin pasados. Ni futuros. Sin agobios. Sin horas. Sólo con las manos. Con las suyas. Con las nuestras, fue como fuimos sanando su dolor. Y fue sanando el mío. Ordenando cajones, arrasando basura, leyendo páginas sin fin.

Ordenando recuerdos, arrasando sentimientos, corriendo kilómetros sin fin.

Ordenando, descansando, creando y dando paso se fue sanando aquello a lo que no era capaz de ponerle palabras. Y sin darnos cuenta, amaneció.

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“La fe es el pájaro que canta cuando el amanecer todavía es oscuro” (Tagore)

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Autoestima

 

“Hay demasiadas personas que sobrevaloran lo que no son 

y subestiman lo que son”.

(Malcolm Forbes)

Hoy tocaba examen de matemáticas y mientras se repartían las hojas, Paloma ha pensado en voz alta:- “no sé para qué lo hago, si seguro que voy a suspender”. 

Un ocasión ideal para explicar la importancia de confiar en nosotros mismos, si queremos afrontar (poco a poco) esas dificultades con una actitud  de iniciativa. Proactividad en lugar del lamento. 

– “Puede que suspendas, no lo sabemos. Pero no es lo mismo que suspendas con un 1 a que suspendas con un 4. Con un 4 hoy, estás más cerca de un aprobado la próxima vez. Así que ni siquiera te voy a pedir que hagas el examen creyendo que puedes aprobar. Sin embargo, sí te voy a pedir que lo hagas con todas las ganas que encuentres dentro de ti para sacar la mejor nota posible, aunque suspendas. Con eso me sentiré tremendamente orgullosa de ti

Paloma sonrió conforme y me contestó: – “Poner ganas sí sé hacerlo”. Y comenzó a responder el examen. Seguir leyendo “Autoestima”

El síndrome de Lucio

“La palabra ‘elección‘ es un fraude

mientras la gente elija sólo lo que le han enseñado a elegir” 

Idries Shah

Seguro que mientras leas esto pensarás en lo obvio de esta situación y la poca relevancia que tiene sobre nuestra vida. Pero pregúntate antes de empezar a leer cuantas cosas no haces porque piensas que “no se te da”, cuántas te limitas o te castigas por miedos, complejos o inseguridades aprendidas. Cuantos “NO” has pronunciado a los demás (y a ti mismo) porque en alguna ocasión anterior las cosas no salieron bien. Seguir leyendo “El síndrome de Lucio”

Penitencia

No hay mejor ciencia, que paciencia y penitencia”

 

Nunca escuchó un reproche tan tajante y categórico en su discurso. Nunca llegó jamás un sonido tan amenazante a sus oídos. Aquella frase se grabó en su memoria como fuego, como un mal presagio. El martilleo tañó durante meses en el silencio de su pensamiento: “su vida sería su propia penitencia”. 

Aquella sentencia sonó a un castigo mayor, desproporcionado, que le perseguiría hasta Dios sabe cuándo. Que al mismo tiempo sentía no merecer.

O puede que sí. Y sintió un miedo atroz. Mezclado con el dolor de su conciencia. Como si esa penitencia no llevara ya arrastrándola la vida entera.

Maldita conciencia cuando funciona bien.  ¿O bendita conciencia?

El presagio se cumplió. Su vida se convirtió en su propia penitencia. Pero quién dijo que no se pudiera disfrutar de esa bendita penitencia. 

Lo que daba miedo fue su soberbia en esa acusación tan directa. De alguien que sólo intenta hacer daño. Porque ni el amor ni el odio de verdad pueden expresarse con palabras, y menos en una sola frase.

Se cae en la intención de hacer daño con frases letales cuando ya no queda ni el suficiente amor para el respeto. Cuando ya se había contagiado del exceso de soberbia por el poder durante un breve espacio de tiempo. 

La vida te hace caer en la misma piedra hasta que aprendes. Curiosa fue su sorpresa al descubrir que ella sí había aprendido. Aunque fuera con años de retraso. Hasta volver al lugar donde 10 años atrás tuvo que soportar las más duras penitencias. Y miró donde siempre había mirado para ver cosas que nunca había visto.

“Pero si algo habían aprendido juntos era que la sabiduría nos llega cuando ya no sirve para nada” (Gabriel García Márquez, El amor en los tiempos del cólera)

Nunca una penitencia había llegado en tan oportuno momento. Porque, querido rey de la perfección, la penitencia llega impuesta desde el escalón de un error más grave: el juicio. 

¿Quién será, pues, capaz de enjuiciar? Desde la humildad y la absoluta falta de soberbia se juzgan y se asumen solo los propios errores; esos que no nos permiten juzgar a los demás. Quizá sirvan para hacernos entender que los errores se cometen por alguna razón. A veces por miedo, por inseguridad,… Vete tú a saber.

Ni los buenos son tan buenos, ni los malos son tan malos. Sólo son errores de aquellos que intentan aprender en el camino. De los imperfectos. De los que viven. De los que se atreven. Lecciones que permiten comprender cuánto nos queda todavía por aprender. Cuánto por crecer. Y son precisamente los errores más graves los que crean empatía con los tropiezos de los demás.

Así que por esta vez su penitencia consistirá en guardar el dedo acusador en el bolsillo para no enjuiciar a los demás, ni siquiera a uno mismo. Para escuchar, comprender y apoyar al que se tropieza igual que nosotros. Para entender, para ver desde otro punto de vista. Para aprender a perdonar a los demás. Para asumir y seguir. Porque nunca debemos escupir hacia arriba. 

Gracias por el regalo de la penitencia que tu dedo acusador dejó en sus manos.

Aprender de ti

Aprende a mirar lo que ya miraste y trata de ver lo que no viste”

Saturnino De la Torre
Elaborado por Marta J.G.

Intento aprender de ti. A veces para saber lo que sí debe ser. A veces para elegir lo que no quiero más.

El camino ha podido ser largo. Los tropiezos habrán abundado. El dolor nos habrá visitado. Y sin embargo, mírate, aquí seguimos. Más que nunca, “viento en popa, a toda vela”.

Y pienso. El día ha tenido pocas horas y demasiados encargos. Ha sido largo. Cansado. Pero adoro ese cansancio que me ha dado un día que de sobra sé que perdurará ya para siempre en la memoria. La vida te da grandes regalos y a veces los vemos pasar sin darnos cuenta. Pero hoy no.

Podrán pasar vientos y tornados, que ese recuerdo ya será para mí. Incluso cuando tengan que llegar los trapos del olvido. Esa será una de mis suertes. Soy afortunada.

Porque a pesar de todo, en cada momento del día, cada día, recuerdo la suerte de tenerte aquí. Porque te veo sonreír. Porque conozco cada huella que caminas, cada enojo que te afrenta, cada laberinto en tu cabeza. Pero también conozco mejor que nadie la forma en la que hacerte feliz. Y aún así, a pesar de tus cuestas y pendientes, tus quejas y lamentos, sigue siendo una suerte acostarme cada noche sabiendo que, un día más, sigues aquí. Con el valor que tiene precisamente hoy en día.

Intento aprovechar para aprender de ti. Las mañas al fuego, los olores y recetas de toda una vida, los trucos de la abuela, los hilvanes y retales, los recovecos del pasado. Herencia que ya queda por siempre para mí. Intento aprender y agarrar este momento, la forma de hacerlo perdurar cuando ya no estés aquí.

Intento aprovechar para aprender de ti. De la vida. Cada día. Yo que quizá nunca he sido de escarmentar en cabezas ajenas. Aprendiendo a cometer errores y remontar, como en otro tiempo te vi hacerlo a ti. Y agradecer mientras pueda el ejemplo que la vida me pone delante. Para bien o para mal, lo que soy es por culpa o gracias a ti.

Intento aprender, te lo prometo. Y sé que a veces incluso llegas a reconocerte en mí. Aunque nunca lo digas, sabes que a veces es así.

Intento aprender de la vida que estos días, más visible que nunca, corre apresurada sin pedir permiso. Sin pedir perdón. Donde nada tiene valor, más que los que siguen y continúan aquí. Donde un abrazo se convierte en un lujo. Donde tener a tu madre o a tu padre en casa, es el mayor poder.

Yo que camino ya coja de un pie… que sé lo que es perder y despedir, agradezco a la vida las horas, los días, las semanas que me permiten disfrutar de las personas que quiero. La calma para escuchar a mis pequeñas almas sonreír. Para poder sentirme cerca de los miedos que estén por llegar, para consolar las peleas mentales (casi siempre contra nosotros mismos), para abrigar las ansiedades y el frío de las personas que son importantes para mí. Siempre intenté, aprendiendo de ti, de ti, y también de ti, dar a los demás lo mejor de mí misma.

Pero lo que verdaderamente es una suerte es poder decirte todo esto ahora que… todavía estamos a tiempo.

¡Feliz 75 cumpleaños, mamá!